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Portada de la novela Pecadora

Pecadora

Bajo una apariencia de inocencia, Roma Bruno Duarte oculta una naturaleza pecaminosa. Adrián, hundido en el alcohol y la desolación, cae en la tentación de esta mujer durante una noche fatídica. Su entrega pasional lo empuja a traicionar sus votos sagrados, desenterrando un pasado que prometió olvidar. Envueltos en secretos y un deseo incontrolable, ambos deben elegir entre luchar contra sus propios demonios o ceder a un romance tan prohibido como inevitable.
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Capítulo 2

Pov: Roma Bruno Duarte

Tomo la botella que dejó y le doy un trago largo que quema mi garganta. Lo sigo.

Camina entre las personas donde la música fuerte no deja de sonar.

Voy tras él, no comprendo por qué huye.

Me muevo al ritmo de la música mientras camino, tratando de alcanzarlo.

Se dirige a la salida de emergencia, ¿en serio huye de mí? Por favor, no soy tan mala.

Esto no me ha pasado jamás.

Logro alcanzarlo y, para que no se escape, lo abrazo por la espalda.

— Te atrapé —me carcajeo y siento como ese trago que le di a ese licor era fuerte.

— ¿Por qué me haces esto, Dios? —se voltea apartando mis brazos que lo rodeaban.

Está todo macizo su cuerpo, eso me gusta.

— Haces que suene como castigo y me ofende un poco que me rechaces —confieso mirándolo a los ojos, aunque las luces no me dejan verlo bien.

— No te rechazo, yo no puedo, está prohibido, lo tengo prohibido —enarco una ceja.

— ¿Bailar? —no sé de qué habla.

— No, pensar lo jodidamente hermosa y sexy que eres, eso está prohibido, está mal, déjame ir porque si me quedo yo no sé qué podría hacerte —eso me acaba de calentar.

Hace sonar que puede ser intenso en la cama y nada mejor que un hombre maduro que te folle como nunca.

Eso quiero.

¡Carajos!

Necesidad desbloqueada.

— ¿Eres un salvaje reprimido? —me pego a él, sugerente.

— Yo soy un buen hombre, un hombre de bien —me carcajeo porque más me pego a él y no se aparta.

— ¿Tú crees que un hombre de bien puede arrancarme la ropa y hacerme gritar un poquito, solo un poquito? —paso mis manos por su cuello y muevo mi cuerpo al son de la música.

— ¿De dónde has salido? No puedo pensar si estás tan cerca —entrelazo mis manos en su cuello y me acerco a su oído.

No me toca, pero tampoco me aparta.

— Imagina cuando te la esté chupando, no vas a poder siquiera recordar tu nombre, cariño—niega.

— No puedes ser real, no soy ese hombre, no me tientes —lamo el lóbulo de su oreja y sus manos se presionan en mi cadera.

Tiene unas manos grandes y fuertes.

— Que ganas de que hagas que me olvide de todo mi dolor, aunque esté mal y peque al desearlo, quiero hacerte gritar. ¡Maldita sea! Quiero esa boca traviesa ocupada con mi verga —mi centro palpita ante su arrastrada voz diciendo todo eso—. Soy un bastardo, mierda, soy lo peor y tú…

— Déjame ayudarte, déjame reemplazar el dolor por mucho placer, cariño —sus manos me aprietan más fuerte.

— Como un sueño, esto parece un sueño y estoy cansado de sufrir, hace tanto que no siento más que dolor y… quiero… quiero que me hagas olvidar hasta mi nombre —lo miro a la cara.

— Solo procura no olvidar el mío, cariño, porque cuando me tengas a tus pies recuerda el nombre que debes decir cuando te haga pecar —su mano sube hasta mi nuca y me toma del cabello con fuerza. Jadeo de gusto.

— ¿Y cuál es el nombre de quien me enviará directo al infierno? —se acerca a mi boca con la suya y su mirada ya no se ve triste, se ve completamente cegada, ardiente, parece un animal cegado por el instinto.

— Soy Roma… —sin soltar mi nuca muerde mis labios y succiona de ellos.

— Dios mío, estás deliciosa, si empiezo no voy a parar hasta dejar tu cuerpo lleno de mí. ¡Maldición! —tomo su otra mano que está en mí cintura.

— Salgamos de aquí ahora —suelta mi nuca y lo estiro para sacarlo del club, justo al lado hay un hotel, ni siquiera debemos caminar demasiado de la salida, al lado hay acceso.

Este hombre es divino, ardiente. Dejó mis labios quemando y mis muslos empapados, siento como chorreo por la ansiedad de sus promesas.

Entramos al hotel y él solo se deja hacer, está completamente entregado a mi guía.

— ¿Qué es este lugar? —mira la recepción del hotel que es solo una ventanita muy desorientado.

— No te preocupes, yo me encargo de todo —me acerco a la ventanilla y pido una habitación para toda la noche.

Espero sí me tenga toda la noche.

Tomo la llave sin soltar su mano y lo llevo caminando para encontrar nuestra habitación, aquí todas son con salida al exterior.

— ¿Y ahora? No entiendo qué has hecho —me carcajeo y me detengo frente a él.

— Esta es la llave de nuestra habitación, cariño, no me digas que nunca has estado en un hotel —pestañea y me mira con esos ojos que aunque se ven oscurecidos, son entre sexys y tiernos.

Me encanta, me encanta.

— Si te digo que es mi primera vez, ¿me creerías? —susurra cerca de mi rostro.

— No… aunque suena verdad. ¿De dónde ha salido, sexy y misterioso, señor? —me toma del mentón.

— Del infierno, yo salí del infierno y quise llegar al cielo y tú no me dejas, te me apareces, así no es fácil cumplir mi palabra —me besa y con su lengua recorre mi boca arrancándome un gemido.

No sé si es el alcohol, él hace estallar como fuegos artificiales dentro de mí.

— Hasta te sientes igual de bien. ¡Maldición! —de todo lo que dice solo le entiendo la mitad y me vale.

Algo en él me tiene completamente vuelta loca. Encendida a un nivel que jamás estuve, deseo ser profanada por todo él, nada me importa.

Me separa un poco estirando su mano para seguir caminando, sus ojos me observan con tal lasciva que me enciendo más.

Mi coño palpita ansioso, mis fluidos no dejar de salir y el cosquilleo instalado allí es tortura pura.

Encuentro la habitación y apenas puedo meterla al cerrojo, abro la puerta con descuido y casi me caigo.

— Cuidado —quiere ayudarme, pero él también casi se cae—. ¡Mierda! No soy el mejor para ayudar en estos momentos —se apoya en la puerta que se cierra detrás de él.

— No te preocupes, tú sólo concéntrate en mí —me acerco y bajo el cierre de mi vestido que está a un lado dejándolo caer a mis pies.

Su boca se comienza a abrir como la de un pez fuera del agua.

La luz intensa y clara de la habitación no deja mucho misterio, todo se ve con claridad, sus ojos azules se ven intensos y sus pupilas dilatadas son solo la prueba de lo caliente que está y espero me haga gritar con esas ganas que sus encendidos ojos me muestran.

— Eres un sueño —me acerco a él caminando a paso lento solo con mi tanga y mi brasier puestos.

— Tócame y verás lo real que soy —voy a su camisa y comienzo a desabotonarla.

Sus manos no dudan en ir a mis tetas y apretarla arrancándome un gemido.

— Muy real —susurra y debe soltarme cuando quito su camisa y veo todos los tatuajes que tiene en los brazos.

Eso es sexy.

— Y todavía te pones mejor, el sueño pareces tú, no yo —dejo caer su camisa al suelo y veo sus pantalones.

Salivo, lo miro a los ojos relamiéndome. Sus pantalones de verdad parece estallarán, un gran bulto presiona la tela y ansío ver qué hay debajo.

Interrumpe mi contemplación cuando me pega a su cuerpo y devora mis labios con una voracidad que me pone a gemir.

— Sabes tan bien, que ganas de enterrarme en ti, de terminar con esta tortura, de caer al infierno contigo —mis manos van a sus pantalones y comienzo a desabrocharlos ansiosa por ver qué tiene para mí.

— Hazlo, quiero gritar mientras me tienes empotrada en cualquier lugar —dejo caer sus pantalones dejándolo solo en bóxer y veo lo grande que se vislumbra su verga metida dentro de esa fina tela.

Dios mío.

Se quita los pantalones dejándolos en el suelo sin soltar su agarre en mi cintura.

— Prometiste hacerme olvidar todo—lo miro a los ojos y tomo el elástico de sus bóxer para liberar su erección.

Jadeo al verla mejor, rebota cayendo por el peso a pesar de estar muy dura, es gruesa, llena de venas y…. Paso saliva, me va a romper toda, qué rico.

Mi boca se hace agua y no lo dudo, me dejo caer golpeando mis rodillas con el suelo sin pensar en nada y abro la boca sacando la lengua.

— Oh, no, Roma… —comienzo a jadear anhelando que me folle la boca sin clemencia.

— Dámele, cariño, dámela toda —niega y se agacha tomando mi mentón para acariciar con su pulgar mis labios.

— No, preciosa, esa boquita tendrá que esperar —un beso lujurioso toma mis labios—. No sé cuánto resistiré y me odiaré por no sentir tu cálido coño rodeándome si agoto mi única oportunidad, en llenar esa hermosa boca, eres tan hermosa, tan real —vuelve a tomar mis labios y suelta mi mentón para levantarme en sus brazos como si no pesara nada.

No dudo en enredar mis piernas a su cadera y mi piel rechina cuando me estampa con fuerza contra uno de los espejos en la pared, sin dejar de besarme me acorrala rozando mi centro con su dureza.

Su boca me posee, muerde mis labios, su lengua recorre mi boca como si fuera su dueño, se siente como si conociera cada centímetro de mí, la forma segura con la que me acaricia.

Estoy hecha agua y solo quiero sentirlo, necesito un condón, quiero que me penetre, quiero sentir cómo es ser llenada con una verga así de grande.

— Yo tengo condones, ya hazme gritar, te lo ruego —se pega más a mí rozando mis pliegues.

— Ya voy, no seas ansiosa, deja que me tome mi tiempo, déjame disfrutar de esto —sin soltarme nos deja caer en la cama—. Ha pasado tanto tiempo que me había olvidado lo bien que te sentías, preciosa —quiero entender lo que dice, no logro hacerlo porque sin aviso me arranca el brasier de encaje y comienza a morder mis tetas con un salvajismo delicioso.

Baja sus mordidas a mi vientre y arranca mi tanga para comenzar a lamer todos mis jugos que se escurren por mis muslos.

Flexiona mis rodillas y comienza a hacerme el mejor oral de mi vida, con una dedicación y vicio que me hago agua en su boca. Grito ardiendo y llena de placer, sus murmullos de gusto mientras me devora como si fuera su platillo favorito me pone a gemir más aún, me abre para él, me aprieta con fuerza mientras el éxtasis me envuelve.

— Oh… maldición, bendito seas —retuerzo mis pies y comienzo a temblar cuando el orgasmo me envuelve, me corro con fuerza y el chapoteo de su lengua es solo la prueba de que aún no se ha hartado. Este hombre promete. ¡Carajos!

__________

Roma no se caracteriza por su vergüenza y nuestro hombre misterioso, parece completamente desinhibido por el alcohol.

¿Quién es? ¿Por qué habla como si la conociera? Roma no parece conocerlo.

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