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Portada de la novela Pecador.

Pecador.

Annabelle Maxwell vive con la firme convicción de que su futuro está en el convento de la sagrada caridad, siendo una de las novicias más fieles. No obstante, su devoción religiosa se ve amenazada por la llegada de Bastián Jones. Al cruzarse con él, ella comienza a cuestionar sus votos mientras experimenta deseos desconocidos. Tras sucumbir a una noche de pasión, Annabelle decide abandonar su camino espiritual para entregarse al amor de este hombre.
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Capítulo 3

Annabelle.

– Las invito a todas ustedes hijas mías a que hagan una obra de caridad, a que ayuden a un pobre y que guíen a un pecador por el camino del bien, es nuestro deber llevar por el santo camino a aquellos que se han desviado, es nuestra responsabilidad, la responsabilidad que nuestro señor Dios nos dio – dice de manera solemne la madre superiora mientras termina con el sermón del día – recuerden que la bondad y la solidaridad son nuestros valores más importantes – concluye – ahora pueden irse hijas mías – la madre superiora da la señal y después de habernos persignado todas salimos de la pequeña capilla del convento.

Yo no voy a mi habitación como el resto de las novicias, porque esta noche debo volver a hacer la ronda de vigilancia nocturna, asi que me amarro bien los zapatos y cojo mi vieja lampara de vidrio, mi linterna se rompió la semana pasada y aún no he podido ir al pueblo a comprar otra.

Asi que con la lampara en la mano, salgo del convento y comienzo a hacer mi ronda. Esta noche todo está en paz, por el contrario a la semana pasada, el ambiente está húmedo, pero no hay lluvia, los árboles se mecen ligeramente y no parecen a punto de caerse, a diferencia de mi última noche.

– Padre nuestro que estás en el cielo – comienzo a rezar porque me gusta hacerlo siempre que tengo oportunidad – santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad asi en el cielo como en la tierra – sigo murmurando, alejándome cada vez más del convento – no nos dejes caer en la tentación y libranos del mal.

– Amen – dice esa voz profunda.

Yo me volteo asustada y dejo caer la lámpara de vidrio haciendo que los trocitos se esparzan completamente quebrados a mi alrededor. Suelto un grito y veo hacia los establos, ahí está nuevamente él, el hombre que se me apareció aquella noche de tormenta.

– Hola Annabelle – él camina hasta estar a un par de pasos más cerca de mí y yo me quedo helada por la imagen que tengo enfrente.

Su silueta siegue siendo igual de alta y musculosa como yo la recordaba, tiene la misma ropa puesta de nuestro encuentro anterior, pero no es su cuerpo lo que me deja completamente embobada, sino su rostro. Su piel es tersa y morena, sus ojos de una tonalidad verde que yo no había visto nunca en mi vida, su cabello se ve oscuro, pero no completamente negro, es largo, lo tiene por debajo de las orejas, sus cejas y pestañas son pobladas y su mirada es la más penetrantes que yo hubiera visto nunca.

Yo no he tenido contacto con muchos hombres en mi vida, de hecho, siempre he intentado apartarme de ellos tanto como me sea posible, por algo me metí al noviciado, pero es que este hombre que está frente a mí me tiene completamente idiotizada.

–¿Qué pasa Annabelle? Parece que estuvieras viendo a un fantasma – me dice de forma lenta para después pasar su lengua por su labio inferior.

Yo trago saliva y parpadeo despacio, por un momento siento la necesidad de pedirle que me pellizque para saber si él es real o es solo producto de mi imaginación, pero eso sería algo tonto.

–¿Qué estás haciendo aquí? – pregunto con la voz ronca, tratando de mantenerme en pie, aunque eso es una tarea difícil, me siento tensionada, mis piernas están temblando y ni siquiera puedo pensar de una forma coherente.

– Vine a buscarte – me sonríe y es como si el diablo mismo me hubiera sonreído.

«Señor, no me dejes caer en la tentación» me digo mentalmente.

– Te estuve esperando aquí todas las noches de la semana pasada, pero no apareciste.

– No era mi turno – le explico – las novicias nos turnamos la vigilancia del convento.

– Ya veo – sisea y comienza a caminar a mi alrededor, como haciéndome una inspección. Yo sigo su recorrido alrededor de mi cuerpo con el rabillo de mis ojos.

–¿Qué estás haciendo aquí? – insisto – no deberías estar aquí mucho menos a esta hora.

– Me parece que la vez anterior no me presenté adecuadamente – dice y vuelve a posicionarse frente a mi – permíteme arreglar mi error, Annabelle.

– No quiero que te presentes, de hecho, deberías irte de inmediato de aquí – le pido.

El hombre comienza a acercarse más a mí, mi corazón comienza a latir desenfrenado y mi respiración se agita de forma escandalosa.

– Yo no creo que tú de verdad quieras que yo me vaya – dice en mi oído, causándome un escalofrió en todo el cuerpo.

–¿Por qué piensas eso?

– Porque no has dejado de morderte el labio inferior, Annabelle, y mi experiencia me dice que eso es algo que haces cuando estás o muy nerviosa o tienes miedo, o estas experimentando placer.

Sus palabras me perturban.

– Asi que dime, Annabelle, ¿Qué es lo que estás sintiendo en este momento? ¿Placer? – susurra cerca de mi rostro – ¿Miedo? – dice alejándose levemente para mirarme a los ojos – ¿O nerviosismo? – pregunta poniendo su mano en mi hombro.

Yo niego con la cabeza, necesito aclarar mis pensamientos, esto no está bien, ¿Qué estoy haciendo? Yo debería estar haciendo mi trabajo, no hablando con un desconocido que se apareció de la nada.

– Ninguno – digo con voz severa.

Él suelta una carcajada y entonces agarra mi mano y la sostiene entre las suyas. Yo siento que mi pulso se acelera y mi piel se pone de gallina, la mano del hombre es grande, sus dedos extremadamente ásperos y su piel se siente fría, casi como si estuviera tocando un hielo.

– Mi nombre es Bastián Jones – se presenta, acerca mi mano a su boca y da un beso en el dorso de la mano.

Yo me sobresalto por el contacto – Esto es propiedad privada, asi que tienes que irte – digo enderezando la espalda, tratando de mantener la compostura.

– Yo pensé que este era uno de esos sitios abiertos al público, Annabelle. Pensé que la casa de Dios no le cerraba las puertas a nadie, ¿o estoy equivocado? – pregunta.

– No estás equivocado, pero estas no son horas.

– Tuve una sensación extraña en el pecho y necesito confesar mis pecados – se está burlando, la expresión en su rostro es de diversión y me está usando a mí de bufón.

– Lo lamento, ese servicio esta únicamente disponible los domingos.

–¿No puedo confesarme contigo? En realidad, desearía hacerlo ahora, aquí mismo. He pecado Annabelle.

–¡No me trates como a una estúpida! – le pido empezando a enojarme – incluso la persona más tonta sabría que las confesiones se hacen con un cura, y está muy claro que yo no soy uno.

– Un cura sirve para confesarse, eso es cierto, pero no para el tipo de confesión que yo necesito.

Yo frunzo el ceño y niego con la cabeza, no pienso dejar que este hombre se sigua burlando de mí, soy una novicia, pero eso no me hace una idiota ni mucho menos, y está claro que él no quiere ningún servicio eclesial.

–¿Quién eres tú y que haces aquí?

Bastián une sus manos en su espalda y se balancea sobre sus pesadas botas marrones. Yo me fijo un poco más en su atuendo, en el mono de color negro que está usando, en el número que hay en su pecho y entonces lo comprendo.

– Eres un preso.

– Error – se mofa – no es una cárcel, es un reclusorio para menores.

Frunzo el ceño aún más.

–¿Cuántos años tiene?

– Empiezas a interesarte en mí, Annabelle – sonríe – tengo veinte años.

Yo me llevo una mano al pecho, ¿Qué podría haber hecho alguien de veinte años para estar en un centro de reclusión?

–¿Por qué estás en el centro penitenciario?

La sonrisa en su rostro se borra y la expresión en su cara cambia de repente, volviéndose más amarga y oscura.

– Haces muchas preguntas – murmura en forma de gruñido.

Yo me siento avergonzada y bajo la mirada. Algo en Bastián pide ayuda a gritos, quiza es ese rostro suyo que se ve mucho más malo de lo que yo creo que es, quiza es mi espíritu que me dice que debo ayudar a aquel hombre, o tal vez fue solo el sermón de la madre superiora. Por como yo veo las cosas Bastián es un alma perdida, y yo quiero ayudarlo a volver al camino del bien.

– La penitenciaria queda a unos veinte minutos de aquí, y algo me dice que no deberías estar en este lugar, lo que quiere decir que ¿Te escapaste? ¿has estado huyendo del centro todas estas noches?

Parece que los papeles han cambiado, Bastián ya no se ve tan tranquilo, ya no se burla de mí y ya no me ronda como si yo fuera un zorro estúpido. Casi podría decir que Bastián está nervioso.

– Te escapaste, ¿no es asi? – cuestiono una vez más.

Él chasquea la lengua – no eres la indicada – dice y me da la espalda.

Pero yo no quiero que él se vaya, no quiero que se aleje de mi sin que yo haya hecho algo bueno por él, de pronto ese es el acto de caridad que yo tengo que hacer, quiza Dios puso a Bastián en mi camino para que yo pueda sacarlo del hueco profundo en el que supongo que está. Gran error.

–¡Bastián! – lo llamo y corro en su dirección, pero sus piernas son más largas que las mías y camina más rápido – ¡Bastián! – sigo gritando como una loca.

Acelero el paso, pero el pasto está húmedo y hay barro por todas partes debido a la lluvia del medio día, lo que hace que yo suelte un grito. Bastián se da la vuelta al escucharme gruñir y entonces yo me resbalo y caigo encima de su pecho. Él también pierde el equilibrio y terminamos cayendo juntos al barro.

Yo estoy encima de su cuerpo tocando su fuerte y fornido tórax, y él me está viendo fijamente con esos ojos brillantes, Bastián tiene su mano puesta en mí cintura y aun sobre el hábito puedo sentir la presión en mi cuerpo. Yo trago saliva y él se relame los labios, yo respiro agitadamente y él curva la comisura de sus labios a un lado, formando una media sonrisa.

–¿Qué es lo que quieres Annabelle? – susurra muy despacio y muy cerca de mi rostro, tanto que puedo sentir su aliento cálido chocar con mi piel.

– Ayudarte – respondo y me incorporo de inmediato.

–¿Ayudarme?

– Si, está claro que eres alguien con problemas.

Bastián se pone en pie.

–¿Entonces quieres ayudarme aun cuando no sabes porque demonios estoy en la correccional?

– Sip.

Él sonríe – vamos a hacerlo bajo mis reglas ¿Aun así estas dispuesta?

– Si – respondo con la boca seca, incapaz de negarme a nada que él me diga o me pida.

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