Portada de la novela Ese Dulce Chico Es mío

Ese Dulce Chico Es mío

9.3 / 10.0
Con solo 25 años, Petya Duscha Zaytsev Ivanov domina el mundo empresarial y el hampa rusa. No obstante, su vasto imperio y fortuna se encuentran bajo el asedio del peligroso clan Aziz. En plena lucha por mantener su poder, la poderosa CEO cruza su camino con Táo Lukyan Zinov Agapov Zhōu, un brillante joven de 20 años. Gracias a su intelecto y bondad, Táo se convertirá en la pieza estratégica que cambiará el rumbo de la guerra y el destino de Petya.

Ese Dulce Chico Es mío Capítulo 1

El teléfono sonó. La temida Petya Duscha Zaytsev Ivanov, acaricio sus sienes con lentitud, moribunda y apestosa a alcohol y tabaco, algo que no es de extrañar después de una noche en distintos bares acompañada de su gente, disfrutando, sobre todo, la velada junto a la multitud, extasiada y deseosa de más adrenalina, de aventura y locura. Abrió sus ojos azules y sonrojados, mascullando de todas las groserías posibles. Se levantó tambaleante, semidesnuda, mostrando a la vista de nadie su esculpido y trabajado cuerpo, sus perfectos y adecuados atributos, le hacían ver como toda una diosa, imponente, aquella dictadora, estaba teniendo una migraña y eso le hacía enojar mucho más. Tomó el teléfono a unos pasos de ello y con pereza lo puso en su oreja, escuchando la voz de su amigo, contento y feliz, Donato Pyotr Pasha Dimitrieva De Angelis. 

—Buenos días, princesa, ¿ya terminaste de cogerte al tipo de ayer? —sonríe burlón, asomando su cabeza por la ventana de su todoterreno marca Heroleck.

—Bastardo, antes de que siquiera lo pensaras ya me lo había comido entero, ¿Qué quieres? Apúrate, tengo una jaqueca de la mierda.  —bosteza cansina y satisfecha. —Ni siquiera sé a qué horas lo sacaron de mi casa. —frota sus ojos con suavidad, ligeramente impaciente. —Habla ya o voy a colgarte.

—Ay, pero qué mal humor te cargas hoy. —suspira. —Hoy tenemos la reunión con el Yakuza. Perra, yo sé que el domingo es para descansar, pero claramente te lo tomaste muy en serio como para olvidar que tienes compromisos hoy…—mastica el cigarrillo que segundos antes había puesto en su boca, pensativo. —Duscha... ¿Pasó algo en el bar?

El silencio reinó, casi penumbral. La dictadora, demandante y fría Petya Ivanov, miraba el techo del gran salón, desordenado y con olor a sexo y tabaco, hipnotizada, con labios secos y entreabierto, buscando algo de aire, ¿respirar en aquel lugar? Eran imposible, se sentía flotar entre nubes, absorta profundamente en sus pensamientos, hasta finalmente respirar hondamente, tambalearse otra vez y observar su alrededor.

—Salgo en una hora, espérame afuera del castillo.

—Duscha, espera…

Cuelga rápidamente, colocando suavemente el teléfono sobre el escritorio. Observándolo como este tuviera grandes secretos a través de la pantalla. “Maldita sea, no puedo tener llegar a mi casa y follar sin tener problemas antes, eso es lo que pasa”. Enfurecida lanza las sillas hacia la pared, destrozando las mismas, llena de cólera. Acaricia su cabello abundante y recientemente corto, un poco más de la mitad de su cuello. Frotas sus ojos verdes, ligeramente rojos por la borrachera; Se deja caer sobre el sofá de cuero blanco y grita furiosa, finalizando con maldiciones al aire, respira hondo y frota sus labios.

—Carajo, carajo. —masculla enfurecida. —¡Jessica! —llama irritada a su ama de llaves. Esta aparece al instante, como siempre elegante y limpia. Sin duda aquella mujer durante su juventud fue la mujer más hermosa de aquella zona de ricachones y así mismos los secretos que podría revelar de todo lo visto en más de 30 años de experiencia, le arruinarían el nombre a cualquiera que osara tocarle un cabello.

—Mira bien cómo me hablas mocosa, puedo ser su ama de llaves, pero yo te limpié el trasero y aún tengo que seguir haciéndolo. —Con finura y sin perder la perfecta postura de sus hombros, entró y empezó a recoger toda la ropa sucia del piso, incluyendo ropa interior de hombre, habaneros negros y un par de condones sucios. —Por Dios, ¿Qué es eso? —cuestiona observando con total repulsión aquella cosa.

—¿Nunca has visto un juguete sexual? —pregunta tranquilamente, cerrando sus ojos segundos después.

—Con razón ese chico salió cojeando de esta habitación, tuvimos que llevarlo en auto hasta su casa, y digo tuvimos porque tuve que acompañarlo, tus hombres pretendían burlarse de él y los golpeé a cada uno con una varilla en la espalda. —rechista, irritada. —Educa a esa manada de animales, no, es más… Empieza por ti, levántate y arregla tu habitación, no pienso limpiarlo.

—Pero...

—Nada. —Inflexible le señala autoritaria con su dedo índice, cerrando la boca entre refunfuños a la joven de cabello rubio. —Apúrate, casi está el desayuno. ¿Entendiste?

—Sí. —suspira y la mira aún parada en la puerta. —Sí, señora.

Con pereza y pegajosa por el sudor, limpia con diligencia la habitación, mascullando y maldiciendo cada tanto, hasta terminar la labor. Ciertamente, a Madame Volkova nadie podía darle órdenes, ella es quien da las órdenes cuando se trata del cuidado del hogar y el buen comportamiento, independientemente de cuan peligroso fuera el invitado que entra a aquel castillo en medio del campo frío y verduzco, inspiraba respecto y en ocasiones miedo.  “Retar a Madame Volkova, es retar al diablo, hija, no te atrevas a llevarle la contraria, a no ser que sea muy, pero muy necesario de hacer”, es son las palabras de su padre, Vladímir Viktor Zaytsev Tarasov, anterior patriarca del Clan Romanóv. Luego de heredar todo a su hija, decidió retirarse al bosque, a unos 20 kilómetros del castillo de la familia, literalmente era otro mundo en aquella pequeña cabaña, a veces el silencio desesperaba a Duscha cuando le va a visitar, causando carcajadas en su padre que la observa y suspira, “Cuando aprendas a hacer paciente, entenderás lo importante que es el silencio en algún punto de nuestras vidas”, Duscha, por supuesto, solo reía y le decía que ya estaba viejo y por eso se creía alguna clase de monje de la montaña. Pero todas aquellas acciones tenían una razón de ser, el cansancio, sin el agotamiento, había llegado más pronto de lo que el señor Vladímir pensaba, pero aquello, que es el poder, ya no le interesaba y deseaba solo comer sardinas del pequeño arroyo y tomar agua caliente con miel por las noches frías y lluviosas. 

—Por fin, maldita sea, olía a mierda. —suspira, inhalando el olor a jabón de avena sobre su piel y el dulce olor del champú de canela. Su estómago gruñe. —Joder. —acaricia su estómago y con rapidez se coloca el suéter con cuello de tortuga negro, combinando a la perfección con su traje grisáceo, con costuras a cuadros ligeros, ajustados a sus brazos musculosos, realzando sus glúteos trabajados y realzando su figura deportista e imponente. Rápidamente baja las escaleras, encontrando en el comedor de la cocina, a sus hombres, comer, si es que a eso se le llama comer con decencia, pan, mantequilla, cereal y otros alimentos horneados.

—Jefa, buenos días.

—¿Qué tienen de buenos? Por Dios. —sacude el saco de su traje y peina su cabello ligeramente ondulado hacia los lados. —Comamos rápido, deben acompañarme a una reunión. —dice con la expresión de siempre, neutra, fría y ciertamente, hasta cierto punto, pacífica. Los tres hombres que la observaban de tanto en tanto, saltan en sus sillas, ligeramente asustados, al ver su rostro pensativo y luego alzando su mano izquierda, al instante, “La mano izquierda”, pensaron los trogloditas de la cocina. —No quiero ninguna pelea, les recuerdo que por mucho que les pique el culo, los japoneses son nuestros aliados. —los observa cuidadosamente, a lo que estos asienten. —Jasha, es en serio, no quiero tu humor de porquería en la reunión, juro que, si provocas a algunos de los miembros, yo misma te dejaré en coma. —dice con ojos, opacos, tomando de su taza de café. —Jasha, también apodado “El callado”, asiente y arruga la nariz, molesto por el llamado de atención. —De acuerdo, no siendo más, esperemos a que Donato llegue y luego nos iremos, mientras tanto preparen los autos, ¡Alexey! —respira hondo y observa al hombre de ojos negros, que, silencioso, termina de masticar su quinto pan con queso y jamón. Aquel hombre apodado “El comelón”, sonríe tratando de que la cara de su jefa cambie. —No me da risa, ya deja de comer, es más, no debería ni darte un vaso de agua después de que desapareciste el pastel de dos pisos de la casa, para comértelo solo. 

—¡Duscha! —grita su querido amigo, Donato. —¡Apúrate, no tengo todo el maldito día! —se deja caer sobre el asiento, lamiendo una paleta de limón. El calor era infernal, ameritaba refrescar su cerebro.

—¡Ya!, levántense, llegó mucho antes, los veo en la gran casa. Nos vemos.

Termina rápidamente su café y acomoda su vestidura, para posteriormente salir y encontrarse con el de cabello verde, sonriendo como niño contento con su paleta de limón. Sube al auto rápidamente, tronando sus huesos al sentarse a su lado.

—Mierda, qué noche tan larga.

—Se ve que fue una porquería, ¿a excepción de la follada?

—Sí, más o menos a excepción de la follada. —ríe a carcajadas y suspira. —Arranca, hay que cumplir con la agenda. —bosteza. —Clan Inu Yasha, vamos a hablar… Vamos a hablar muy bien. —sonríe ladina, cerrando sus ojos a la espera de malas noticias.

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