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Portada de la novela Pasión Prohibida: Poco control.

Pasión Prohibida: Poco control.

Al instalarse en un pintoresco pueblo costero, Bianca busca tranquilidad en una propiedad alquilada. Sin embargo, su destino cambia al conocer a Cameron, el hijo de su anfitriona. Aunque sus mundos son opuestos, una atracción incontrolable surge entre ellos, desatando emociones intensas. Atrapada entre su vida planificada y un romance imprevisto, Bianca debe decidir si huir de la tentación o arriesgarlo todo por este vínculo prohibido y profundo.
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Capítulo 2

En la escena, un joven con cabellos del azul intenso del cielo entre el día y la noche se erguía junto a la entrada de la cocina. Su postura, relajada, pero paciente, sugería una disposición a escuchar las palabras de su madre. Su esbelta y atlética figura destacaba con hombros proporcionados y una cintura definida. El rostro del joven exhibía rasgos simétricos y suaves, desde unos ojos lapislázuli expresivos hasta una nariz delicadamente contorneada y labios equilibrados entre lo delgado y lo grueso, invitando a la imaginación profunda. La tez clara y suave iluminaba sus facciones, creando un encantador contraste con el pelo azul semi oscuro que resaltaba en su apariencia. Vestía un largo buzo blanco que le llegaba hasta las rodillas y pantalones de mezclilla negra, evidenciando su estilo distintivo. El joven, descalzo, mostraba una actitud relajada que complementaba su elegancia natural mientras aguardaba con expectación las palabras de su madre, manteniendo la mirada fija en ella, como si solo existieran ellos dos.

Bianca, situada detrás de una alta mesa de madera de cedro, seguía con la mirada alzada hacia la figura que descendió las escaleras. Sus ojos se encontraron con los del joven cuando este dejó de mirar a su madre, enviando un escalofrío por la espina dorsal de la morena, preguntándose si lo que veía era real o simplemente un truco de su mente. El joven permanecía en el umbral de la cocina, con una expresión indescifrable en su rostro, sus ojos azules chocando con los oscuros de la morena.

—Bianca, quiero presentarte a mi hijo —intervino la voz de Amanda, llenando el silencio de la cocina—. Cameron... —pronunció el nombre de su hijo mientras se acercaba, tomándolo del brazo para posicionarlo más en el centro de la cocina—. Ella es Bianca —señaló a la morena, que guardaba silencio—, la mujer a la que voy a alquilar la casa del árbol en la que solías vivir. —Amanda sonrió nerviosa, aproximándose a la mesa para recoger la taza de té que casi se quiebra, limpiando con un pequeño trapo el resto de té derramado. No entendía la reacción de la morena, pero en ese momento, su mayor deseo era disolver la tensión que se acumulaba en el aire.

Cameron, en silencio, asintió mientras sus ojos azules como zafiros seguían fijos en la morena, como si intentara leerla de alguna manera. Bianca, por su parte, parecía hacer lo mismo, esforzándose por apartar pensamientos cruzados de su mente. Inhaló profundamente para recobrar la compostura, aunque sus adentros ardían con cada latido, su pulso latiendo descontroladamente.

Justo cuando intentaba hablar, el joven se adelantó.

—Pensé que le alquilarías mi casa del árbol a Justin, el biólogo de Canadá —dijo, sin dejar de mirar a Bianca, pero sus palabras iban dirigidas a su madre.

—Se retractó y no se quedó en el pueblo. Regresó a su país y la casa quedó nuevamente en alquiler, hijo... —explicó Amanda, notándose solo un poco su sonrisa forzada ante el comentario de su hijo. Él ya sabía de ese dato, por lo tanto, tenía claro que salía con ese tema de nuevo, para causar incomodidad a la recién llegada o por lo menos, eso creía.

— Ya veo... — musitó él, guardando un silencio que parecía contener lo que realmente quería expresar. Carraspeó brevemente y, justo cuando estaba a punto de decir algo, la morena intervino:

— Un placer conocerte, Cameron. — La voz profunda y delicada de la morena resonó en la cocina, enviando vibraciones al lapislázuli que reverberaron en su piel como un terremoto personal.

— Igualmente. — Cameron respondió, intentando mantener la voz firme, aunque una tensión eléctrica flotaba en el aire entre ambos. La atmósfera se cargó con una energía palpable, una conexión magnética que los mantenía inmovilizados, incapaces de apartar la mirada uno del otro, sin una explicación exacta del por qué.

Amanda, percibiendo la tensión sin entender su origen, intentó romper el hechizo.

— Bueno —soltó una breve risa—, Cameron, hijo, este... Bianca y yo estábamos hablando de las "cosas de adolescentes" ante tu demora en responder a mi llamado. — Su tono era casual, entre un carraspeo disimulado, logrando captar la atención de la morena. — ¿Es así, verdad, Bianca?

— Sí, así es —respondió ella, tratando de disimular la intensidad que se había desatado entre  el chico y ella sin entender el por qué. — Yo…Estaba hablando de eso con tu madre o por lo menos mientras bajabas al llamado de ella.

— Como siempre, mi madre dejándome en mala presentación ante… Los demás. — Ahí estaba de nuevo ese alto en sí mismo de decir lo que realmente quería decir y parece que la única que lo notaba era la morena. 

— Nada que ver, hijo. — Habló Amanda, estando un poco más relajada. — Solo era un comentario. Además, Bianca es buena conversadora, por ahí puede y se lleva muy bien¿no crees, hijo?

— Puede ser…— Soltó de forma baja sin dejar de ver la morena y, como acto al parecer nervioso o tic, mordió brevemente su labio inferior, ocasionando que la contraria se fijara en ese acto de forma inconsciente casi por un minuto.

Bianca, al salir de ese trance, sonrió tratando de ocultar lo acelerado de su pulso por lo que vio,   haciendo de igual manera un gesto parecido, pero,   no con los labios, sino, pasando su mano derecha por su cuello  de forma lenta hasta detenerse en su pecho y  bajar por completo  a sus lados.  Ese gesto provocó un estremecimiento en el lapislázuli. No sabía cómo explicarlo, se sentía extraño, un tanto acelerado y agitado. 

— Muy bien. — Amanda rompió el silencio con elegancia. — Ahora que han tenido la oportunidad de cruzar algunas palabras, Bianca, mi hijo te guiará hacia la encantadora morada en el árbol, justo al lado de la mía. Allí podrás admirar mejor el entorno y relajarte. La casa está impecable y organizada, pero si llegaras a necesitar algo, no dudes en comunicárselo a mi hijo o a mí.

— Claro, me parece bien. 

— A mí también. — acotó Cameron. 

— ¡Excelente! — Exclamó Amanda un tanto sorprendida, ya que juraba que su hijo se iba a comportar renuente al favor, pero, tal parece que no sería así.  No dejaba de lado que se  le hacía extraño el comportamiento de su hijo, pero, le gustaba tener la razón en el hecho de que pensaba que la morena y él se podían llevar muy bien. — Me parece muy bien. Entonces, buscaré la llave para que puedan abrir la puerta principal y ya regreso. — Agregó, entre una sonrisa y los contrarios solo asintieron sin decir nada. 

En ese instante, Amanda salió de la cocina y ambos se quedaron solos, haciéndose más palpable el pulso acelerado de cada uno….

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