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Portada de la novela Pasión Prohibida: Poco control.

Pasión Prohibida: Poco control.

Al instalarse en un pintoresco pueblo costero, Bianca busca tranquilidad en una propiedad alquilada. Sin embargo, su destino cambia al conocer a Cameron, el hijo de su anfitriona. Aunque sus mundos son opuestos, una atracción incontrolable surge entre ellos, desatando emociones intensas. Atrapada entre su vida planificada y un romance imprevisto, Bianca debe decidir si huir de la tentación o arriesgarlo todo por este vínculo prohibido y profundo.
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Capítulo 3

Con la partida de Amanda, la cocina quedó sumida en un silencio palpable, solo roto por el suave susurro de las respiraciones compartidas. Los ojos azules de Cameron se encontraron con los ojos negros  de Bianca en un juego silencioso de miradas intensas, revelando más de lo que las palabras podrían expresar.

— ¿Eres de Londres? — Cameron rompió el silencio, apoyándose con desenfado en la encimera, sus brazos a ambos lados, observándola con un detalle que la hizo sentir vulnerable.

Ante la pregunta, Bianca asintió, tratando de evadir la intensidad de la mirada de Cameron. Su pulso se aceleró, y los nervios recorrieron su espina dorsal como hormigas inquietas.

— ¿De qué parte? — insistió Cameron, su voz un susurro cálido que resonaba en el aire cargado de expectación.

— De la capital —respondió ella, con un deje de misterio en su voz.

— ¿Viniste de la prestigiosa capital de Londres a este pueblo perdido? — inquirió Cameron, una sonrisa juguetona danzando en sus labios. — Debe ser un cambio interesante de ambiente.

— Digamos que no es difícil para alguien como yo. Pero, de vez en cuando, cambiar de entorno no está mal —contestó Bianca, una sonrisa enigmática jugando en sus labios, sintiendo la tensión entre ellos.

Cameron la observó con ojos penetrantes, captando la astucia en su respuesta. Fue una respuesta corta, pero clara, abriéndose a todo tipo de posibilidades. Después de unos segundos, Cameron habló, su voz más suave.

— Parece que mi madre tiene el talento de cambiar de un biólogo marino a una mujer con el arte en la piel —murmuró, y un destello de deseo fugaz cruzó sus ojos.

— ¿Algún problema con eso? —preguntó Bianca, desafiante, la tensión entre ellos creciendo como una corriente eléctrica.

— Para nada. Solo que me doy cuenta de que se mueve de lo más aburrido a algo más atractivo… —susurró él, sus ojos fijos en ella.

— Supongo… —Bianca respondió, sintiendo la palpable tensión entre ellos. Se acercó sutilmente a la encimera, casi a su lado, reduciendo el espacio entre ellos. Una chispa de curiosidad se encendió en los ojos de Cameron mientras observaba cada movimiento de la morena. — ¿Puedo? —preguntó ella, señalando un pequeño vaso de vidrio para tomar agua del grifo.

— Claro —respondió Cameron, sin dejar de seguir cada uno de sus movimientos. Bianca tomó el vaso, abrió el grifo y lo llenó de agua, sintiendo la atención intensa de Cameron sobre ella.

Ella intentaba comprender por qué se sentía tan acelerada desde que vio al chico. Para ella, era un joven, pero algo en su mirada y porte la desconcertaba.

— ¿Duele? —preguntó Cameron, desviando la conversación hacia un territorio más íntimo.

— ¿Qué cosa? —respondió Bianca, notando el cambio de tono.

— Los tatuajes —dijo él, su voz más baja y cargada de significado.

— Depende del significado que le des a cada uno. El umbral del dolor varía con el peso de cada tatuaje —contestó ella, su mirada encontrándose con la de Cameron en un juego de complicidad.

— Entiendo… —murmuró él, inclinando la cabeza ligeramente, una sonrisa intrigante en sus labios. — ¿Y el del cuello? ¿Tiene un umbral alto o bajo?

La mirada de Cameron evitó descender directamente hacia el tatuaje en cuestión, pero Bianca notó su curiosidad.

— Umbral alto, muy alto —respondió ella, sintiendo como la tensión entre ellos crecía con cada palabra.

— ¿Eres sensible allí, entonces? —preguntó él, su mirada fija en ella.

— Puede ser —contestó Bianca, jugando con la ambigüedad de sus respuestas. La tensión entre ellos se intensificaba, como una danza peligrosa que los envolvía.

— Entonces te gusta el umbral alto de dolor y sensibilidad. No entiendo por qué te has mudado de Londres. Total, todo lo que encuentras aquí, podrías duplicarlo en la ciudad —insinuó Cameron, su voz cargada de un deseo apenas contenido.

— No como me gustaría —soltó ella, y un silencio pesado se instaló entre ellos. La mirada de Cameron se volvió más directa, capturando cada gesto y palabra como si fueran secretos compartidos en la penumbra.

Bianca carraspeó, sorprendida de no sentirse incómoda por la situación un tanto directa, y continuó.

— Digamos que, como artista, también busco algo de paz…

— ¿Artista? —interrumpió Cameron, sus ojos brillando con un interés recién despertado.

— Soy compositora —susurró Bianca, sus ojos fijos en los de Cameron, como si estuviera revelando un secreto íntimo.

Cameron asintió, su mirada intensificándose con una chispa traviesa.

— ¿Escribes para ti…?

— Escribo generalmente para otros o para mí —respondió Bianca, manteniendo una mirada desafiante que desataba la curiosidad de Cameron.

Él sonrió, interpretando sus palabras con un matiz sugerente.

— ¿De qué depende? —preguntó, su tono impregnado de insinuación, mientras seguía recostado contra la encimera, con una actitud que denotaba confianza.

Bianca se acercó un poco más, quedando a su lado, apoyada en la encimera, los brazos cruzados, como si estuviera lista para un juego de complicidades.

— Depende del momento… —contestó ella, su sonrisa enigmática iluminando sus labios.

— ¿De qué momento? —inquirió Cameron, captando cada matiz de su expresión.

— De cómo me sienta en ese momento —dijo Bianca, mirándolo con determinación. Aunque Cameron era un poco más bajo, su mirada desbordaba intensidad.

— ¿Y generalmente, cómo te sientes al hacer las notas? ¿Qué tipo de notas haces con más frecuencia? —insistió él, su voz resonando con un tono sugerente.

Bianca guardó un breve silencio, sopesando sus palabras mientras la tensión entre ellos se volvía casi tangible. Finalmente, decidió romper el hielo, dejando que su respuesta resonara en la atmósfera cargada.

— Notas que evocan pasión, deseo, una sinfonía de emociones ardientes —declaró ella, deslizando sus palabras como un susurro que vibraba en el aire, provocador y tentador.

La respuesta de Bianca provocó una reacción en Cameron, quien se inclinó ligeramente hacia adelante. La proximidad entre ellos se volvió palpable, y el aliento cálido de Cameron enviaba escalofríos por la columna vertebral de Bianca.

— Interesante elección de melodía. Por ahí, uno siempre consigue cosas interesantes….—murmuró él, sus labios rozando en el aire, como si estuviera cerca del  lóbulo del oído derecho de la morena cuando no era así, creando una corriente eléctrica que la hizo inhalar profundamente.

El aroma fresco a fresas de su perfume invadió el espacio entre ellos, una contradicción en la batalla de sensaciones que se desataba en la cocina. La tensión entre Bianca y Cameron parecía fluir como una corriente subterránea, listos para dejarse llevar por la sinfonía que aún estaba por componerse. La danza de insinuaciones y deseo se prolongaba, construyendo un juego peligroso que ninguno de los dos parecía dispuesto a interrumpir o por lo menos, querer entender qué demonios estaba sucediendo y más con la morena, ¿cómo era posible que le guste el olor a fresas cuando ha odiado por años ese mismo?

Ella, ante su batalla interna, se apartó con suavidad, sintiendo la proximidad de Cameron como una llama que amenazaba con consumirla.

—¿Por ahí? ¿En la escuela o en la universidad? — interrogó Bianca, dejando que la intriga se deslizara en su tono.

— Universidad.

— ¿Y qué estudias en la universidad?

— Canto. — Cameron confesó, dejando que la palabra resonara con un tono sugerente que hizo que el corazón de Bianca latiera con una nueva cadencia.

— Cantas y yo compongo, parece que tu madre me  dejó hospedar en la casa de al  lado, más por gustos parecidos contigo, ¿no crees?

— Ella de alguna manera, siempre busca algo que me llame la atención…

El susurro de Cameron se convirtió en una melodía inquietante en los oídos de Bianca, mientras la electricidad entre ellos parecía aumentar con cada palabra compartida. Las miradas se entrelazaron, pero el misterio de sus emociones persistía, envolviéndolos en un enigma compartido que ninguno se atrevía a desentrañar.

— ¿Un niño mimado, entonces? —inquirió ella, dejando que su sonrisa juguetona se deslizara por sus labios.

Cameron, con una expresión pícara, no retrocedió ante la insinuación.

— Me gusta que me mimen... —respondió, su voz llevando consigo un matiz sugerente que hizo que la atmósfera se cargara de un magnetismo irresistible.

Bianca, con un suspiro apenas audible, asintió sin apartar la mirada de esos ojos azules que parecían contener secretos aún no revelados. Ambos se perdieron en el abismo de la conexión, incapaces de entender por completo la fuerza magnética que los mantenía tan cercanos.

En ese momento, como un suspiro inesperado en la sinfonía de su encuentro,  se oyeron pasos acercarse a la cocina, era Amanda, la madre de Cameron, hizo su entrada. Las llaves de la casa del árbol en la mano, su presencia aportó un cambio repentino al ambiente cargado. Cameron y Bianca se separaron ligeramente, intentando disimular la tensión que persistía entre ellos.

— Hola, cariño —saludó Amanda, con una sonrisa afectuosa—. ¿Podrías ayudarme con las maletas de Bianca? Traigo las llaves  de la casa para que le abras y le muestres el lugar. 

Cameron asintió con cierta rapidez, como si buscara una excusa para distanciarse momentáneamente de la conexión intensa con Bianca. Tomó las llaves y se dirigió hacia su madre. 

— Claro, yo se la muestro. 

Por alguna razón, Bianca  sintió un choque en su espina dorsal ante esas palabras. Joder, solo eran unas palabras y ni siquiera eran para ellas y tal parece que su mente, las calculó de forma doble.  Ante lo dicho,  se volvió hacia Bianca con una mirada que dejaba entrever un deseo inconfesado.

— Te mostraré la casa del árbol en un momento —prometió Cameron, su voz cargada de promesas silenciosas.

En la cocina, los segundos parecieron eternos mientras el teléfono de Amanda resonaba  en el lugar. Bianca y Cameron se quedaron en un silencio tenso mientras ella respondía la llamada,  sus miradas chocando y entrelazándose en un juego de complicidad no resuelta. No era solo la música que vibraba entre ellos, sino un deseo sin nombre que colmaba el aire con una tensión palpable.

Finalmente, Amanda colgó el teléfono y se preparó para salir.

— Chicos, me voy un momento. Volveré enseguida, pero, ya Cameron te muestra la casa, ¿de acuerdo? — Le preguntó a la morena y esta asintió. — Bien, nos vemos más tarde.

Cameron y Bianca asintieron, sus ojos no pudiendo evitar seguirse mutuamente incluso cuando Amanda abandonó la cocina. Una vez solos, el silencio se apoderó de la estancia, pero la intensidad de su conexión perduraba.

Tanto, que el aire parecía gasolina y estaba a nada de un solo fósforo, de incendiar por completo todo.

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