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Portada de la novela Odiando a mi marido

Odiando a mi marido

La ilustre posición de mi familia en México se esfumó tras la confesión de mi padre sobre nuestra quiebra total. Para salvaguardar el prestigio y la vida acomodada de mis progenitores, fui entregada como moneda de cambio al hijo de un antiguo socio. Mientras ultiman los detalles de mi ajuar nupcial, me enfrento a la desolación de un matrimonio impuesto. Mis lágrimas reflejan la amargura de haber sido vendida para saldar una deuda ajena.
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Capítulo 3

No puedo soportar más estar en su regazo; me sentía incómoda. No obstante, no quería iniciar una discusión, y mucho menos delante de sus socios. Ya era tarde y sus deseos de continuar la noche no se evaporaban; mis ojos se cerraban.

-Puedes irte a descansar -me susurró Andrew al oído.

Asiento y me levanto. Me despido de sus amigos y camino hacia mi habitación. Los ojos se me cerraban solos y no tenía fuerzas. Si no fuera por mi nana que me ayudó, me habría quedado dormida en las escaleras.

Ella me ayudó a ponerme el pijama, me metí en mi cama y cerré los ojos. Solo sentí un beso en mi mejilla y ya no tuve conocimiento de más.

****

Las ventanas fueron abiertas y me quejé. Aun era temprano y quería seguir descansando.

-Angelina es hora de levantarse -Me gire y le di la espalda-. Sabes que me molesta cuando haces eso.

-Lo lamento, tengo mucho sueño. Andrew me tuvo despierta hasta muy tarde con sus estúpidos amigos -exclame.

-Lo comprendo -dice mi nana-. Pero los niños del orfanato no tienen la culpa de nada. Sabes que todos los sábados esperan ansiosos por ti, Angelina.

Nana tenía razón, esos niños eran lo único bueno desde mi matrimonio con Andrew. Cada mes, mi esposo enviaba una cantidad de dinero a los niños para albergar sus necesidades, pero nunca se presentaba.

Hasta que una tarde, logré tener la ubicación del orfanato. Desde ese momento, cada sábado paso mis mañanas con cada uno de los niños, quienes poco a poco se roban mi corazón. Andrew no tiene ni idea acerca de esto. Durante mi tiempo en el orfanato, el se embarca en una caseria con sus dos mejores amigos, sin percatarse de nada.

Me levanto y con las palabras de mi nana en mente, me animo aún más. Camino hacia el baño y veo que la tina está lista. Me quito la pijama con cuidado y entro en la bañera, el agradable olor a flores me envuelve. Empiezo a jabonarme el cuerpo y cierro los ojos, dejando que mi mente imagine cómo sería sentir las manos de Andrew recorriéndome. Abro los ojos de pronto. ¿Qué me está sucediendo? ¿Desde cuándo pienso en ese idiota de esta manera? Me estoy volviendo loca. Termino mi baño, tomo la toalla y me miro en el espejo.

Jamás me sentí fea, tengo un rostro hermoso y un cuerpo que merece ser admirado. No entiendo por qué Andrew nunca me miró de otra forma que no fuera con molestia. Aunque ninguno de los dos deseamos esta boda, él es un hombre y si se le presentara una mujer como yo, cualquier otro no dudaría en tenerme. Pero él no lo hace y, aunque quiero negarlo, me resulta molesto que me ignore. Puedo tolerar todo de él, menos eso.

Me dirijo a mi habitación y busco qué ponerme. Elijo un vestido floral y unas sandalias, decidi llevarme una chaqueta. Observo el cielo desde la ventana, está nublado. Recojo mi cabello y me aplico un poco de polvo y sombra. Cojo mi cartera, mi celular y salgo de la habitación. Al bajar las escaleras todo está en silencio. Eso es extraño. ¿Dónde estará la servidumbre? Mientras camino hacia la salida, escucho unos susurros que provienen de la cocina, me acerco y veo a todas reunidas. Cuando estoy a punto de exigir una explicación por no estar trabajando, lo que escucho me deja sin palabras.

-No estoy mintiendo, Virginia -dice una de las chicas al ama de llaves-. El señor Andrew casi manda al hermano del señor Diego al hospital -Llevo mis manos a mis labios- Al parecer todo por la señorita Angelina.

¿Por mí? ¿Qué tengo que ver yo en esta pelea que tuvo Andrew? Escucho la voz de mi nana llamándome, antes de que la servidumbre me vea salgo de la cocina. Andrew deberá explicarme que sucedió anoche. Salimos de casa, el chófer me saluda y abre la puerta.

Entramos y durante todo el viaje no digo una sola palabra, todavía tenía en mi mente las palabras de aquella sirvienta. Me odio por ser tan curiosa.

Llegamos al orfanato, bajamos y los niños, al verme, se dirigieron hacia mí. Los abrazo a todos. Ellos me llenan de felicidad, los había extrañado mucho. La directora se acerca y me saluda. Camino hasta el patio, unos jóvenes de unos quince años me ayudan a buscar algunas sillas. Nos sentamos y comienzo a leerles unos cuentos. Cada uno de estos niños tiene un lugar en mi corazón, pero hay uno que se roba mis suspiros: el pequeño Jexi, tiene siete años y sus padres murieron por sobredosis de heroína. Al no tener ningún familiar vivo, su destino fue este lugar. Él se acerca y me entrega una hoja. Al abrirla, veo que es un dibujo de nosotros dos agarrados de manos. Mis ojos se llenan de lágrimas al contemplar tan hermoso detalle. Lo abrazo. Cómo desearía poder ofrecerle a Jexi un hogar, pero no sería justo para él. No seríamos una familia y el merecía una.

Mi nana se acerca.

-¿Qué tienes? -tenia el teléfono en su mano.

-El señor Andrew está en la casa -me dice preocupada-. Está como loco preguntando por ti.

Era conciente que algún momento lo descubriría, pero no pensé que fuera tan pronto. Me despido de la directora y abandono el edificio. El chofer al igual que mi nana están nervioso. Dios mío, Andrew no es un ogro sin corazón. Además, no estoy haciendo nada malo. Él me abre la puerta y subo al vehículo, vamos a casa. Mi nana no deja de morderse las uñas, así que busco su mano y la alejo de su boca.

-Cálmate, me molesta esa actitud que estás teniendo. Andrew no va a hacer nada, así que deja de preocuparte.

Ella asiente, pero aún tiene sus dudas. El auto se detiene y es hora de la verdad. Bajamos del auto y entramos a la casa. No hay nadie. Cuando estoy por subir las escaleras, escucho su voz.

-¿Dónde estabas, Angelina?

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