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Obligados a casarse

Bajo la Italia de 1807, el papa Pío VII ordena una unión obligatoria para encauzar al indómito Alesso Sforza, sucesor del ducado milanés. La seleccionada es Francesca, una mujer de gran fe cuyo padre cede ante la amenaza de perder su sustento económico con el Vaticano. Atados por este decreto sagrado, los jóvenes inician una vida en común plagada de sospechas, traiciones y celos, donde los sentimientos surgirán de forma inesperada entre el caos.
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Capítulo 2

Alesso mayo de 1807. Milán

— Amore quédate un rato más...—

— Fiore, lo que quieres es más dinero y tengo cosas que hacer.—

— No es malo querer pasar tiempo contigo y si gano algo de dinero tampoco es mal recibido.—

Salgo del burdel, es uno de los lugares que más visito y más desde que descubrí a Fiore. Ella es totalmente diferente a las mujeres italianas es rubia muy voluptuosa, de piel blanquecina y grandes ojos color esmeralda.

No la quiero como esposa, ella solo es una distracción, además de que es una cortesana, pero mientras no me aburra de sus atributos pasaré a visitarla.

Vuelvo a casa después de dos días, me ha venido a buscar uno de los emisarios de mi padre. Parece algo serio porque aunque no aprueba el tipo de vida que llevo tampoco me ha prohibido nada.

Llegó a casa, beso las mejillas de mi madre y está pone una mueca de disgusto pero rápidamente la cambia por una sonrisa.

— Pasa tu padre y el señor Conti te están esperando, pero antes de eso cambia tu ropa apestas a mujerzuela.—

Subo a mi dormitorio y me cambio de ropa, bajo lo más rápido posible para no enfadar a padre. Nunca le ha gustado que le hagan esperar. Quién será ese tal señor Conti, no recuerdo ese apellido...

— Buenos días padre, señor.— digo estrechando las manos de sendos caballeros.—

— Toma asiento Alesso, está conversación te compete a ti más que a ninguno de nosotros.— dice mi padre entregándome un papel.

No puedo creer lo que estoy leyendo, el papá ordena mi próximo casamiento, con una joven dama llamada Francesca Conti.  En menos de un mes se celebrará el matrimonio.

Me levanto de la silla y desató mi furia contra mi padre y ese señor.

— Quién se han creído que son para obligarme a casarme con esa mujer, no la quiero! más bien la desprecio, los desprecio a todos ustedes.—

— No te permito que hables así de mi hija, no la conoces y ella no tiene culpa de nada, dudo que este más feliz que tú al enterarse de su matrimonio. Es más si la vuelve a faltar el respeto me veré en la obligación de desafiarle a un duelo.—

— No será necesario mi hijo pedirá disculpas ahora mismo, si me disculpa mañana concretaremos los detalles del enlace.—

El señor se marcha pero antes de hacerlo me disculpo por mi falta, no he podido contener la rabia y me he portado como un niño.

— Alesso yo no te obligare a nada, no es una orden mía, más bien es un capricho del pontífice. Tu mala reputación ha llegado hasta sus oídos. Y por lo que se ve quiere llevarte por el buen camino...—

— Casandome con una extraña y en menos de un mes!— respondo enfadado pero sin llegar a gritar.

— Puedes negarte, pero sabes lo que eso nos acarrearía. Perderías el título y las propiedades. Te verías en la miseria. Y el nombre de nuestra familia quedaría reducido a la nada, yo sería el último Duque de Milán.—

Tiene razón, no puedo hacer nada si no acepto tendré que renunciar a todo. Siento que no estoy preparado para formar una familia, tampoco sé si lo estaré algún día, me gustan mucho los placeres de la carne y el mundo de la noche. Siento que no seré capaz de hacer feliz a ese mujer.

Y eso en cierto modo me entristece, la llevaré a una vida de soledad y amargura. Siento que tenga que ser así, pero yo ni siquiera quería casarme.

**

Estamos a una semana de la boda, mi padre ya me ha entregado una propiedad y los baúles de mi prometida han comenzado a llegar.

Ella se que llegó ayer, pero aún no he ido a conocerla es algo que no me apetece mucho hacer. Pero madre se ha empeñado en ir esta tarde a mostrar nuestros respetos. También me ha sugerido que debo cortejarla durante esta semana. Y ni siquiera es una opción. Tendré que preguntar cómo hacerlo ya que no he cortejado a una mujer nunca.

Al menos la boda se realizará aquí y no en Roma ni en Florencia, lo que más me asombra es que será el mismísimo Pío VII el que oficiará nuestra unión.

Bajo del carruaje y ayudo a bajar a mi madre, sigue siendo muy bella aunque su pelo se ha tornado plateado. Su mirada es triste desde que tengo uso de razón. No pudo traer mas hijos vivos al mundo y eso la sumió en la tristeza.

En la entrada nos reciben el padre de mi prometida y una joven, la cual creo que es su esposa, su cara me suena de algo pero no soy capaz de saber de qué me suena tanto.

— Bienvenidos a está su casa, gracias por dejar que nos hospedamos aquí hasta el día de la boda — dice mi futuro suegro.

— Ahora seremos familia y la familia se cuida.— dice Mamá sonriendo.

— Francesca está en el jardín, podemos ir hasta allí.—

Llegamos al jardín y puedo ver a una mujer morena, sentada en un banco alimentando a unos pajarillos.

— Francesca tu prometido y su madre han venido a conocerte.—

Francesca se vuelve dejando a mi vista un bello rostro, unos labios carnosos y unos ojos profundos.

— Es un placer conocerlos— dice educada y dulcemente.

Pasamos la tarde en el jardín, no he dejado de observarla. Ha charlado con mi madre de varios temas, he descubierto que es una mujer inteligente y muy educada.

También ha comentado que sabe de finanzas, le gusta la lectura, viajar y disparar con el rifle. Mi madre ha puesto varias caras de disgusto pero se que está encantada con ella.

El problema aquí soy yo. Aunque no voy a negar que es bonita y me resulta interesante. No creo que sea alguien fácil de doblegar. No se conformara con un ser un simple adorno, está mujer tiene sueños e intereses poco comunes en una dama de su edad.

Mama me susurra que debo invitarla ha dar un paseo por la propiedad. En fin lo que voy a tener que hacer por no quedarme en la ruina. Suspiro y me levanto de mi asiento.

— Me concedería el placer de acompañarme en un paseo por los jardines.—

Ella mira a su padre y este le da permiso, una dama de compañía nos sigue unos pasos por detrás.

Es una mujer silenciosa y eso me está empezando a sacar de mis casillas, igual es que está nerviosa, pero está situación me está empezando a agotar y solo acaba de empezar.

— Por qué se quiere casar conmigo su excelencia sino poseo título nobiliario alguno y ni siquiera nos conocíamos hasta el día de hoy.— dice con voz firme y con una dulzura característica de un ser celestial.

— Veo que no te han informado, yo no deseo casarme contigo, porqué debería hacerlo? El pontífice es el que se ha empeñado en esta farsa.— digo amargamente.

Ella no dice nada, agacha su cabeza y veo como limpia una lágrima de su rostro. No he sido consciente de que le causado dolor con mis palabras. Estaba tan enfadado que he olvidado que ella está en la misma situación que yo.

Nos hemos despedido y he prometido volver mañana para comenzar el cortejo. Presiento que va a ser una semana muy larga.

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