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Portada de la novela Nuestro pacto de amor

Nuestro pacto de amor

Clara Hidalgo, una joven huérfana, comienza a trabajar en la residencia del poderoso Darío Andrade. El magnate lucha contra las presiones familiares y un matrimonio pactado, pero la llegada de Clara desata una pasión incontrolable que desafía sus mundos. Mientras él intenta proteger su vínculo, el intenso romance arriesga sus posiciones sociales y amenaza con revelar un oscuro secreto del pasado de Clara capaz de transformarlo todo para siempre.
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Capítulo 2

Aún después de llegar a la oficina, Darío no lograba borrar la sonrisa de su rostro. Esa chiquilla primero se había lanzado frente a su auto y luego lo había ofendido por molestarse por eso. Sin embargo, el recuerdo de sus pequeños y carnosos labios llamándolo imbécil y mandándolo a la mierda solo le causaba diversión.

Antes de acomodarse, comenzó a revisar unos documentos sobre las finanzas de la empresa que su padre le había dejado con una nota sobre el escritorio. Ese día su secretaria tenía otros asuntos de los que ocuparse y no se incorporaría hasta más tarde. Por lo tanto, no tenía quien le transmitiera los recados de su progenitor, que generalmente estaba demasiado ocupado como para hablar de manera directa con su propio hijo.

Darío tenía bastante trabajo por hacer, así que mejor empezaba cuanto antes. Se aflojó un poco la corbata y se dispuso a sentarse en su sillón. Sin embargo, escuchó el repiquetear de unos tacones que se acercaban y devolvió los papeles a la mesa.

El pequeño rastro de buen humor que le quedaba se esfumó por completo y se preparó para escuchar más quejas y reproches. Carolina, su prometida, había estado especialmente insistente y molesta esa mañana.

—Darío —lo llamó y entró a la oficina. Como era de esperarse, sonaba enfadada.

Él se volteó muy despacio y suspiró profundo.

—¿Sí? —respondió con una ceja levantada.

—Trajiste los pendientes equivocados —se quejó Carolina y negó con la cabeza. Tenía en sus delicadas manos la caja de regalo que él acababa de dejarle en su oficina mientras ella estaba en algún otro lugar de la empresa.

—¿No me dijiste que eran los dorados?

—¡Sí! —respondió ella y abrió mucho sus ojos grises—. ¡Los otros! Estos me los dio Linda por nuestro compromiso. Los que le compré a mi madre estaban justo al lado. ¿Es tan difícil para ti diferenciar unos pendientes de otros?

—Por Dios, Carolina —dijo él, exasperado y también algo enojado—. Tienes un millón de joyas, ¿cómo diablos quieres que memorice cada una? ¡Tengo cosas importantes que hacer!

No como ella, que se pasaba el día de un lado al otro en la empresa y participando en las juntas mientras fingía que trabajaba. Solo tenía un puesto allí porque su padre no quería que su amada hija se aburriera en casa o se sintiera inútil.

—¿El cumpleaños de tu suegra no te parece algo importante? —replicó Carolina y cruzó los brazos sobre su pecho. Sus labios rojos se tensaron en una delgada línea.

Entonces Darío tomó una enorme bocanada de aire. Todo era por un bien mayor, debía calmarse. Ella no era así por lo general, de cualquier modo. Se repetía a sí mismo una y otra vez que su dulce prometida solo estaba nerviosa e irritable en esos días a causa del aplazamiento de la boda.

—Tienes razón, cariño —dijo él con un tono de voz suave y se acercó para tomarla por los hombros y darle un pequeño beso en la mejilla—. Ahora mismo necesito un rato para analizar estos papeles que mi padre me trajo. Prometo que apenas termine volveremos los dos a casa y podrás recoger el regalo para tu madre. Después iremos a almorzar con ella, ¿de acuerdo?

Los ojos de Carolina se iluminaron al escucharlo y le regaló una hermosa sonrisa.

—De acuerdo —dijo ella y lo abrazó—. Gracias, amor.

—No me agradezcas. Es un placer para mí verte feliz —respondió él y la besó con suavidad en su cabellera dorada.

Al quedarse satisfecha, su prometida salió y cerró la puerta tras de sí. Darío expulsó el aire que estaba conteniendo y se lanzó en su sillón tras el escritorio. Necesitó zafarse mucho más la corbata. Si había algo que odiaba, eso era compartir espacio con sus suegros. No obstante, ellos eran los amigos y socios más cercanos de su padre, así que no podía rehusarse.

Por suerte, Carolina no tenía tanto en común con su odiosa madre como podría pensarse, aunque quizás las frecuentes visitas para los preparativos de la boda no le estaban haciendo nada bien. En el tiempo que habían vivido en casa con su padre habían sido bastante felices.

Pero estaban a punto de casarse, y era lógico que compraran una casa solo para los dos. El problema es que quedaba demasiado cerca de la de sus suegros y la semana que llevaban viviendo ahí apenas había visto a su futura esposa.

Sin embargo, trataría de complacerla lo más posible hasta la ceremonia. Estaba seguro de que después todo se desarrollaría sin más contratiempos y que, tanto en los negocios como en su vida personal, todo funcionaría a la perfección. Ambas familias llevaban mucho tiempo planeándolo todo, ¿qué podía salir mal?

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