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Portada de la novela Nuestro pacto de amor

Nuestro pacto de amor

Clara Hidalgo, una joven huérfana, comienza a trabajar en la residencia del poderoso Darío Andrade. El magnate lucha contra las presiones familiares y un matrimonio pactado, pero la llegada de Clara desata una pasión incontrolable que desafía sus mundos. Mientras él intenta proteger su vínculo, el intenso romance arriesga sus posiciones sociales y amenaza con revelar un oscuro secreto del pasado de Clara capaz de transformarlo todo para siempre.
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Capítulo 3

Cuando llegó a la casa correcta, Clara tocó de inmediato el timbre de la enorme puerta acristalada y se abrazó a sí misma mientras esperaba a que le abrieran. Su pequeña maleta descansaba a su lado en el piso. No tenía demasiadas pertenencias y lo prefería de ese modo. Las mudanzas constantes por las que había pasado junto a su madre le habían enseñado la importancia de ser práctica y de no sentir demasiado apego por nada material.

Escuchó los pasos que se acercaban y vio la silueta a través del cristal. Una señora de unos cincuenta años le abrió. Su traje negro estaba impecable, sin una arruga siquiera, y su cabello estaba perfectamente recogido hacia atrás. Observó a la chica con cierta molestia.

—¿Clara Hidalgo? —preguntó con dureza y Clara asintió—. Llegas más de media hora tarde. Pensé que no aparecerías.

La chica tragó en seco y cruzó los dedos esperando que eso no los hiciera cambiar de idea sobre contratarla. Debía estar a prueba una semana para obtener el trabajo de manera definitiva, y ya había empezado con muy mal pie.

—Lo siento, señora —dijo ella, avergonzada—. Tuve un pequeño accidente mientras venía hacia aquí.

La mujer cruzó los brazos en su pecho sin suavizar la expresión de su rostro.

—Pues, por tu bien, espero que sea el primero y el último —respondió—. La familia Andrade es bastante rigurosa cuando se trata del cumplimiento del deber, y muchas personas desearían tener el privilegio de trabajar para una familia tan distinguida. Entra.

En realidad, Clara sí sabía que muchas personas querían un trabajo como ese que, además de buena paga, ofrecía vivienda y comida. Solo estaba ahí gracias a su madrina, que conocía a muchas personas porque también había trabajado como empleada doméstica para familias adineradas durante toda su vida.

La mujer se apartó de la puerta para permitirle pasar.

—Mi nombre es Marta —añadió mientras Clara tomaba la maleta y caminaba dentro—. Soy la secretaria del señor Darío.

«Darío», se dijo Clara. Le gustó el nombre de su patrón. Solo esperaba que fuera una persona accesible y no tan estirada, aunque estaba consciente de que eso era bastante improbable.

Todo en esa casa la hacía sentir diminuta. Dio un vistazo a su alrededor mientras seguía con torpeza a Marta. Si por fuera parecía un pequeño palacio, por dentro era mucho más sorprendente.

Al igual que en el exterior, la decoración dentro oscilaba entre blanco y diferentes tonos marrones. Casi todos los muebles eran de madera y parecían recién estrenados. Estaba todo tan pulcro que pensó que jamás se atrevería a sentarse o apoyarse en algún sitio por temor a ensuciarlo.

El espacio estaba muy bien iluminado, pues todas las puertas y ventanas eran de cristal y la mayoría ni siquiera tenían cortinas. Clara supuso que, como se trataba de un vecindario de clase alta, no tenían que preocuparse por los mirones o los robos. Había bastante seguridad en la entrada del condominio y ella misma había tenido que identificarse y mostrar su contrato temporal para que le permitieran entrar.

El piso de mármol blanco estaba tan pulido que de andar en falda podían verle la ropa interior. Agradeció que la mayor parte estuviera alfombrada. Un espejo ocupaba media pared en el salón. Se dio un fugaz vistazo en él cuando pasaron por delante. Era una nota discordante en un lugar como ese, pero le daba igual. Le había prometido a su madre antes de morir que nunca se daría por vencida y que se esforzaría mucho para salir adelante.

Por último, le llamó la atención que tuvieran un piano justo al lado de los sofás. ¿Alguno de sus patrones sabía tocarlo?

Marta le dio un recorrido bastante fugaz por la planta baja de la casa, enfocándose en la cocina y en el cuarto de lavado, los dos sitios que Clara mejor debía conocer. Arriba estaban el dormitorio de los patrones, el señor Darío y la señorita Carolina, y las habitaciones de invitados.

Ella dormiría en un pequeño cuarto justo al lado del de lavado. No tendría que compartirlo porque, según Marta, la señorita Carolina era muy sensible y prefería tener solo a las personas imprescindibles a su alrededor, que eran básicamente Darío, Clara y quienes se ocupaban del jardín y la piscina, y que iban solo un par de veces a la semana.

Marta le explicó, además, que su trabajo consistía en mantenerlo todo limpio y también en cocinar, pero que los patrones rara vez cenaban en casa y que avisaban con antelación sobre el menú que deseaban. La chica se sintió bastante intimidada al enfrentarse de verdad a todas las responsabilidades que tendría, y quizás su expresión la delató.

—Parece mucho trabajo —le dijo la mujer. Ya no parecía enojada, a pesar de que su tono seguía siendo de rectitud—. Y ciertamente lo es, pero cuando te acostumbres lo verás como algo rutinario y más sencillo. Esta casa no es tan grande comparada con las demás de este barrio. Los Andrade son personas admirables y muy humildes, odian presumir.

Clara bufó mentalmente al escucharla, pero se limitó a asentir. Debía estar de broma, ¿no?

Marta le señaló hacia un pequeño armario que había junto al cuarto de lavado.

—Escoge ahí un uniforme y unos zapatos que te sirvan. Debes llevarlo durante todo el día y lucir presentable.

La chica asintió y tomó un conjunto de camisa y falda negra hasta las rodillas que pensó que le serviría. También tomó un delantal blanco y unos zapatos negros con un diminuto tacón que eran de su talla de calzado.

En la entrevista de trabajo no le habían dicho que parecería que estaba de luto todo el tiempo con ese uniforme tan horrendo y soso, aunque ya lo imaginaba. Tenía cierta experiencia como camarera en algunas celebraciones especiales en casa de los patrones de su madrina, y en todas debía vestirse de un modo similar.

Había sido una entrevista bastante rápida y superficial, en realidad. Se la había hecho una mujer que al parecer trabajaba para el padre de Darío: Diego Andrade, un hombre muy distinguido y poderoso, según había escuchado. No le habían dado demasiados detalles, apenas sabía que trabajaría para una joven pareja. Clara supuso que, como acababan de comprar la casa, necesitaban una empleada con urgencia.

—Deja la maleta en tu cuarto y cámbiate rápido —le dijo Marta—. El polvo le causa alergia a la señorita Carolina y tienes que limpiar su habitación todos los días. ¿Tienes teléfono celular?

Clara asintió una vez más. Era un cacharro bastante viejo, pero funcionaba.

—Anota mi número —añadió la mujer—, en caso de que tengas alguna duda o contratiempo «muy urgente». Suelo estar bastante ocupada.

La chica no pasó por alto su énfasis en «muy urgente». O sea, no debía llamarla a menos de que se incendiara la casa. Sin embargo, acató sus palabras en silencio como la buena empleada que debía ser y anotó el número. Después, fue hasta su habitación y soltó la maleta. Se cambió a toda prisa y se acomodó el cabello en una perfecta coleta alta para que no le molestara en la cara, aunque el flequillo no tenía forma de recogerlo sin que volviera a soltarse de inmediato.

—Tu expediente dice que sabes cocinar —le dijo Marta cuando regresó a la cocina mientras hojeaba en sus manos una copia de sus papeles.

—Así es —respondió en un tono muy bajo.

En realidad, no se le daba nada mal. Su madre había sido una excelente cocinera, aunque eso solo le había valido para pasarse la mitad de su vida encerrada en la parte trasera de un restaurante de mala muerte. Clara sintió una punzada de dolor al pensar en eso.

—Bien —respondió Marta, sacándola de sus pensamientos—. Pues ya todo está dicho. Si eres la mitad de eficiente de lo que dice tu expediente no debes tener problemas.

—Muchas gracias —respondió la chica y esbozó una pequeña sonrisa. Tenía que hacer un arduo trabajo para lograr cubrir sus mentiras. No le quedaba de otra.

La mujer ni siquiera le prestó atención. Miró su reloj y guardó los documentos en su portafolios. Luego se marchó y la dejó sola en esa imponente casa. Clara sintió el enorme impulso de curiosear por todos lados, pero debía ponerse manos a la obra. Tendría mucho tiempo para aprenderse hasta el último rincón, iba a vivir ahí a partir de ese día. Al menos podía ser libre de fantasear con una vida que jamás podría permitirse.

El cuarto de los patrones parecía de la realeza. En la cama cabían unas cuatro o cinco personas y la tele que tenía justo en frente ocupaba casi la mitad de la pared. Las cortinas y las sábanas eran de satén blanco mientras que las mantas y los cojines eran de color marrón con diferentes estampados. En lugar de ventanas, había una enorme puerta de cristal que llevaba al balcón con vistas a la piscina y al verde y florido jardín de la casa.

Dentro de la habitación había un cuarto de baño con una tina rodeada de velas aromáticas y todo tipo de accesorios y productos para el cuidado del cuerpo y del cabello. Por último, tenían un ropero que casi igualaba el tamaño del cuarto. Los ojos de Clara casi rodaron fuera de sus cuencas al echarle un vistazo a la colección de trajes y vestidos de lujo que había ahí dentro.

¿Esa era la gente tan humilde que describía Marta? No quería ver entonces a los que no lo fueran.

Comenzó a limpiar la habitación con esmero y mucho cuidado de no dañar nada. Aspiró las alfombras para eliminar hasta la última partícula de polvo y también limpió los muebles. Le faltaba muy poco para terminar cuando escuchó unas voces y pasos que se acercaban. Todo su cuerpo se tensó. No había escuchado el ruido del auto al llegar y le intimidaba un poco conocer a Darío y a Carolina.

¿Estaban de vuelta tan temprano? Ella creía que regresarían en la tarde.

—Dios, Darío —se quejó una voz chillona. Sonaba enojada—. Pensé que serían solo unos minutos y nos demoramos más de dos horas. Ya no podremos almorzar con mi madre. Tendré que decirle que nos veremos a la hora de la cena. ¿No puedes soltar la maldita empresa por al menos un...

Se detuvo de repente al entrar a la habitación y ver a Clara. Frunció el ceño y sus penetrantes ojos grises la observaron con extrañeza.

—B-buenos días, señorita —dijo Clara en un tono bajo.

Era una mujer delgada y esbelta. Sus tacones y su ceñido vestido amarillo pálido la hacían parecer una modelo. Llevaba un brillante collar de perlas y su cabello rubio perfectamente peinado y recogido. Clara se sintió abrumada con lo joven y hermosa que era su patrona.

—¿Y tú quién diablos eres? —soltó la rubia. Al parecer, solo era atractiva por fuera.

¿Qué estaba mal con esa mujer? ¿Acaso no veía su uniforme y el jarrón y el trapo que Clara tenía entre sus manos? Más obvio no podía ser. Sin embargo, ella respondió con mucha suavidad:

—Mi nombre es Clara, señorita. Soy la nueva empleada doméstica.

—¿Esos incompetentes no pudieron escoger a alguien con menos experiencia que tú, acaso? —respondió Carolina con una mueca de desagrado.

Clara abrió mucho los ojos al escucharla. ¿Cómo podía hablarle con tanto desprecio sin conocerla siquiera? No obstante, todo lo relacionado a Carolina pasó a un segundo plano cuando el señor Darío apareció tras su prometida y entró a la habitación.

Tenía que ser solo una broma. Una de pésimo gusto.

No era otro que el chico que había estado a punto de atropellarla esa mañana y al que había llamado imbécil.

Los nervios la traicionaron y el jarrón se le resbaló de las manos. Trató de detenerlo, pero fue imposible. Cayó al suelo y se hizo añicos, sobresaltándolos a los tres. Carolina soltó un chillido.

«Mierda», se dijo Clara sin atreverse a levantar la vista. Ya podía considerarse despedida.

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