
Nuestro Amor, Nuestro Universo
Capítulo 2
Yo soy la villana de esta historia.
No, no la antihéroe trágica ni la incomprendida.
La villana.
La que arruinó la boda, le robó la fortuna a su prometido y se acostó con su peor enemigo.
Esa soy yo, Sofía.
Y para ser sincera, lo disfruté.
Hace cinco años, yo era la prometida de Ricardo Valente, el rey del tequila, el sol de Jalisco.
Nuestro amor era de esos que salen en las revistas, de los que inspiran canciones rancheras.
Él, con su pasión desbordada y su sonrisa que prometía el mundo.
Yo, su musa, la diseñadora de modas que le daba un toque de elegancia a su mundo rústico.
El día de nuestra boda, la hacienda de su familia estaba adornada con miles de cempasúchiles, el aire olía a agave cocido y a fiesta.
Ricardo me esperaba en el altar, con ese traje de charro que le quedaba espectacular, sus ojos brillosos de pura felicidad.
Yo caminé hacia él con un vestido de mi propio diseño, blanco, puro, una mentira andante.
Llegué a su lado, tomé su mano.
Él me susurró: "Te amo, mi Sofía. Para siempre".
Yo le sonreí, una sonrisa perfecta, ensayada.
Y entonces, frente a doscientas personas, frente a su familia, frente a Dios, le dije que no.
No solo eso.
En las pantallas gigantes que debían mostrar nuestros momentos felices, apareció un video.
Era yo, en la cama con Diego de la Vega, su más grande rival en el negocio del tequila.
La humillación fue total.
Pero no me detuve ahí.
Mientras todos estaban en shock, mis cómplices ya habían transferido cada centavo de la cuenta que compartíamos a un paraíso fiscal.
También le entregué a Diego los secretos de la nueva fórmula del tequila de Ricardo, la que iba a revolucionar el mercado.
Lo dejé en la ruina.
Emocional y financieramente.
Recuerdo su rostro, la incredulidad convertida en un dolor tan profundo que me heló la sangre por un segundo.
Se arrodilló, justo ahí, en medio de las flores y la música interrumpida.
"Sofía, por favor, dime que es una broma. Dime que no es verdad", suplicó, con la voz rota.
Yo lo miré desde arriba.
Me incliné, le arreglé el moño de su traje y le susurré al oído para que solo él escuchara.
"¿Sabes qué, Ricardo? Nunca te amé. Y por cierto, el hijo que esperaba no era tuyo".
Mentí.
Mentí en todo.
Pero él no lo sabía.
Vi cómo la última luz de esperanza se apagaba en sus ojos.
Me di la vuelta y me fui, sin mirar atrás, mientras el caos estallaba a mi espalda.
Cinco años.
Viví cinco años en Europa, gastando el dinero de Ricardo.
Fiestas en yates en Mónaco, desfiles de moda en París, apartamentos de lujo en Milán.
Me convertí en una leyenda, la viuda negra de las finanzas, la diseñadora que se financió con el corazón roto de un hombre.
No me arrepentía.
O al menos, eso me decía a mí misma cada noche, cuando el silencio era demasiado fuerte.
Hoy, estaba en una galería de arte en la Ciudad de México, admirando una pintura abstracta que costaba más que una casa.
Llevaba un vestido rojo, ceñido, escandaloso.
El champán estaba frío, la conversación era aburrida.
Mi vida era perfecta.
Y entonces, escuché una voz en mi cabeza.
No era un pensamiento.
Era una voz real, metálica, sin emociones.
[Anfitriona Sofía, el periodo de exilio ha terminado.]
Casi tiro mi copa.
Miré a mi alrededor, pero nadie más parecía haberla escuchado.
[Misión principal activada: Reparar la relación entre el protagonista masculino, Ricardo Valente, y la protagonista femenina, Mariana Ríos.]
¿Mariana? ¿La dulce y pura Mariana, la amiga de la infancia de Ricardo, la que siempre lo amó en secreto?
Claro. La heroína perfecta para reemplazar a la villana.
[Objetivo de la misión: Asegurar que Ricardo y Mariana se casen y vivan felices para siempre.]
Una risa amarga se me escapó.
"¿Y si no quiero?", pensé, desafiante.
[Consecuencia del fracaso: Aniquilación.]
La voz fue tan fría, tan final, que un escalofrío recorrió mi cuerpo.
No era una broma.
Esta cosa, este "sistema", era real.
Y me tenía atrapada.
[Regrese a Jalisco. Tiene tres meses.]
Y así, mi vida de lujo y libertad se terminó.
La villana tenía que volver a escena.
El avión privado aterrizó en Guadalajara una semana después.
La primera parada obligatoria era una fiesta benéfica organizada por la cámara tequilera.
Sabía que él estaría allí.
Entré al salón del Country Club como si fuera la dueña del lugar.
El murmullo se detuvo de golpe.
Todas las miradas se clavaron en mí.
Y entonces lo vi.
Estaba de espaldas, hablando con un grupo de empresarios.
Pero ya no era el mismo Ricardo.
Sus hombros eran más anchos, su postura era más rígida.
Se giró lentamente, como si sintiera mi presencia.
Nuestros ojos se encontraron a través del salón.
Cinco años lo habían cambiado.
La pasión ingenua en sus ojos había sido reemplazada por una frialdad calculadora.
La sonrisa fácil había desaparecido, dejando una línea dura en su boca.
Se veía más hombre.
Más peligroso.
Más guapo que nunca.
Y a su lado, tomada de su brazo, estaba ella.
Mariana.
Con su vestido color pastel y su sonrisa de ángel.
La heroína.
Ricardo no apartó la vista de mí, su rostro era una máscara de hielo.
Pero por un instante, solo uno, vi un destello en sus ojos.
Un eco del fuego que una vez ardió por mí.
Mi corazón, ese traidor que creí muerto, dio un vuelco doloroso.
La misión acababa de empezar, y yo ya sentía que me estaba ahogando.
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