
Nuestro Amor, Nuestro Universo
Capítulo 3
Soy la villana, la mujer fatal, la malvada madrastra en el cuento de hadas de Ricardo y Mariana.
O, como me llama el sistema, la "malvada personaje secundaria".
Un papel patético.
Pero si tengo que jugarlo, lo haré a mi manera.
Avancé por el salón, el tacón de mis Manolo Blahnik resonando en el silencio incómodo.
Mi vestido, de un satén negro que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel, era una declaración de guerra contra los vestidos modestos y los colores neutros que dominaban el lugar.
Ignoré las miradas de odio y los susurros escandalizados.
Mis ojos estaban fijos en la pareja protagónica.
Ricardo seguía mirándome, su mandíbula apretada.
Mariana, en cambio, se aferró más a su brazo, su sonrisa dulce se tensó ligeramente.
Parecía un conejito asustado.
Pobre ilusa.
Me detuve justo frente a ellos.
"Ricardo, querido", dije, mi voz sonando deliberadamente sensual, arrastrando las palabras. "Cinco años. Te ves... diferente. La amargura te sienta bien".
Ricardo no respondió, pero sentí la ola de furia que emanaba de él.
Me volví hacia Mariana.
"Y tú debes ser Mariana. La enfermera que curó su corazón roto. Qué tierno".
La cara de Mariana se puso pálida.
"Sofía", dijo, su voz un temblor apenas perceptible. "No sé qué haces aquí, pero no eres bienvenida".
"Oh, cariño", le sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. "No te preocupes, no vengo a quitarte a tu hombre. Ya lo tuve, lo usé y lo tiré. Solo vine a saludar a viejos amigos".
Mariana abrió la boca para responder, pero las palabras no le salieron.
En su lugar, un pequeño chillido de indignación escapó de sus labios.
Fue lo suficientemente agudo como para que las cabezas más cercanas se giraran hacia nosotros.
Perfecto.
"Veo que mi reputación me precede", continué, disfrutando el momento. "Imagino que todos aquí recuerdan la boda del siglo. O más bien, la no-boda. Fue una pena, la comida se veía deliciosa".
Un murmullo recorrió el salón.
Algunos me miraban con horror, otros con una fascinación morbosa.
Me encantaba.
Ricardo finalmente habló, su voz era un gruñido bajo y peligroso.
"Vete, Sofía".
"¿Por qué? La fiesta apenas comienza".
Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal.
Podía oler su loción, una mezcla de sándalo y cítricos que me trajo un torbellino de recuerdos.
Me incliné ligeramente, asegurándome de que tuviera una buena vista de mi escote.
"Además, escuché que tu tequila 'Corazón de Agave' va de maravilla. Casi tan bien como el 'El Conquistador' de Diego. Qué coincidencia, ¿no?".
La mención de Diego fue la estocada final.
Vi un músculo tensarse en la sien de Ricardo.
Sabía que había tocado la fibra más sensible.
En ese momento, una mano se posó en mi cintura.
"Sofía, siempre sabes cómo hacer una entrada".
Me giré y me encontré con la sonrisa depredadora de Diego de la Vega.
Se veía tan cínico y oportunista como siempre, con su traje caro y su cabello perfectamente peinado.
"Diego", respondí, colocando mi mano sobre la suya en mi cintura. "Veo que los secretos que te vendí te han servido bien".
Diego soltó una carcajada, ignorando las miradas de asombro a nuestro alrededor.
"Digamos que fue una inversión mutuamente beneficiosa. Formamos un buen equipo, tú y yo".
Me apoyé en él, un gesto calculado para provocar a Ricardo.
"El mejor equipo", confirmé, mirando a Ricardo por encima del hombro de Diego.
La cara de Ricardo era una tormenta de emociones contenidas.
Furia, dolor, odio.
Todo dirigido a mí.
Mariana, por otro lado, parecía a punto de llorar.
"Ricardo, vámonos", le suplicó en voz baja. "No tenemos que soportar esto".
Pero Ricardo no se movió.
Estaba atrapado en mi red, justo donde lo quería.
La noche continuó así, conmigo y Diego pavoneándonos por el salón, siendo el centro de un escándalo delicioso.
En un momento, fui al tocador de damas para retocar mi labial.
El lujoso baño de mármol estaba vacío.
O eso creía.
Cuando salí de uno de los cubículos, Mariana estaba allí, esperándome.
Su cara ya no era la de un conejito asustado.
Sus ojos, generalmente dulces, ahora ardían con una furia fría.
"¿Qué es lo que quieres, Sofía?", siseó.
"Ya te lo dije. Solo saludar".
"Mientes. Siempre mientes. Vienes a lastimar a Ricardo otra vez".
Me encogí de hombros. "¿Y si así fuera? ¿Qué vas a hacer al respecto, heroína?".
Su respuesta me sorprendió.
Se abalanzó sobre mí.
No fue un empujón torpe.
Fue un ataque rápido y preciso.
Sus uñas se clavaron en mi brazo, intentando arañarme la cara.
La esquivé por puro instinto, pero logré agarrarla por el pelo.
"Veo que la santa tiene garras", dije, tirando de su cabello hacia atrás.
Ella gritó de dolor y rabia.
"¡Aléjate de él! ¡Es mío!".
"¿Tuyo? Cariño, tú solo tienes las sobras. El hombre que yo rompí".
La empujé contra el lavabo de mármol.
El sonido de su espalda golpeando la piedra fue satisfactorio.
Pero mi satisfacción se vio interrumpida por un sonido que odiaba.
Un sonido que conocía demasiado bien.
Con la punta de mi zapato, le di una patada en la espinilla, lo suficientemente fuerte como para que se doblara.
"Escúchame bien, pequeña mosquita muerta", le susurré, mi voz llena de veneno. "No tienes idea de con quién te estás metiendo".
Justo cuando levantaba la mano para abofetearla, la puerta del baño se abrió de golpe.
Era Ricardo.
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