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Portada de la novela Noventa y Siete Deseos Pendientes

Noventa y Siete Deseos Pendientes

Ximena utilizó sus poderes ancestrales para elevar a Mateo a la cima del éxito, pero él la traiciona con una crueldad extrema. Tras ser humillada y azotada injustamente por culpa de Sofía, la curandera guarda silencio: el contrato místico por la ofrenda sagrada sigue activo y aún restan noventa y siete deseos por cumplir. Mientras ella agoniza, Mateo descubre que su víctima es la niña que lo salvó en el pasado, iniciando un agónico rastreo para enmendar su error.
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Capítulo 2

Mateo se sirvió otra copa de tequila, el líquido ambarino brillaba bajo las luces de la hacienda. La fiesta estaba en su apogeo, celebrando el último contrato que lo convertía en el hombre más poderoso de la región. La música sonaba, la gente reía, pero su amigo Pedro se acercó con el ceño fruncido.

"Felicidades, Mateo. Lo lograste todo."

"Casi todo," corrigió Mateo, con una sonrisa torcida.

Pedro miró a su alrededor, como buscando a alguien.

"¿Y Ximena? No la he visto en toda la noche. ¿No debería estar aquí, celebrando contigo?"

La sonrisa de Mateo se borró, reemplazada por una máscara de fastidio.

"Esa mujer ya no está aquí. La eché."

Pedro se quedó helado.

"¿Qué? ¿Cómo que la echaste? Después de todo lo que hizo por ti…"

"Hizo lo que tenía que hacer," lo cortó Mateo, bebiendo de un solo trago. "Su tiempo se acabó. Sofía ha vuelto."

Mientras Mateo se alejaba para recibir a otros invitados, Pedro escuchó a dos sirvientas cuchicheando cerca de la cocina.

"Pobre señora Ximena," decía una. "Tres años a su lado, lo levantó de la nada, y ahora la tira como a un perro."

"Dicen que el patrón solo la usó," respondió la otra, bajando la voz. "Que todo era por un pacto extraño. Cien deseos o algo así. Ahora que regresó la señorita Sofía, su amor de la infancia, ya no la necesita."

"Yo la vi cuando se fue. No lloró, ni siquiera parecía triste. Solo le dijo al patrón: 'Todavía me debes noventa y siete deseos' . Fue muy raro."

Pedro sintió un escalofrío. Conocía la historia, o al menos parte de ella. Recordaba perfectamente el día que todo comenzó, hace tres años.

Ximena no pertenecía a su mundo. Era una curandera de un pueblo oculto en la sierra, un lugar del que solo se contaban leyendas. Había venido al mercado del pueblo a vender hierbas y remedios. Ese día, un joven y caprichoso Mateo, desesperado por impresionar a sus amigos y conseguir un favor de los espíritus antiguos, había dejado una ofrenda para un nahual en un viejo altar de piedra a las afueras del pueblo. Un dulce de calabaza y piloncillo, hecho con una receta ancestral.

Ximena, ajena a todo, agotada por el largo viaje y con hambre, vio el dulce solitario sobre la piedra. Pensando que era un regalo abandonado, lo tomó y se lo comió. En el instante en que el último bocado pasó por su garganta, Mateo sintió una sacudida, y Ximena sintió un lazo invisible atándola a él. El pacto no se había hecho con el nahual, sino con ella. Un pacto accidental, irrevocable: ella estaba atada a él hasta que él le concediera cien deseos. Solo entonces podría romper el vínculo y regresar a su hogar.

El primer deseo de Mateo, frívolo y posesivo, fue devastador.

"Deseo que seas mi pareja."

Y así, Ximena, sin amor, sin elección, se quedó a su lado. Durante tres años, lo vio tropezar y caer. Usó su sabiduría ancestral, no con magia, sino con consejos prácticos y una paciencia infinita, para ayudarlo a madurar. Le enseñó a tratar a sus trabajadores con respeto, a entender los ciclos de la tierra para mejorar las cosechas, a ser un hombre de palabra. Lo convirtió en el hacendado exitoso que era ahora.

Ella nunca pidió nada. Su rostro siempre era una máscara serena, inexpresiva. Esto frustraba a Mateo, quien no entendía su estoicismo.

"No te pido joyas ni vestidos," le había dicho él una vez, frustrado por su aparente indiferencia. "Solo te pido una cosa. Deseo que sonrías para mí. Solo para mí."

Ese fue su segundo deseo.

Y ella sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que cumplía con el pacto.

El tercer deseo fue similar: "Deseo que rías cuando cuento un chiste."

Y ella rio, un sonido hueco que cumplía la orden.

Unos días antes de la fiesta, cuando el gran contrato finalmente se cerró, Mateo la había tomado en sus brazos. Se sentía en la cima del mundo y, por un momento, pareció que realmente la veía.

"Ximena," le dijo, con una emoción que casi parecía real. "Me has hecho el hombre que soy. Te prometo amor eterno. Te prometo que nunca te dejaré."

Ella solo lo miró, sus ojos oscuros como la tierra húmeda, sin decir nada.

Dos días después, Sofía regresó al pueblo. Sofía, la hija de un político influyente, la chica rubia y de ojos azules que había sido la obsesión de infancia de Mateo. Regresó convertida en una mujer de sociedad, hermosa y manipuladora.

El mismo día que Sofía volvió, Mateo echó a Ximena de la casa. La humilló frente a los sirvientes, frente al mundo.

"¡Lárgate de aquí!" le gritó en el patio principal, su voz resonando contra los muros de la hacienda. "Nunca significaste nada. Solo eras un reemplazo, un consuelo mientras esperaba a mi verdadero amor. ¡Sofía ha vuelto! ¡Ahora no te necesito!"

La tiró al suelo polvoriento, junto a la maleta que un sirviente había empacado para ella. La gente miraba, algunos con pena, otros con morbo.

Pedro corrió hacia ella en ese momento, tratando de ayudarla a levantarse.

"Ximena, ven conmigo. Yo te ayudaré. No tienes que soportar esto."

Ella rechazó su mano con suavidad pero con firmeza. Se levantó sola, sacudiéndose el polvo del vestido sencillo. Su rostro no mostraba ni dolor ni humillación, solo una calma inquietante. Miró a Mateo, que ya le daba la espalda para ir al encuentro del carruaje de Sofía.

"Mateo," dijo ella, su voz clara y sin temblor.

Él se detuvo, irritado.

"¿Qué quieres ahora?"

"El pacto no ha terminado," dijo ella. "Todavía me debes noventa y siete deseos."

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