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Portada de la novela No Soy Ella

No Soy Ella

Después de un lustro bajo la sombra de un antiguo amor, mi vínculo con Máximo terminó de forma devastadora. Me dejó plantada en el registro civil para correr tras Sofía, confirmando que siempre fui su reemplazo. Tras oírla ser nombrada en nuestra intimidad, decidí que mi dignidad valía más. Abandoné nuestro hogar dejando notas de despedida y un mensaje claro: mi amor se extinguió. Ahora viajo a Buenos Aires, lista para reconstruir mi vida lejos de su desprecio.
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Capítulo 2

En Sevilla, todo el mundo sabía que yo, Lina Garcia, era la novia de Máximo Castillo. Pero también sabían que yo era solo la sombra de Sofía Salazar.

Ella era su exnovia y mi antigua mejor amiga.

Durante cinco años, todos me vieron como un reemplazo temporal, esperando a que la verdadera dueña regresara.

Y yo, estúpidamente, lo permití.

Hoy era el día. El día en que íbamos a firmar los papeles de nuestra unión de hecho en el ayuntamiento.

Era mi última oportunidad para demostrarles a todos que se equivocaban.

Pero él no vino.

Miré el reloj en la pared de la oficina de registro. Ya había pasado una hora.

El funcionario me miraba con una mezcla de lástima y fastidio.

"Señorita Garcia, ¿está segura de que su pareja vendrá?"

Saqué mi teléfono y llamé a Máximo.

Una, dos, tres veces. Nadie contestó.

La humillación me quemaba la cara. Sabía que la gente en la sala de espera murmuraba, reconociéndome como la novia del famoso coreógrafo.

Apreté los dientes y le envié un mensaje.

"Máximo, ¿dónde estás? Te estoy esperando".

Sin respuesta.

Finalmente, rendida, me levanté. Cogí la solicitud de unión de hecho que sostenía en mi mano, ese papel que representaba mi última esperanza, y la rompí en dos, luego en cuatro, hasta que se convirtió en un puñado de confeti inútil.

Lo tiré a la papelera junto a la puerta antes de salir.

Afuera, el sol de Sevilla era brillante, pero yo sentía un frío que me calaba los huesos. Abrí Instagram sin pensar, un hábito estúpido.

Y entonces lo vi.

Una foto publicada por uno de los bailarines de la compañía de Máximo.

En la imagen, Máximo estaba en el aeropuerto, sonriendo. A su lado, con su cabeza apoyada en su hombro, estaba Sofía Salazar. El texto decía: "¡Bienvenida de nuevo a casa, nuestra musa!".

Ella había vuelto. Y él había ido a recibirla, dejándome plantada por tercera vez.

La última pizca de esperanza se hizo añicos.

Volví a mi oficina, "Construcciones Giralda". Entré directamente al despacho de mi jefe.

"Señor Ramos, sobre la plaza en Buenos Aires... la acepto".

Mi jefe me miró sorprendido. "Lina, ¿estás segura? Es un gran paso".

"Completamente segura", dije, mi voz firme por primera vez en mucho tiempo. "Necesito un cambio".

Esa noche, Máximo llegó a casa tarde, borracho. Sofía lo sostenía, casi arrastrándolo por la puerta.

Me miró con una sonrisa triunfante. "Lina, querida, perdona. Tuvimos una pequeña celebración de bienvenida. Máximo se emocionó un poco".

"No te preocupes", respondí, mi voz helada. "Estoy acostumbrada".

Sofía lo ayudó a sentarse en el sofá, quitándole los zapatos con una familiaridad que me revolvió el estómago.

"Él siempre es así cuando bebe demasiado", dijo, mirándome directamente a los ojos. "Necesita que alguien le prepare su té de jengibre con miel. ¿Todavía tienes jengibre fresco?".

Su tono era dulce, pero sus palabras eran un ataque directo. Me estaba diciendo que ella lo conocía mejor, que yo solo era una intrusa en su historia.

La miré fijamente. "Claro que tengo jengibre. Pero no te preocupes, no lo necesitará. Lo dejaste una vez por tu carrera en Nueva York. No creo que te quedes lo suficiente como para volver a aprender sus costumbres".

La sonrisa de Sofía vaciló.

En ese momento, Máximo, medio dormido en el sofá, extendió una mano y me agarró la muñeca.

Sus ojos estaban vidriosos, desenfocados. Murmuró un nombre, pero no fue el mío.

"Sofía... no te vayas otra vez... por favor...".

El mundo se detuvo.

El dolor fue tan agudo que me dejó sin aliento.

Era la confirmación final. Después de cinco años, en su mente, yo seguía siendo ella.

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