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Portada de la novela No robarán todos

No robarán todos

Elena descubre la cruel traición de su esposo Ricardo, quien fingió la ruina para humillarla mientras mantenía una vida de lujos con su amante. Tras ver a su hijo Mateo sufrir negligencia médica para beneficiar al hijo de la rival, el horror culmina en una orden de ejecución tras un secuestro. Tras sobrevivir milagrosamente, Elena transforma su antiguo afecto en un odio implacable, decidida a obtener el divorcio y liberarse de la sombra de aquel monstruo.
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Capítulo 2

El día de mi boda con Ricardo, el hombre que amaba con toda mi alma, mi mundo se vino abajo.

Justo después de dar el "sí, quiero", Ricardo me confesó, con el rostro pálido, que había "perdido" toda su fortuna.

No lo dudé ni un instante.

Le creí.

El amor me cegaba.

Durante cinco largos años, mi vida se convirtió en una lucha constante.

Trabajé sin descanso en múltiples empleos precarios.

Limpiaba casas ajenas, fregaba suelos hasta que mis manos sangraban.

Repartía folletos disfrazada de mascota ridícula bajo el sol abrasador de Madrid.

Todo para mantener a Ricardo y a nuestro hijo, Mateo, que ya tenía cinco años.

Ricardo, mientras tanto, apenas hacía nada, sumido en una supuesta depresión por su "ruina".

Yo era su sostén, su única esperanza, o eso creía.

Llegó el quinto cumpleaños de Mateo.

Hacía un calor sofocante.

Estábamos los dos, Mateo y yo, disfrazados de personajes de dibujos animados, trabajando frente a un hotel de lujo.

La tela del disfraz me ahogaba, el sudor me empapaba.

Mateo, a mi lado, intentaba sonreír a los transeúntes, a pesar del bochorno.

Un empleado del hotel se acercó.

Nos ofreció una suma importante, mucho más de lo que ganábamos en una semana.

Querían que animáramos una fiesta infantil en el interior.

Acepté de inmediato, pensando en el alivio que supondría ese dinero.

Entramos al salón resplandeciente, lleno de niños riendo y padres elegantes.

Y entonces lo vi.

Ricardo.

Mi Ricardo.

Impecable, vestido con un traje caro, sonriente, rebosante de riqueza.

Estaba allí, celebrando el cumpleaños del hijo de Isabella de la Fuente, su antiguo amor, la mujer por la que siempre había suspirado.

Lucas, el niño, era el centro de atención, y Ricardo actuaba como un padre orgulloso.

El mundo se detuvo.

Un camarero, al verme paralizada, se acercó.

"Señora, ¿se encuentra bien? El señor Montoya es un gran anfitrión, ¿verdad? Es el dueño de todo esto, un magnate."

Magnate.

La palabra resonó en mi cabeza como un trueno.

Ricardo, mi supuesto marido arruinado, era un magnate.

La humillación me quemó por dentro, una ola de frío y rabia.

Mateo, a mi lado, también lo vio. Su carita se contrajo.

Ricardo se giró. Nuestros ojos se encontraron.

No había sorpresa en su mirada, solo una fría indiferencia.

Luego, con una voz clara que todos oyeron, se dirigió a Isabella.

"Isabella, querida, ya sabes que todo mi dinero, todo lo que tengo, siempre será solo para ti y para Lucas."

Esa promesa. La misma promesa que me había susurrado a mí años atrás, cuando creía que su amor era sincero.

Ahora entendía. Su dinero nunca fue para mí, ni siquiera cuando luchaba por sobrevivir.

Nos obligaron a actuar.

A cantar y bailar para esos niños ricos, mientras Ricardo e Isabella nos observaban desde sus cómodos asientos, como si fuéramos simples payasos.

La sonrisa de Isabella era condescendiente, triunfante.

Lucas, el hijo de Isabella, se acercó a Mateo.

Con una crueldad impropia de su edad, le arrebató el pequeño juguete que Mateo llevaba en la mano, un regalo barato que yo le había comprado con mis últimos ahorros.

Lo tiró al suelo y lo pisoteó.

"Pobretones", masculló.

Mateo rompió a llorar.

Mi corazón se partió en mil pedazos.

Comprendí la magnitud del engaño de Ricardo.

Su supuesta ruina fue una farsa.

Una excusa para mantenerme a su lado, quizás como un consuelo, mientras él seguía obsesionado con Isabella.

Quizás porque yo era la hija del chófer de su familia, una opción fácil, desechable.

Recordé mi juventud, mi amor no correspondido.

Yo siempre había estado enamorada de Ricardo, el hijo del jefe de mi padre.

Él, en cambio, solo tenía ojos para Isabella, la rica heredera.

Cuando Isabella lo abandonó por otro hombre más rico, Ricardo, herido en su orgullo, se casó conmigo.

Para olvidarla, me dijo.

Para tener una familia, me juró.

Y yo, tonta de mí, le creí.

Pensé que con mi amor y mi sacrificio, algún día él me vería, me amaría de verdad.

Cinco años de miseria. Cinco años de esperanza vana.

Mateo tiró de mi mano.

"Mamá", susurró con la voz rota, "papá nos ha mentido. Papá no nos quiere."

Sus palabras, tan simples, tan directas, me golpearon con la fuerza de un huracán.

La culpa me ahogó.

Había sometido a mi hijo a esta humillación, a este dolor, por mi ceguera, por mi estúpido amor.

Una rabia fría y decidida nació en mi interior.

Ya no más.

Tomé una decisión firme.

Me divorciaría de Ricardo. Lo abandonaría.

Esa misma noche, mientras Mateo dormía agotado en nuestro pequeño y destartalado apartamento, preparé los papeles del divorcio.

Mis manos temblaban, pero mi resolución era inquebrantable.

Ricardo regresó tarde, oliendo a perfume caro y a champán.

Mantenía su fachada de pobreza, su ropa vieja y desgastada.

"Elena, cariño, ¿qué tal el trabajo? ¿Conseguiste algo para la cena?"

Su cinismo me revolvió el estómago.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Era Isabella.

"Ricardo, cielo, Lucas te echa de menos. ¿Vienes a darle las buenas noches?"

Ricardo se iluminó.

"Voy enseguida, mi amor."

Colgó y se giró hacia mí, impaciente.

"Tengo que irme. Algo urgente."

Ni siquiera me miró.

Cuando la puerta se cerró tras él, extendí los papeles del divorcio sobre la mesa.

"Esto", dije al aire, "es para ti, Ricardo. Es el fin."

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