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Portada de la novela No robarán todos

No robarán todos

Elena descubre la cruel traición de su esposo Ricardo, quien fingió la ruina para humillarla mientras mantenía una vida de lujos con su amante. Tras ver a su hijo Mateo sufrir negligencia médica para beneficiar al hijo de la rival, el horror culmina en una orden de ejecución tras un secuestro. Tras sobrevivir milagrosamente, Elena transforma su antiguo afecto en un odio implacable, decidida a obtener el divorcio y liberarse de la sombra de aquel monstruo.
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Capítulo 3

Mateo se despertó a la mañana siguiente con los ojos hinchados.

"Mamá, ¿ya no vamos a estar con papá?"

Su vocecita temblaba.

Me arrodillé a su lado y lo abracé con fuerza.

"No, mi amor. Papá y mamá se van a separar. Es lo mejor para nosotros."

"¿Nos vamos a ir de aquí?"

"Sí, cariño. En cuanto podamos."

Le expliqué que había un período de espera legal para el divorcio, un mes de reflexión.

Durante ese mes, planeaba ahorrar cada céntimo para poder marcharnos lejos, empezar de nuevo.

Ricardo no volvió a casa esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Pasaron los días.

Él vivía su vida de lujo con Isabella y Lucas.

Yo lo veía en las redes sociales.

Fotos de ellos en yates, en fiestas exclusivas, en viajes exóticos.

Isabella lucía joyas deslumbrantes, ropa de diseñador.

Ricardo la miraba con adoración.

Cada imagen era una puñalada en mi corazón.

No por él, ya no sentía nada por él más que desprecio.

Sino por los años perdidos, por los sacrificios inútiles.

Por la miseria en la que habíamos vivido Mateo y yo mientras él nadaba en la abundancia.

Recordaba los días fríos sin calefacción, las noches en vela preocupada por cómo pagar el alquiler.

Las lágrimas de Mateo cuando no podía comprarle un juguete que deseaba.

Todo había sido una farsa. Un cruel engaño.

Una mañana, casi al final del mes de reflexión, Ricardo apareció inesperadamente en casa.

Seguía con su aspecto descuidado, como si acabara de levantarse de dormir en la calle.

"Elena, he pensado que podría llevar a Mateo a dar una vuelta. Hace tiempo que no pasamos tiempo juntos."

Su hipocresía me asqueaba.

Estaba a punto de rechazar su oferta cuando llamaron a la puerta.

Era el casero, don Manuel.

"Elena, buenos días. Venía a hablar del alquiler de este mes."

Ricardo me miró, arqueando una ceja.

"¿Vas a pagar el alquiler? Pensé que querías que nos mudáramos a un sitio mejor."

Malinterpretó la situación, como siempre.

Seguía creyendo que yo era su esposa abnegada, dispuesta a seguir su farsa.

No sabía nada de mis planes de divorcio, de mi intención de abandonar la ciudad.

Oculté los papeles del divorcio bajo un cojín.

No quería una escena delante de don Manuel.

"Sí, Ricardo. Luego hablamos de la mudanza."

Forcé una sonrisa.

"Mateo, ve con tu padre. Pásalo bien."

No quería que Mateo estuviera presente cuando le dijera al casero que nos íbamos.

Cuando se fueron, le expliqué la situación a don Manuel.

"Don Manuel, voy a divorciarme. Nos iremos de aquí en cuanto termine el mes."

El casero, un hombre mayor y amable, me miró con compasión.

"Hija, lo siento mucho. Sabía que ese hombre no te merecía. Cuenta conmigo para lo que necesites."

Sus palabras me reconfortaron.

Pasaron las horas. Mateo y Ricardo no regresaban.

Empecé a preocuparme.

Llamé a Ricardo al móvil. No contestaba.

Una, dos, diez veces. Buzón de voz.

El pánico comenzó a apoderarse de mí.

Salí a la calle, preguntando a los vecinos, a los comerciantes.

Nadie los había visto.

La angustia crecía con cada minuto que pasaba.

Finalmente, el dueño de la tienda de ultramarinos de la esquina me dio una pista.

"Sí, vi a Ricardo esta mañana. Llevaba al niño en brazos. Iba muy deprisa, parecía preocupado. Creo que dijo algo de ir al hospital."

¿Al hospital?

Corrí hacia el hospital más cercano, el corazón en un puño.

Llegué jadeando a la recepción.

Pregunté por Mateo Vargas Montoya.

La enfermera me indicó una sala de espera en la planta de oncología pediátrica.

Oncología.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Me acerqué sigilosamente a la puerta entreabierta de una consulta.

Escuché la voz de Ricardo.

Y la de Isabella.

"Ricardo, cariño, no te preocupes. Lucas se pondrá bien. Gracias a Mateo, tu hijo. Su médula ósea es compatible. Es un milagro."

¿Médula ósea? ¿Mateo?

La voz de Ricardo sonó fría, desprovista de emoción.

"Lo sé, Isabella. Mateo es fuerte. Hará lo que sea por Lucas. Es su deber como hermano, aunque no lo sea de sangre."

Me asomé un poco más.

Vi a Mateo, pálido y asustado, sentado en una camilla.

Un médico le estaba explicando algo.

Ricardo e Isabella estaban a su lado, sonrientes.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Horror. Traición.

Mis peores temores se confirmaban de la forma más cruel.

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