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Portada de la novela No Metí en Tu Juego Prohibido

No Metí en Tu Juego Prohibido

Sofía ha logrado forjar una vida estable con Horacio y el pequeño Mateo, distanciándose de un pasado traumático. La tranquilidad se desvanece cuando Ricardo, su ex prometido, regresa rogando una redención imposible. Ella conoce su verdad: la perversa fijación que él siente por su media hermana Isabella, culpable de que Sofía perdiera a su primer hijo. Frente al hombre que la utilizó como donante, ella luchará con firmeza para proteger a su familia.
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Capítulo 1

El sol de la mañana iluminaba mi cocina, y yo, Sofía, sonreía al ver a mi hijo Mateo, de cinco años, untar mermelada en su tostada con la seriedad de un cirujano.

Mi esposo, Horacio, me abrazó por la cintura, irradiando la calma y fortaleza que me habían rescatado de mi tormenta pasada.

Estaba en la cima, cosechando los frutos de mi esfuerzo en la Expo Moda, mi santuario de elegancia minimalista.

Fue entonces cuando la escuché.

Una voz que no había oído en seis largos años, pero que mi cuerpo reconoció con un escalofrío helado.

"Así que aquí estabas" .

Ricardo. Mi ex prometido. El famoso chef que un día fue mi mundo y al siguiente lo hizo añicos.

Me ofrecía un anillo roto, el mismo que le había dejado al huir, con una súplica obscenamente falsa.

"Lo he guardado todo este tiempo. Esperando el día de devolvértelo" .

No sentí nostalgia, solo una amarga ironía.

Su amigo, Carlos, se atrevió a decir que Ricardo había gastado una fortuna en buscarme, que estaba arrepentido.

"¿Arrepentido?" , solté una risa seca. "¿Tu amigo sabe lo que significa esa palabra?"

Intentó tocarme, pero me aparté. "No me toques" .

"Solo quiero hablar. Cinco minutos. Te lo ruego" .

"Hiciste tu elección hace seis años. Ahora vive con ella. Yo estoy viviendo con la mía" .

Desesperado, balbuceó el nombre de Isabella.

Ese nombre fue gasolina al fuego.

"No te atrevas a usarla como excusa. Ambos eran un equipo. Y yo fui la víctima. Fin de la historia" .

El anillo cayó al suelo. Un tintineo agudo. Roto. Como nuestra historia.

De repente, estaba de vuelta en el pasado.

Recordé la foto de Isabella en una caja de madera, una foto con la elegante caligrafía de Ricardo: "Mi único y verdadero amor. I." .

Entendí que yo era solo una sustituta.

Se instaló en mi pecho la humillación, la sensación de ser un objeto movido a conveniencia.

Recordé el día que me echó de su casa, bajo la lluvia, sin piedad.

Dos días después, apareció borracho, pidiendo perdón, prometiendo matrimonio.

Me aferré a esa mentira.

Pero la sombra de Isabella era persistente.

Hasta el día que ella me atacó en una cafetería, llamándome "zorra" .

Sentí un dolor agudo, y todo se volvió negro.

Desperté en un hospital, y Ricardo solo se preocupaba por la "mano lastimada" de Isabella.

El médico entró, y sus palabras destrozaron mi mundo: "Ha sufrido un aborto espontáneo" .

Había un hijo. Mi hijo. Arrancado de mi vientre.

Sentí un dolor que no era físico, un agujero negro.

Algo en mí se rompió y se reconfiguró.

Bloqueé a Ricardo de mi vida.

Pero al día siguiente me llamó, exigiendo mi sangre para Isabella. "Tienes que donar".

"No", dije.

Me amenazó con arruinar mi carrera.

Fui al hospital.

Mientras mi sangre fluía para ella, escuché las palabras del médico a Ricardo: "Su hermana es delicada, dada su historia clínica y la consanguinidad…" .

"Son compatibles, al ser su media hermana por parte de padre" .

Media hermana.

No adoptiva. Fruto de infidelidad. Su obsesión era un amor prohibido, enfermo.

Yo era una pieza en su juego, una donante de sangre a la carta para la mujer que había matado a mi hijo.

Cuando me levanté de esa camilla, solo sentía una resolución de acero.

Me fui, sin mirar atrás.

En la Expo Moda, Ricardo, destrozado, intentó forzar el anillo roto en mi dedo.

Pero mi dedo no estaba vacío.

Brillaba una alianza de platino. Un anillo de bodas.

"¿Estás… casada?".

"¡Mami!".

Mateo corrió hacia mí, un ancla para mi realidad.

"¿Mi papá se llama Horacio. Y yo me apellido como él. Me llamo Mateo Garza" .

Garza. No Altamirano.

La comprensión lo devastó.

"Nuestro bebé… Perdiste a nuestro bebé" .

"¿Ahora te acuerdas?".

Intentó convencerme de que Mateo podría ser suyo, implorando una prueba de ADN.

Ya había tenido suficiente.

Lo miré directamente a los ojos.

"¿Tu hijo? Tu hijo murió en mi vientre el día que tu preciosa y 'pura' Isabella me tiró al suelo. Murió mientras tú corrías a consolarla a ella. Y al día siguiente, me llamaste para exigir que le donara mi sangre a su asesina" .

El silencio en el pabellón era absoluto.

"No te atrevas a hablarme de 'tu hijo' . Mateo es mi hijo. Mío y de Horacio. El hombre que me recogió de los pedazos en que tú me dejaste y me enseñó lo que es el verdadero amor" .

Ricardo se derrumbó.

Carlos lo defendió: "No tenías que ser tan cruel. Te amaba" .

Me reí amargamente. "¿Amor? Dile la verdad, Ricardo. Dile que Isabella no es tu hermana adoptiva, sino tu media hermana. El secreto sucio de tu familia" .

Ricardo sollozó, queriendo compensarme, queriendo ser padre para Mateo.

"¿Compensarme por un hijo muerto? ¿Con dinero? No, gracias. Ya tengo todo lo que necesito" .

"¿Realmente crees que estarías a la altura? Un padre de verdad no abandona" .

Una voz profunda cortó el aire.

"¿Hay algún problema aquí, mi amor?".

Horacio. Mi ancla. Mi paz.

Lo que siguió fue devastador para Ricardo.

Supe lo que era amor verdadero, paz, familia.

Tomé el anillo roto. Lo arrojé a una alcantarilla.

"Adiós, Ricardo".

No miré atrás. Tenía mi felicidad, para siempre.

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