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Portada de la novela No Metí en Tu Juego Prohibido

No Metí en Tu Juego Prohibido

Sofía ha logrado forjar una vida estable con Horacio y el pequeño Mateo, distanciándose de un pasado traumático. La tranquilidad se desvanece cuando Ricardo, su ex prometido, regresa rogando una redención imposible. Ella conoce su verdad: la perversa fijación que él siente por su media hermana Isabella, culpable de que Sofía perdiera a su primer hijo. Frente al hombre que la utilizó como donante, ella luchará con firmeza para proteger a su familia.
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Capítulo 2

La luz del sol de la mañana entraba por el gran ventanal de la cocina, iluminando la escena doméstica con una calidez casi tangible. Sofía sonreía mientras observaba a su hijo, Mateo, de cinco años, intentar untar mermelada en una tostada con la seriedad de un cirujano. El pequeño fruncía el ceño, concentrado, y terminaba con más mermelada en sus mejillas que en el pan.

"Cuidado, mi amor, o te vas a convertir en una fresa gigante" , dijo Sofía, limpiándole la cara con una servilleta.

Mateo soltó una risita cristalina.

Horacio, su esposo, se acercó por detrás y la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro. Su aroma a café recién hecho y a seguridad la envolvió por completo.

"Déjalo, mujer. Así está más dulce" , bromeó él con su voz grave y tranquila. Le dio un beso suave en la sien. "¿Lista para tu gran día?"

Sofía se recargó en su pecho, sintiendo la solidez de su presencia.

"Más que lista. El stand quedó perfecto anoche. Hoy solo es para disfrutar y cosechar los frutos" .

Horacio era un hombre que irradiaba calma y fortaleza. Un exitoso empresario tequilero, maduro y comprensivo, que había llegado a su vida como un faro en la más oscura de las tormentas. Le había dado no solo un hogar y estabilidad, sino el amor incondicional que ella nunca creyó merecer. Se convirtió en el padre de Mateo, en su roca, en su paz. Esta vida, esta felicidad, era algo que Sofía había construido pieza por pieza, con sudor y lágrimas, y la protegía con la ferocidad de una leona.

"Bueno, pues el campeón y yo iremos a apoyarte más tarde. Llevaremos refuerzos" , dijo Horacio, guiñándole un ojo a Mateo.

"¡Sí! ¡Y le diré a todos que mi mamá es la mejor diseñadora del mundo!" , exclamó el niño con la boca llena de pan.

Sofía sintió una oleada de amor tan intensa que casi dolía. Esta era su realidad, su todo. El pasado, con sus fantasmas y su dolor, estaba encerrado bajo siete llaves en un rincón olvidado de su memoria.

O eso creía ella.

Horas más tarde, el ambiente de la Expo Moda era un torbellino de actividad. Música, flashes de cámaras, y un murmullo constante de gente admirando las nuevas colecciones. El stand de Sofía, "Sofía designs" , era un oasis de elegancia y minimalismo. Sus creaciones, vestidos de líneas puras y colores vibrantes, atraían miradas de compradores y críticos por igual. Estaba en su elemento, segura y profesional, explicando los detalles de una tela a un cliente importante.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Una voz. Una voz que no había oído en seis largos años, pero que su cuerpo reconoció al instante con un escalofrío helado.

"Así que aquí estabas" .

Sofía se quedó paralizada. El mundo a su alrededor pareció enmudecer. Lentamente, se giró.

Allí estaba él. Ricardo. Más maduro, con algunas líneas de expresión alrededor de los ojos que no estaban antes, pero inconfundible. El famoso chef, el dueño de una cadena de restaurantes de lujo, el hombre que había sido su mundo entero y que luego lo había hecho añicos. El aire se volvió denso, pesado. La calma que había sentido por la mañana se evaporó como el agua en el desierto.

Ricardo la miraba con una intensidad que la desnudaba, una mezcla de dolor, anhelo y una arrogancia que ella recordaba demasiado bien. No estaba solo. A su lado, con una expresión de suficiencia, estaba Carlos, su amigo inseparable, el cómplice de todas sus locuras pasadas.

"Sofía. Por fin te encuentro" , dijo Ricardo, dando un paso hacia ella, ignorando por completo al cliente con el que ella hablaba. Su tono no era de pregunta, sino de afirmación, como si ella hubiera estado perdida y él, el gran salvador, hubiera llegado a rescatarla.

Sofía sintió una oleada de ira fría recorriéndola. La ingenuidad de la chica que una vez lo amó había muerto hacía mucho tiempo.

"No me estaba escondiendo, Ricardo. Estaba viviendo mi vida" . Su voz salió firme, cortante, desprovista de cualquier emoción que no fuera una educada indiferencia.

Ricardo pareció sorprendido por su frialdad. Una mueca de dolor cruzó su rostro, pero rápidamente la reemplazó con una sonrisa forzada.

"He leído sobre ti. La diseñadora revelación. Siempre supe que tenías talento" .

"Qué amable" , respondió ella, su tono cargado de sarcasmo.

La gente a su alrededor comenzaba a notar la tensión. Ricardo era una figura pública, y su presencia inesperada en el stand de una diseñadora emergente era material de chisme. Los susurros empezaron a ondular por el pasillo. "¿Ese no es el chef Ricardo Altamirano?" , "¿Se conocen?" , "Mira la cara de ella…" . La presión del escrutinio público era como un peso sobre sus hombros.

Ricardo pareció no darse cuenta, o no le importó. Metió la mano en el bolsillo de su saco de diseñador y sacó un pequeño objeto que brilló bajo las luces del recinto. Lo sostuvo frente a ella.

Era un anillo. Un sencillo anillo de plata con un pequeño zafiro, el mismo que él le había dado años atrás con promesas de un futuro eterno. El mismo que ella había dejado en su mesita de noche el día que se fue.

"Lo he guardado todo este tiempo" , dijo él, su voz ahora un susurro cargado de una emoción que a Sofía le pareció obscenamente falsa. "Esperando el día de devolvértelo" .

Sofía miró el anillo, luego lo miró a él. No sintió nostalgia. No sintió tristeza. Sintió una profunda y amarga ironía. Él creía que podía aparecer después de seis años, con un símbolo de un pasado muerto, y que eso significaría algo.

Qué equivocado estaba.

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