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Portada de la novela ¡No me detendré hasta recuperarte, mi luna!

¡No me detendré hasta recuperarte, mi luna!

Agnes sobrevivió a un incendio y a la traición de su esposo, quien planeó su muerte mientras festejaba con su amante. Tras sufrir constantes humillaciones, ella decide romper el vínculo y exigir su libertad. Sin embargo, el Alfa se niega a aceptar el rechazo; ahora reclama la propiedad sobre ella y sus cachorros, jurando recuperarla a cualquier precio. Agnes deberá enfrentar la peligrosa obsesión de un hombre que antes la trató como un simple juguete.
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Capítulo 1

AGNES

-Necesito repetir? -susurró con frialdad.

 Su voz fue suficiente para dejarme sin aliento. Mi cuerpo se congeló en el acto, como si obedecer o desobedecer fueran igual de peligroso.

No me moví.  Ni siquiera me atreví a respirar.

Esta era su forma de torturarme, la intimidad se había reducido a esto. 

Alfa Rastus inclinó la cabeza apenas, y ese gesto tan mínimo hizo que el corazón me subiera a la garganta. El miedo se apoderó de mí como una garra invisible.

-¿No me escuchaste, hembra? -gruñó-. Te di una orden.

Su tono frio no solo me golpeó; me atravesó.

Mi esposo nunca me veía en mirada justa, ni mencionar me veia como su compañera. Aunque ante la manada fuera su esposa, su luna, era un mero chiste. 

¿¡Por qué me hacía esto!?

Lo sabía. Siempre lo había sabido. Y aun así, escucharlo era como sentir una daga bañada en ácido hundirse en mi pecho.

Estaba furioso por tener que compartir su vida con la loba más baja de la manada.

Estaba atrapado conmigo. Una huérfana sin nombre. Sin familia. Sin fuerza. Una que ni siquiera tenía una loba. Y aun así, el vínculo lo obligaba a tenerme a su lado.

Aunque quisiera formar algo más fuerte conmigo, no lo lograría. Yo no podía sentirlo. No podía corresponderle como una Luna verdadera. Era débil. Incompleta.

Lo sabía.

Y me odiaba por ello más de lo que él jamás podría odiarme, más que cualquier otro miembro de la manada que me miraba con desprecio.

-¿No me escuchaste? -repitió, a ver que no le contesté a tiempo, el alfa perdió su paciencia.

No podía soportar mirarlo.

No podía enfrentar esas despiadadas esferas grises que prometían mi destrucción sin necesidad de tocarme.

-L... lo siento -susurré. Mi voz apenas fue audible, incluso para mí misma.

¿De qué me disculpaba? ¿De existir? ¿De no ser suficiente?

Tal vez de todo eso. Y aun así, sabía que mi disculpa no cambiaría nada.

-Quédate aquí. -ordenó, como dijo a su mascota.

La calma en su voz me aterrorizó más que un grito.

Sin decir una palabra más, obedecí. Mis rodillas tocaron el suelo frente a él, y sentí cómo la humillación me quemaba por dentro.

-Pon las manos en el suelo.

Su voz espesa resonó en la habitación oscura, llenándola por completo.

Mientras luchaba por contener el nudo que se formaba en mi garganta, apoyé las palmas en el suelo frío. El contacto me hizo estremecer.

No levanté la mirada. No podía.

-Recuerda bien tu lugar -añadió-. No olvides quién eres aquí.

Mi cuerpo se tensó por completo. Cada palabra suya me reducía un poco más, me borraba.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas, salpicando el suelo de baldosas y nublando mi visión.

Mi lugar.

Eso era todo lo que quería enseñarme.

Que no era una Luna, que no era su igual, que apenas era algo que toleraba.

¿Por qué dolía tanto?

No debería haber esperado nada de él. Nunca me dio razones para hacerlo. Entonces, ¿por qué esta desesperación me estaba ahogando?

Horas más tarde...

Se fue.

Sin despedirse. Sin mirarme. Sin reconocer mi presencia.

Como si no hubiera estado allí.

Me quedé tendida en la cama, inmóvil, con el cuerpo pesado y el alma vacía, mirando el techo blanco sin parpadear. Me sentía como una muñeca de trapo olvidada en un rincón, sin propósito, sin valor.

«Ante mis ojos nunca serás mi Luna. Escúchame atentamente...»

Sus palabras regresaron, como lo hacían siempre.

Habían resonado en mi mente desde hacía tres años, desde la noche de nuestra ceremonia de unión.

«No esperes nada de mí como tu mate. Eso jamás sucederá. Solo te necesito a mi lado para fortalecerme. ¿Quedó claro?»

Sí.

Cada sílaba había sido como una cuchilla afilada.

Mi corazón, ya fragmentado, terminó de romperse aquel día. Y aun así, no podía renunciar. No podía soltar lo único que la diosa de la luna me había concedido.

Alfa Rastus era lo único que podía llamar mío con valentía.

Él era mío.

No tenía a nadie más.

Por eso pensé, ingenuamente, que algún día lo entendería. Que algún día comprendería que yo era todo lo que tenía.

Guardé la esperanza de que algún día me mirara con amor en esos ojos grises.

La esperanza de demostrarle que era digna de ser su Luna.

Y la diosa sabía cuánto lo había intentado.

Lo había apoyado. Lo había amado. Había permanecido a su lado incluso cuando jamás me había ofrecido ternura alguna.

¡¡Qué ironía!!

Mientras yo me aferraba a ese amor, él se reía de mí.

Me levanté de la cama a pesar de que mi cuerpo protestaba. El cansancio se acumulaba en cada músculo y mi estómago rugía por comida.

El trato de Alfa Rastus siempre me dejaba exhausta, marcada por el peso de su desprecio, y ese día no había sido la excepción.

Me dirigí a la cocina del castillo para prepararme algo de comer, como siempre. Nadie lo hacía por mí.

Yo era la Luna de la manada Bosque Lunar, sí... pero solo de nombre. Incluso debía ocuparme de mi propia comida. No era nada nuevo. Estaba acostumbrada a hacerlo todo sola desde que tenía memoria. Salí de mis pensamientos cuando escuché abrirse la puerta principal.

Lo que no esperaba era ver a dos sirvientas y dos guerreros armados entrar a la cocina y avanzar hacia mí.

-¡Llévensela! -silbo la encargada jefa de sirvientes del castillo a los guerreros dejándome confundida-. ¡Fuera del castillo!

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