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Portada de la novela No Ganará Amor desde Un Egoísta

No Ganará Amor desde Un Egoísta

Mientras Sofía cuida de su madre, Mateo le lanza una exigencia cruel: quiere que su suegra done un riñón para salvar a la suya. Tras destapar la infidelidad de su marido y perder su hogar por sus engaños legales, Sofía entiende que su boda fue solo una trampa de control. Decidida a no sacrificarse más por un egoísta, solicita el divorcio y prepara su traslado a Madrid. Allí planea recuperar su carrera y libertad, dejando atrás un pasado de mentiras.
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Capítulo 2

Mi celular sonó justo cuando estaba revisando los papeles del alta de mi mamá, su voz, la de Mateo, sonó del otro lado, impaciente y exigente, como siempre.

"Sofía, ¿ya hablaste con tu mamá?"

Fruncí el ceño, el tono no me gustaba nada, se sentía como una orden.

"¿Hablar de qué? Acaba de salir del hospital, no está para conversaciones difíciles."

"No es difícil, es necesario," dijo él, su voz subiendo un poco de volumen. "Mi mamá necesita un riñón, el doctor dijo que un trasplante es la única opción, y tu mamá es compatible."

Me quedé helada, el bolígrafo se me resbaló de los dedos y cayó al suelo con un ruido seco, no podía creer lo que estaba escuchando, mi mente se quedó en blanco por un segundo.

"¿Qué… qué estás diciendo?"

"Lo que oyes," respondió él, sin una pizca de empatía. "Tu mamá ya está vieja, no hace nada productivo, de todas formas. Mi mamá es diferente, todavía tiene mucho por vivir. Es un intercambio justo, ¿no crees?"

Un escalofrío me recorrió la espalda, un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la oficina del hospital. La forma en que hablaba de mi madre, como si fuera un objeto desechable, un repuesto, me revolvió el estómago. Este era el hombre con el que había compartido mi vida por cinco años, el hombre por el que había renunciado a mi carrera de arquitectura para apoyarlo en la suya.

"Estás loco, Mateo. No te atrevas a volver a decir algo así."

Colgué el teléfono, mis manos temblaban de rabia y de una profunda, amarga decepción, sentí una náusea terrible. ¿Cómo pude haber estado tan ciega?

Más tarde esa noche, después de asegurarme de que mi mamá estuviera dormida y cómoda en su cama, me puse a buscar unos documentos que Mateo me había pedido. Al abrir la guantera de su coche para sacar la póliza del seguro, mis dedos rozaron algo pequeño y duro, era un encendedor de color rosa, uno muy femenino, con un pequeño dije de unicornio.

Yo no fumo.

Mateo tampoco.

Lo sostuve en la palma de mi mano, el metal frío se sentía pesado, como una prueba irrefutable de algo que mi corazón se negaba a aceptar. No era solo el encendedor, eran las llamadas misteriosas que colgaba cuando yo entraba a la habitación, las noches que llegaba tarde oliendo a un perfume de mujer que no era el mío, las excusas cada vez más elaboradas.

Todo encajaba, las piezas del rompecabezas formaban una imagen horrible, una que me mostraba como una tonta.

Esa noche no dormí, me senté frente a mi laptop, con la luz de la pantalla iluminando mis lágrimas silenciosas. La rabia inicial se había transformado en un dolor sordo, un vacío inmenso en el pecho. Recordé todos mis sacrificios, los proyectos que rechacé, los sueños que puse en pausa, todo por él, para que él pudiera brillar. Y este era el pago.

Busqué en Google "acuerdo de divorcio" , descargué una plantilla y la llené con nuestros datos. Cada letra que tecleaba se sentía como un paso hacia la libertad, un paso para alejarme de ese veneno. Imprimí dos copias y las dejé sobre la mesa del comedor.

Mi celular vibró de nuevo, era él.

"¿Por qué me colgaste? ¿Se puede saber qué te pasa?" Su voz sonaba irritada, autoritaria. "No hemos terminado de hablar del riñón. Es lo menos que tu familia puede hacer por la mía, después de todo lo que he hecho por ti."

"No hay nada más que hablar, Mateo."

"¡Claro que sí! Mañana iré a hablar con tu mamá yo mismo si es necesario, le haré entender que es su deber como suegra."

Escuché sus palabras y ya no sentí dolor, solo un asco profundo. La imagen del hombre que una vez amé se había hecho pedazos, reemplazada por la de un monstruo egoísta.

"No te atrevas a acercarte a ella."

"¿O qué?" Se rio, una risa desagradable. "Sofía, no olvides quién manda en esta relación."

Esa noche, mientras lo escuchaba roncar a mi lado, entendí que no era solo una relación lo que se había roto, era mi espíritu. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía empezar a recoger los pedazos. Ya no iba a permitir que me pisoteara, ni a mí ni a mi familia. La decisión estaba tomada, y no había vuelta atrás. Ya era suficiente.

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