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Portada de la novela No Ganará Amor desde Un Egoísta

No Ganará Amor desde Un Egoísta

Mientras Sofía cuida de su madre, Mateo le lanza una exigencia cruel: quiere que su suegra done un riñón para salvar a la suya. Tras destapar la infidelidad de su marido y perder su hogar por sus engaños legales, Sofía entiende que su boda fue solo una trampa de control. Decidida a no sacrificarse más por un egoísta, solicita el divorcio y prepara su traslado a Madrid. Allí planea recuperar su carrera y libertad, dejando atrás un pasado de mentiras.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, Mateo entró a la cocina mientras yo preparaba el café, actuando como si nada hubiera pasado.

"Anoche te pusiste muy dramática," dijo con aire de superioridad, tomando una taza. "Debes entender que la familia es lo primero, y mi mamá es mi prioridad."

Lo miré fijamente, la taza de café temblando ligeramente en mi mano.

"Mi mamá es mi prioridad," respondí, mi voz sonando más firme de lo que me sentía. "Y lo que pediste es una monstruosidad."

Él soltó una carcajada, como si yo hubiera contado un chiste.

"¿Monstruosidad? Por favor, Sofía. Tú dejaste tu 'gran carrera' de arquitecta para cuidarnos. ¿Qué diferencia hay? Cuidar de la familia es tu función, ¿no? Esto es solo una extensión de eso."

Sus palabras me golpearon. Él no veía mi sacrificio como un acto de amor, sino como una obligación, mi "función" . Todos esos años, todos mis sueños aplazados, para él no significaban nada, eran simplemente lo que se esperaba de mí.

Sentí una oleada de frío. Ese día, mientras él estaba en el trabajo, una sensación de urgencia me invadió. Empecé a buscar papeles importantes, necesitaba tener todo en orden para lo que venía. Fue entonces cuando encontré un sobre escondido en el fondo de su cajón de calcetines, no era un sobre cualquiera, tenía el sello de una notaría.

Con el corazón latiéndome a mil por hora, lo abrí.

Adentro estaba la escritura de nuestro departamento, el lugar que habíamos comprado juntos, con el dinero de mis ahorros y una parte que mis padres me habían dado. Pero había algo mal, muy mal. La escritura estaba a nombre de una sola persona: su madre. Había transferido la propiedad hacía seis meses, a mis espaldas.

El aire se me fue de los pulmones, me apoyé contra la pared para no caerme. No era solo una infidelidad, era un fraude, un robo descarado. Me había quitado mi hogar, mi seguridad, sin que yo me diera cuenta. La traición era tan profunda y calculada que me dejó sin aliento.

En ese instante, algo dentro de mí se rompió y se rearmó de una forma diferente, más dura, más fría. Se acabaron las lágrimas, se acabó la duda. Solo quedaba una determinación de acero.

Tomé mi celular. Mi primera llamada fue a mi antiguo profesor de la universidad, el arquitecto más respetado del país. Le expliqué que quería retomar mis estudios de posgrado, que estaba dispuesta a irme al extranjero si era necesario. Su voz fue cálida y alentadora, me dijo que mi talento era demasiado grande para desperdiciarlo y que me ayudaría a conseguir un lugar en un programa de maestría en Madrid.

Mi segunda acción fue entrar a la página de la aerolínea, compré un boleto de ida a Madrid para dentro de dos semanas.

Mi tercera acción fue llamar a mi jefe en la cafetería donde trabajaba medio tiempo y renunciar.

Esa tarde, decidí salir a caminar para despejar la mente. Sin pensarlo, mis pies me llevaron a un pequeño restaurante cerca de su oficina, uno al que a él le encantaba ir. Y entonces lo vi.

Estaba sentado en una mesa en la terraza, riendo. Frente a él, una mujer joven y bonita, la del perfume, sin duda. Pero lo que me destrozó no fue verlos juntos, fue el detalle. Mateo odiaba la comida picante, siempre se quejaba de que le irritaba el estómago. Pero ahí estaba, poniendo con cuidado una salsa roja y espesa sobre el taco de ella, sonriendo mientras ella lo comía. Un gesto íntimo, un cuidado que nunca tuvo conmigo.

Me di la vuelta y me fui de allí, el corazón hecho piedra. Ya no había dolor, solo una claridad helada.

Cuando llegué a casa, mi celular sonó. Era él.

"Sofía, ¿dónde andas? Mi mamá se siente un poco mal, necesito que vengas a su casa a cuidarla. Te estoy esperando."

Su voz era la de un hombre que da una orden, un hombre que no acepta un no por respuesta. Pero ya no estaba hablando con la misma mujer.

"No."

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"¿Cómo que no?"

"No voy a ir," repetí, mi voz clara y sin temblores. "Se acabó, Mateo."

Y colgué antes de que pudiera responder.

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