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Portada de la novela Nivel Cero Amor

Nivel Cero Amor

Dentro de la consultora NCA, el poder se ejerce mediante un control total que prohíbe cualquier lazo emocional. Lucía Vega y Bruno Ortega, figuras centrales en esta red de vigilancia, viven sometidos al deber y al aislamiento. No obstante, surge entre ellos una atracción prohibida que desafía las reglas. Atrapados entre la sumisión al sistema y sus sentimientos, deberán decidir si protegen su seguridad o arriesgan todo por un amor que podría salvarlos o ser su fin.
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Capítulo 2

Lucía se detuvo frente al espejo del baño ejecutivo. La luz blanca, intensa y pulcra del plafón le devolvía una imagen que no parecía del todo suya. Su cabello oscuro recogido en un moño tirante, sin un solo mechón fuera de lugar, enmarcaba un rostro severo y pálido. Bajo sus ojos, las ojeras comenzaban a dibujarse como pequeñas sombras, casi imperceptibles, pero constantes. Vestía una blusa de seda blanca de cuello cerrado, combinada con un pantalón gris perla de corte recto y zapatos de tacón medio: todo cuidadosamente escogido para transmitir profesionalismo, autoridad y distancia.

Inhaló profundamente. Las paredes cubiertas de acero inoxidable reflejaban su figura como una repetición infinita de sí misma. Estaba acostumbrada a ese reflejo. A la imagen de la ejecutiva imperturbable, a la mujer que no titubea. Pero desde el primer cruce de palabras con Bruno Ortega, algo parecía fuera de lugar.

«No pierdas el enfoque», se repitió en silencio. «No eres una más. No viniste a encajar. Viniste a ordenar lo que nadie quiere ver».

De regreso a su oficina, los ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad encapotada. Era un mediodía gris y ruidoso en el exterior, pero dentro de la NCA reinaba el silencio clínico. Lucía se sentó, entrelazó las manos sobre el escritorio de vidrio y repasó las notas del informe de clima laboral. Todo era una fachada: encuestas manipuladas, testimonios vacíos, sugerencias descartadas. La cultura organizacional era una cáscara brillante que escondía un núcleo podrido.

Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se abrió con precisión. Bruno Ortega cruzó el umbral sin esperar permiso, aunque con una elegancia cuidadosamente medida.

-¿Me esperabas? -preguntó sin sonreír, acomodándose el saco azul marino mientras sus zapatos de cuero negro brillaban bajo la luz blanca.

Lucía no se levantó. Lo observó con la misma frialdad con que evalúa a todos los empleados: desde el peinado -ordenado, sin una hebra fuera de lugar- hasta el reloj de pulsera carísimo que llevaba con una indiferencia casi estudiada.

-Tenía la sensación de que aparecerías -respondió ella, señalando una silla frente al escritorio.

Bruno se sentó con lentitud. Acomodó su portafolio de cuero sobre las piernas y entrelazó los dedos. Parecía relajado, pero Lucía detectó la tensión en sus hombros.

-Entonces ya sabes por qué estoy aquí -dijo él.

Ella asintió, deslizando hacia él una carpeta con el logotipo de NCA grabado en plateado. En su interior, el informe detallado de una intervención crítica.

-Tu departamento encubrió irregularidades en el área de adquisiciones. Mi tarea es revisar cada paso y aplicar correctivos. -La voz de Lucía era suave, pero su tono no dejaba lugar a objeciones.

Bruno abrió la carpeta con parsimonia. Pasó las hojas sin mirarlas realmente, como si ya conociera el contenido.

-Tus informes tienen filo. Cortan con elegancia -comentó con una leve sonrisa.

-No vine a hacer amigos.

-Eso está claro. -La sonrisa se desvaneció. Su mirada se volvió opaca, casi triste por un instante-. Pero sabes que esto no es solo un juego de normas. Hay cosas que... simplemente no salen en las auditorías.

-¿Cómo qué?

-Como los hilos que atan a ciertas personas. Las lealtades que no figuran en los contratos. Las órdenes que no se entregan por escrito. Sabes a qué me refiero, Lucía.

Ella lo miró, tratando de entender si su tono implicaba una advertencia o una confesión. Había algo en la forma en que decía su nombre, sin dureza, casi con respeto.

-Yo no tengo hilos -replicó con frialdad.

Bruno inclinó la cabeza levemente, como aceptando un golpe justo.

-¿Y nunca has sentido que alguien podría verte más allá del papel que interpretas aquí dentro? ¿Que hay algo que se escapa del control y no es necesariamente una amenaza?

Lucía se tensó. Su respiración se hizo más corta. ¿Estaba sugiriendo...?

-Todo lo que se escapa del control es una amenaza -respondió con firmeza.

Bruno asintió, pero sin dejar de mirarla a los ojos. Había algo en su mirada que no era confrontación, sino insistencia suave. Una especie de súplica muda.

Bruno:

«Es implacable. Fría como el acero que cubre estos muros. Pero hay algo en su mirada cuando se siente sola. Un temblor minúsculo que apenas se nota. Me recuerda a mí mismo cuando llegué aquí, con la esperanza de que el trabajo me protegiera del mundo. ¿Y si aún queda algo humano entre tanta estructura? ¿Y si no estoy completamente solo?»

-Lucía -dijo él en voz baja-. Tal vez lo que ocurre aquí no sea solo trabajo. A veces uno sobrevive aferrándose a otra cosa. Aunque esté prohibido.

Lucía:

«¿Qué está insinuando? No puede estar hablando de... ¿nosotros? No hay un nosotros. No puede haberlo. Esta cercanía me incomoda, pero al mismo tiempo... es la primera vez en años que alguien me habla como si me viera. No como una herramienta, ni una amenaza, sino como una persona. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me hace sentir vulnerable con una sola frase?»

Ella rompió el silencio con un tono más suave.

-No deberías insinuar eso. Sabes las políticas. Las relaciones están prohibidas dentro de la corporación.

Bruno se puso de pie lentamente. La carpeta quedó olvidada sobre la mesa.

-No insinué nada. Solo dije que algunos se aferran a lo único que les queda -y la miró con una intensidad que le provocó un escalofrío.

Lucía no respondió. Su cuerpo seguía perfectamente inmóvil, pero algo en su interior temblaba. No tenía miedo. Era otra cosa. Una grieta mínima. Apenas visible.

Él caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.

-A veces, incluso los ejecutores necesitan redención.

Y se fue.

Lucía bajó la mirada hacia la carpeta. Luego, alzó los ojos hacia el ventanal. La ciudad seguía allí, impasible. Pero por dentro, el edificio comenzaba a crujir.

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