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Negocios Placenteros

Alice Warner no ha logrado superar un viejo amor de hace una década, pero su realidad cambia por un contrato legal que la obliga a casarse con un desconocido. Para cumplir el pacto, debe darle un heredero a su nuevo esposo, sacrificando sus anhelos personales y el recuerdo del hombre que aún ama. Lo que inició como una fría transacción comercial pronto se transformará en el reto más complejo de su existencia, desafiando todas sus emociones.
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Capítulo 3

Alice

Después de que terminara la recepción me marché despidiéndome de todos y agradeciendo que hubieran asistido. Durante la tarde había tenido que disculpar a mi esposo por su ausencia.

—Oh, perdón, Harvey tuvo que arreglar un asunto de emergencia. Sí, ya saben cómo está entregado a su trabajo.

Maldito Harvey, me hizo pasar una tarde bastante molesta, pero lo recompensó el buen champán, la comida exquisita y la música. Al hombre misterioso que me había invitado a bailar ya no lo había vuelto a ver, pero cuando se alejó después del baile no pude evitar quedármele viendo como una boba y no porque me muriera por él, sino porque había sentido algo extraño cuando me había tomado de la cintura.

En fin. Mi boda fue un asco, aunque los invitados no pudieran decir eso ya que mis ahora suegritos habían tirado la casa por la ventana.

—¡Fue la boda del siglo! —dijo una mujer rechoncha y llena de joyas, y a mí me dieron ganas de vomitar.

«Si supieran la verdad», pensaba mientras me reía.

Al finalizar, entonces, después de agradecer y despedirme, le pedí al chofer que me llevara al que sería mi hogar de ahora en adelante. Aunque esperaba que solo fuera un tiempo mínimo porque no me pensaba quedar ahí mucho tiempo.

Luego de un largo camino en el que aproveché para quitarme el velo, peinado y zapatos, llegamos a la mansión que ahora compartiría con mi amado Harvey. El amor que había tenido por él por diez años se estaba esfumando en tan solo un día.

El mayordomo me dio la bienvenida y me indicó dónde era mi recámara.

—Suba las escaleras del lado derecho, siga el pasillo y al final del lado izquierdo verá su puerta.

Le hice caso y subí. ¿Cómo me vería el pobre hombre desde abajo? ¿Qué no se supone que el novio debía de cargar a la novia hasta la cama? En cambio, ahí iba yo sola, despeinada, descalza, cargando un vestido de no sé cuántos kilos, mientras subía escalón por escalón pensando en cómo iba a ser mi vida de ahora en adelante.

¡Bah!, al diablo con todo esto. Iba a disfrutar de lo que se me diera y listo, así podía aguantar, o eso pensaba.

Llegué a la puerta de mi habitación y entré. No había nadie. ¡Genial! Me puse de espaldas a la enorme cama y me dejé caer, exhausta. Entonces me di cuenta de que aún llevaba el vestido farsante y me desesperé.

Maldito vestido, maldita boda, maldito Harvey.

Me levanté de un brinco y empecé a quitármelo sin miramientos. Era algo complicado, mas no imposible. Lo jalé, me doblé, estrujé, pero al fin salió. Todavía con la lencería puesta, incluyendo el liguero, caminé hacia una puerta al fondo de la recámara; había dos, una debía de ser el baño. Necesitaba un baño caliente y largo. ¿Podría pedir champán?, bueno, eso podría esperar.

Abrí la puerta y me di cuenta de que ese era el vestidor, entonces me dirigí a la otra. En el camino me quité el sostén y sentí un gran alivio. Entré al baño, pero, al comenzar a quitarme el liguero, algo apareció frente a mí. ¡Era Harvey! Todo el tiempo había estado ahí bañándose.

—Oh, por… —No pude mantener mi equilibro por tener una pierna levantada y me fui de lado con el liguero atrapado en mi pie.

Al caer me sostuve de lo primero que tuve a la mano: o sea la toalla con la que se cubría mi querido esposo, dejándolo desnudo, vulnerable y desequilibrado también.

Caímos a suelo con mis pechos al aire y él encima de mí, con sus manos a los lados de mi cabeza. Bajó su mirada y, como yo no podía cubrirme, me vio toda. Creo que me puse roja, pero no sé si de la vergüenza o de la rabia.

Acercó su rostro perfecto y horrible al mío y, con una sonrisa diabólica, me dijo:

—Mira nada más quién viene a buscarme. ¿Eres de las que les gusta ser maltratadas?, ¿eh? ¿Mientras más te ignore más vas a querer tenerme?

Mi corazón latía salvajemente. Me sentía expuesta, frágil, pero también con muchas ganas de pelearme. ¿Qué le pasaba a ese cretino imbécil?

—A ti ni quién…

—Y, además… ¿quién te crees que eres? —me interrumpió—. ¿Cómo se te ocurre bailar con tu amante en nuestra boda?

—¿Con mi qué?

—¿A dónde fuiste después de bailar con él?, de seguro te fuiste a cog…

—¡Eres un imbécil! Yo a él ni lo conozco, es más…

—No, no, no, gatita, no gastes tus explicaciones.

Se levantó de un salto. No pude evitar mirarlo de pies a cabeza y mi corazón ya no latía salvajemente, sino que casi se salía por la impresión. Vaya, vaya, vaya, quién iba a decir que el estúpido de Harvey estuviera tan bien dotado.

—Recuerda que, aunque estemos casados, nuestro matrimonio es ficticio —dijo haciendo que mis ojos voltearan de nuevo a ver los suyos—, y que si tú incumples con el contrato, aunque sea con una mínima parte de él, así de fácil recupero la enorme cantidad de dinero que se les dio a tu abuelo.

—Yo…

—Calla, no digas nada que no soporto tu voz. Prepárate porque tenemos un banquete al que debemos de asistir. Encontrarás tu ropa en el clóset. En quince minutos te espero abajo.

Me dejó tirada medio desnuda, con un gran signo de interrogación por lo que me había dicho del dizque amante, y con más ganas de golpearlo que antes. ¿Cuántas veces más tendría que maldecirlo? Nunca me iba a cansar de hacerlo. ¡¡¡Maldito Harvey!!!

No me quedó de otra más que tomar una rápida ducha y salir rápido para prepararme.

En el clóset encontré el vestido que debía usar junto con unos zapatos que combinaban con él. Harvey se había tomado el tiempo de hacer eso por mí, ¿por qué?, ¿por qué simplemente no le pidió a alguien más que lo hiciera? ¿Y si por eso se había marchado temprano de nuestra fiesta?

Me vestí en un santiamén y salí a la habitación para maquillarme y peinarme. Había hecho bien en enviar mis pertenencias desde el día anterior. Tenía que terminar pronto, ya no quedaba mucho tiempo, no quería desatar la furia del ogro.

Pero en mi camino al peinador algo llamó la atención, algo que no vi un rato antes al llegar. A un lado de la cama, en el buró había una foto enmarcada. Era Harvey con una bella mujer.

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