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Portada de la novela NEGOCIOS DEL ALMA

NEGOCIOS DEL ALMA

La experta en estrategia Alexandra Morgan aterriza en Rusia con el fin de ampliar sus negocios, pero termina topándose con Mikhail Baranov, el despiadado jefe de la mafia local. En este escenario de riesgos extremos, el ingenio de la joven desafía la autoridad del peligroso líder, encendiendo una pasión arriesgada. Entre traiciones y secretos, ambos deberán elegir si su unión es un pacto de conveniencia o un amor genuino frente a una guerra inminente.
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Capítulo 2

La madrugada cubría Moscú con su manto de nieve, pero en el último piso del Petrov Palace, el invierno no estaba afuera... estaba en la voz de Mikhail Baranov.

La oficina parecía más un templo que un despacho: muebles de caoba oscura, cortinas pesadas, y al fondo, una enorme pintura del Kremlin, como si incluso el poder político ruso respondiera a él desde la pared. La luz era tenue, pero suficiente para que todos los presentes sintieran cada sombra como una amenaza.

Allí estaban sentados los siete hombres más poderosos de Rusia, ministros, generales, empresarios con fortunas imposibles de rastrear. Y sin embargo, en ese momento, todos parecían pequeños frente a Mikhail.

Él permanecía de pie, detrás de su escritorio, con las manos cruzadas detrás de la espalda y los ojos clavados en cada uno de ellos. Esos ojos azules, gélidos, imperturbables, no buscaban respuestas... exigían obediencia.

-¿Y bien? -preguntó al fin, su voz grave rompiendo el silencio como un disparo seco-. ¿Alguien va a decirme por qué Alexandra Morgan está en mi ciudad... sin mi consentimiento?

El general Smirnov carraspeó, incómodo.

-No teníamos motivos para rechazar su entrada, Mikhail. Ella no llegó con armas ni con una agenda política.

-¿No? -interrumpió él, lento-. ¿Una de las herederas del imperio Morgan instala su base en Moscú y ustedes creen que ha venido por turismo?

El silencio se espesó como una tormenta que nadie se atrevía a nombrar.

-Se presentó como una empresaria legítima -agregó uno de los empresarios, ajustando su corbata con los dedos sudorosos-. Todo está... legalmente en orden.

Mikhail caminó alrededor de su escritorio, despacio. Su elegancia era intimidante. Cada paso suyo era como una sentencia silenciosa. Se detuvo frente al ministro de Finanzas, que evitó su mirada.

-Dime algo, Igor... ¿Desde cuándo dejamos que la ley dicte quién entra a Moscú?

-Desde nunca -murmuró el hombre, bajando la cabeza.

-Exacto -respondió Mikhail-. Nosotros somos la ley.

Golpeó el escritorio con la palma abierta. Seca. Precisa.

-Y ustedes... ustedes permitieron que esa mujer se instale en el corazón de mi ciudad como si fuese dueña de algo. Organizó una gala, atrajo cámaras, diplomáticos, oligarcas. Se presentó como si el mundo le perteneciera y ustedes... -hizo una pausa, su mirada azul cortando como hielo- ustedes aplaudieron.

-Temimos crear un conflicto con Inglaterra -dijo alguien desde el fondo.

Mikhail giró lentamente la cabeza.

-Yo no temo conflictos. Los provoco.

Volvió a su lugar, se sentó con calma, y dejó que el peso del silencio volviera a aplastarlos. Su presencia era insoportable. Nadie respiraba profundo. Nadie se atrevía a moverse sin su permiso.

-¿Alguien aquí sabe por qué realmente está en Moscú? -preguntó, más suave, como si la calma fuera aún peor que la furia.

Nadie respondió.

-Entonces, escuchen bien -continuó, con un tono que parecía recitar una profecía-. No me importa si vino por negocios, por nostalgia o por venganza. No me importa cuántos tratados firmó su padre ni cuán legales sean sus documentos. Esta ciudad tiene un dueño. Y no se llama Alexandra Morgan.

Abrió un cajón. Sacó una caja de madera pequeña, la colocó sobre el escritorio y la abrió. Dentro, una pieza de ajedrez: la reina blanca.

-En este tablero, ella ha decidido empezar jugando como reina. -Levantó la figura, la giró entre sus dedos-. Interesante elección.

De pronto, lanzó la pieza al suelo. El sonido del marfil rompiéndose contra el mármol resonó como un disparo.

-Pero aquí, la reina no es la que manda. Aquí, el rey devora primero.

Todos bajaron la mirada. Solo un hombre se atrevió a hablar: Dmitry Vasiliev, el jefe de seguridad del Kremlin, leal a Mikhail desde los días más crudos.

-¿Qué ordena, señor?

Mikhail sonrió por primera vez. Fría. Imperturbable. Peligrosa.

-Quiero información. Todo. Con quién habla, dónde duerme, qué come, a quién mira. Morgan Enterprises, sus conexiones en Europa, sus cuentas. Quiero conocerla mejor que a mí mismo antes de que vuelva a pestañear. Y si hace un movimiento en falso...

Se inclinó hacia adelante. Su voz se volvió un susurro, pero todos escucharon.

-...entonces que Moscú le muestre lo que hacemos con las flores que intentan echar raíces en territorio de lobos.

Dmitry asintió. Los demás, temblorosos, también.

-Y una cosa más -añadió Mikhail, mientras encendía un cigarro con calma absoluta-. Si alguno de ustedes decide jugar a dos bandos, no se moleste en buscar asilo. Ni en Inglaterra... ni en el infierno.

Las últimas palabras quedaron suspendidas en el aire mientras el humo se elevaba como un presagio.

En ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, Alexandra Morgan observaba la ciudad desde el balcón de su habitación. Moscú, brillante y helada, parecía desafiarla a cada segundo.

Natalia apareció con una bandeja de té.

-¿Está todo bien, Alex? - Fue la pregunta de Natalia.

Alexandra sonrió apenas, sin despegar la vista del horizonte.

- Sí, solo estoy pensando.

- Más que tu asistente Alexandra, soy tu amiga, no juegues con fuego, y Mikhail Baranov es el Rey del Inframundo.

- Él es el que está molesto conmigo, pertenecemos a mundos distintos Natalia, él es un Poderoso líder de la Mafia, yo soy la CEO de una Empresa.

- Mikhail Baranov se siente amenazado por ti.

- Eso no tiene sentido Natalia, más allá de todo es mil veces más peligroso que yo.

- Está bien Alexandra, pero solo te digo esto, ten cuidado.

El amanecer en Moscú no era suave. No se deslizaba como en otras ciudades. Aquí, el sol emergía con fuerza, como si tuviera que abrirse paso entre acero, concreto y recuerdos helados. Las cúpulas doradas del Kremlin destellaban a lo lejos mientras los tejados aún exhalaban humo. Era una ciudad que nunca dormía del todo, pero que a esa hora, justo antes de las ocho, parecía contener la respiración.

El Restaurante Sokolov, en el piso treinta y cuatro de un rascacielos que miraba al río Moskva, era un santuario de lujo y poder. El mármol blanco brillaba bajo la luz natural que comenzaba a filtrarse por las cristaleras. En sus mesas, las conversaciones no eran triviales. Aquí se cerraban alianzas, se forjaban imperios, se sellaban pactos que rara vez se escribían en papel.

Alexandra Morgan llegó con puntualidad inglesa. Llevaba un conjunto beige claro de corte clásico, con detalles en marfil que realzaban el tono cálido de su piel. Su cabello, cuidadosamente suelto, caía sobre sus hombros como seda negra. No usaba joyas ostentosas; solo unos discretos pendientes de perlas y un anillo de zafiro que una vez fue de su madre.

Pero lo que realmente cautivaba no era su vestuario. Era su porte. Su forma de caminar. Su forma de estar. Tenía esa presencia que no podía fabricarse: nacía de una vida forjada en tradición, poder y control emocional. Y cuando sonreía, como lo hizo en ese momento al saludar a su socio, el ambiente entero se suavizaba. No era una sonrisa forzada ni de cortesía; era una sonrisa genuina, entrenada, capaz de convencer sin suplicar.

-Señor Antonov -saludó con elegancia, ofreciéndole la mano-. Gracias por aceptar un desayuno tan temprano.

El hombre, un magnate del acero con más de tres décadas de experiencia en negocios rusos, se levantó al instante.

-Por una Morgan, uno desayuna hasta en Siberia -bromeó, encantado-. Usted brilla más que este lugar.

Ella sonrió, diplomática, mientras tomaba asiento. El desayuno comenzó con café fuerte, jugo de granada y croissants aún tibios.

Desde el área VIP, separada por paneles de cristal oscuro y ubicada en una leve elevación que permitía ver toda la sala principal sin ser visto, Mikhail Baranov observaba en completo silencio.

Él no venía a Sokolov por la comida. Venía por el control. Y ese control, en ese instante, tenía nombre y apellido: Alexandra Morgan.

Vestido con un traje azul marino a medida, sin corbata y con la camisa ligeramente abierta al cuello, Mikhail parecía haber nacido para esa atmósfera de discreta sofisticación. Tenía un café sin tocar frente a él y un informe sobre la mesa, abierto solo por cortesía. Lo ignoraba. Sus ojos azules, intensos como el hielo bajo la luna, estaban fijos en ella.

No la miraba como un hombre observa a una mujer. La miraba como un estratega observa a una amenaza que no termina de entender.

Había algo que lo desconcertaba. Alexandra no actuaba como una provocadora, ni como una espía, ni siquiera como una oportunista. Se movía con la gracia de alguien que sabe quién es y no necesita demostrarlo.

Y su sonrisa...

La había visto sonreír tres veces en ese desayuno. Cada vez distinta, cada vez precisa. Una para saludar, otra para persuadir, otra para escuchar. Era una orquestadora natural del lenguaje no verbal. Y aún así, Mikhail lo sentía: no era fingido. No era actuación. Esa mujer creía en lo que decía.

Eso era más peligroso que cualquier disfraz.

-Está más tranquila de lo que esperaba -dijo Dmitry, sentado frente a él, revisando los datos en una tablet.

-Porque no vino a declarar guerra -respondió Mikhail sin apartar la vista-. Vino a plantar una bandera... y a sonreír mientras lo hace.

-Quiere que la saquemos de Moscú?

Mikhail no respondió de inmediato. Apretó la mandíbula y finalmente, con calma, tomó un sorbo de su café.

-No. Aún no. Un movimiento en falso y pareceríamos inseguros. Y yo no soy inseguro -dijo con voz baja-. Quiero observarla. Y quiero que ella sepa que la estoy observando.

Dmitry asintió.

-¿Desea que intervenga en el desayuno?

-No -dijo Mikhail, con una media sonrisa peligrosa-. Ella está jugando ajedrez. No pongamos nuestras piezas en la mesa aún.

Mientras tanto, en la sala principal, Alexandra bebía su café con gracia.

-Le confieso algo, señor Antonov -dijo con voz suave-. Cuando llegué a Moscú, sabía que sería observada. No sabía cuán intensamente.

-¿Recibió alguna advertencia?

-No. Pero no la necesito -dijo, dejando la taza con elegancia-. Sé en qué territorio estoy. No vine a desestabilizarlo, vine a invertir en él. Si Moscú lo permite.

Antonov la miró con atención.

-Y si no lo permite...

Alexandra lo miró con serenidad. Pero en sus ojos había un brillo peligroso.

-Entonces... me adaptaré. No vine con espada. Pero tampoco vine con miedo.

Mikhail observó ese gesto. Esa pequeña tensión en los labios de Alexandra. Ese matiz de firmeza bajo la cortesía.

Y por primera vez... no supo si quería expulsarla o entenderla.

La reunión finalizó con un apretón de manos y la promesa de una futura colaboración.

Alexandra se puso de pie y, sin mirar hacia el área VIP, dijo algo en voz baja a Natalia.

-Nos vamos. Ya nos vieron suficiente por hoy.

Pero justo antes de salir, en un gesto sutil pero perfectamente intencionado, giró ligeramente el rostro hacia la elevación oscura donde sabía que estaban los ojos del poder.

Sus miradas se cruzaron.

No más de dos segundos.

Pero fue suficiente.

Mikhail no parpadeó. Alexandra tampoco.

Y en ese instante, ambos supieron que el tablero seguía en juego... pero ya no era solo una guerra de poder.

Era también un duelo de almas.

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