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Portada de la novela Nacen flores en la Antártida

Nacen flores en la Antártida

Oliver Foster, un magnate influyente, y su pareja Lía parecen vivir un romance de ensueño, nacido tras un gesto altruista de ella. Sin embargo, la armonía de este vínculo entre clases sociales se fractura a las puertas de su matrimonio. El regreso de Erika, antiguo amor de Oliver, desata una crisis que expone un pasado sombrío y misterios ocultos. Lía luchará por preservar su relación, enfrentándose a revelaciones que amenazan con destruir su futuro juntos.
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Capítulo 2

Oliver podía sentir la mirada. Lo estaban observando desde el quinto piso. Y no sabía cuándo saldría el portero para pedirle que se marchara de la banca. Pero estaba seguro que esa chica no lo quería ahí, porque se le veía incómoda.

La reconocía, era la chica del paraguas rojo bajo la lluvia.

Tenía su recuerdo grabado en contra de su voluntad de esa tarde, cuando lo que una vez fue su vida, tocó fondo.

Ella lo vio ser esposado, se lo quedó mirando muy fijamente, demasiado fijo, como si le debiera algo. Nunca había visto a alguien ver con aquella intensidad.

Era una gran coincidencia el saber dónde vivía. Una coincidencia que no le servía de nada, porque era una desconocida. Aunque, en realidad, no existía nadie en el mundo que pudiese ayudarle en ese momento. Estaba solo.

Le dolía la espalda, la sentía entumecida. Y tenía hambre. Dios mío, sería capaz de comer de la basura en ese momento.

Pero aún le quedaba algo de dignidad dentro de sí como para ir a revisar la basura...

Si tuviera su auto, al menos podría dormir allí y no se le mojarían sus cosas.

Alzó la mirada y observó el cielo. Iba a llover pronto. Debía idear un plan. Otro plan. Uno que sirviera de verdad, que fuera contundente.

Y todos sus pensamientos se inclinaron hacia la casa de sus padres. Pero otra vez, aún le quedaba algo de dignidad. Además, ¿cómo iba a poder caminar con tantas cosas hasta el otro lado de la ciudad? ¡Eran dos horas en carretera!

Iba a llover pronto.

Y tenía demasiada hambre. Y le dolía la espalda.

Si tuviera su auto en ese momento...

La chica del quinto piso salió del edificio. Y lo estaba mirando fijamente.

Se acomodó en la banca, poniendo rígida su espalda, aunque esto le hiciera doler todos los músculos. Se estaba preparando para decirle que no se iba a mover de ahí, que era espacio público, que podía quedarse todo lo que quisiese.

Y cuando estaban a un metro de distancia, con las miradas fijas en el otro... ella pasó de largo.

Volteó a verla cruzar el parque. Entró al supermercado. Qué raro, estaba seguro de que le iba a decir algo.

Era curioso que hubiera un lugar donde podría comprar comida y no tuviera ni una moneda en ese momento en su bolsillo. Literalmente nada más debía cruzar el parque y comprar toda la comida que quisiera. En el pasado jamás se habría detenido a reflexionar qué tan cerca estaba un supermercado y toda la comida que poseía.

Moría por un filete de carne bañada en salsa de ciruelas.

A los minutos, la misma chica volvió a cruzar el parque, cargando una bolsa de compra. Y otra vez se lo quedó viendo fijamente.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué lo veía así?

Y se tropezó. Se cayó haciendo un ruido muy fuerte. Y se quedó tendida en el suelo, como una estrella de mar.

-¡¿Te encuentras bien?

Tuvo que levantarse a ayudarla. Prácticamente le tocó levantarla y por momentos temía que fuese a caerse, pues se ladeaba hacia la izquierda. Y le sangraba la boca.

Vaya, se había golpeado muy duro. Quedó toda magullada.

-Dios mío, ¿te encuentras bien? -Le volvió a reparar la boca y la barbilla-. Te sangra la boca...

No sabía si era tímida o sufría de alguna enfermedad. Pero no hablaba. Intentó agacharse para tomar sus cosas, pero no pudo, el dolor en su cuerpo se lo impedía.

Por alguna razón y en contra de su voluntad, esa chica le estaba generando lástima. Así que decidió ayudarle a recoger su comida.

Era pura comida rápida, procesados, empaquetados. Sopas instantáneas, demasiadas de ellas. Panes. Salchichas. Frijoles enlatados. Qué pésimo comía, por eso estaba tan flaca.

Le iba a tender la bolsa de la compra, pero la vio con su torso torcido y supo que debía terminar lo que había comenzado. Le echó una mirada a sus cosas, pidiéndole a Dios que nadie se las fuese a robar.

-Vives aquí, ¿no? -le preguntó-. Vamos, te ayudo a llevar tus cosas.

-No... No es necesario... -intentó negarse, pero inmediatamente aceptó.

La chica caminaba a unos pasos delante de él, así que podía verle cojear. Sí que se había pegado fuerte por andar mirándolo. Eso le pasaba por chismosa, desde la noche anterior no dejaba de verlo, se asomaba a cada hora por la ventana y se lo quedaba viendo un larguísimo tiempo.

-¿Segura que estás bien? -le preguntó mientras avanzaban al ascensor.

-Sí... solo fue... un golpe.

-Te sigue sangrando el labio.

-Sí, es que...

Dejaba las frases a medias, así que Oliver supuso que el hablar debía dolerle, por lo que decidió aguardar silencio.

Era un apartamento pequeño, pero acogedor, con cuadros llenos de colores vivos colgados en las paredes. Le llamó mucho la atención la sala, donde había una pared pintada de un verde profundo con un gran cuadro lleno de flores amarillas en medio de la nieve. Ella se sentó en un mueble azul que estaba junto a aquella pared.

Debía ser una artista. De ahí su comportamiento raro... Todos los artistas que conocía tenían un comportamiento peculiar, cada uno con sus propias manías y creencias. No se llevaba bien con los artistas. Prefería a los matemáticos, a los racionales, los que preferían usar la lógica.

Iba a llover. Olía a humedad.

Iba a perder lo único que le quedaba.

-Disculpa... ¿puedo pedirte un favor?

Tragó saliva. Iba a usar lo último de dignidad que le quedaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Le temblaban las manos. Y tenía el paladar seco.

La chica se retorcía en el mueble. Él ya había dejado la bolsa de la compra en la cocina, lo mejor era largarse de ahí. Ella era una extraña. Una extraña que le gustaba mirarlo desde su balcón, pensando quién sabe qué.

Pero ahí estaba, hablando.

-Sé que no nos conocemos y esto es algo repentino -siguió hablando, sintiéndose cada vez más mierda-, pero... ¿podrías permitirme guardar mis cosas por unos días en tu departamento?

Ella empezó a verle fijamente, con esa intensa mirada, con aquellos ojos oscuros y flequillo crispado que parecía tener vida propia.

Oliver dejó salir un largo suspiro, intentando mantener la compostura. Bien, ya había usado lo último de su dignidad, no podía rendirse.

-No son muchas cosas, se trata de unos computadores -informó-, algunos papeles... Te pagaré, te lo prometo. Es que... va a llover y no tengo dónde guardarlos.

La jovencita como pudo se sentó en el mueble, aún inclinando su torso a un lado y haciendo mala cara. Tenía sangre seca en el labio inferior.

-Quédate -contestó ella.

Oliver parpadeó dos veces. ¿Qué le había dicho?

-¿Qué? -preguntó. Había escuchado bien, pero necesitaba que se lo repitiera para poder creérselo.

-Puedes quedarte aquí -respondió la joven mientras cerraba un ojo-. Quédate el tiempo que necesites, hasta que estés bien. -Miró el sofá-. Puedes dormir aquí. Es sofacama, es cómodo.

Tenía unas ganas inmensas de desparramarse en agradecimientos y correr a buscar sus cosas. Pero sabía que debía contenerse. De algo tan bueno no podían dar tanto. Ella no lo conocía, ¿cómo podría permitirle quedarse a vivir con él?

-No es necesario, solo necesito un lugar donde guardar mis cosas -explicó-. Pero gracias por tu ofrecimiento.

Ella lo barrió de pies a cabeza, algo que le incomodó de sobremanera. En serio, ¿qué le pasaba? Parecía que era la primera vez que veía a un hombre.

-Mira, sé que te quedaste en la calle -le soltó a bocajarro, como si fuera lo más normal del mundo-. Llevas esa misma ropa como por cuatro días. Y va a llover. Y no creo que esa banca sea tan cómoda. Si tienes tres dedos de cordura, deberías aceptar. -Hizo un silencio muy dramático-. Yo por ti iría a buscar tus cosas antes de que se mojen.

Y así fue como Oliver aceptó con un movimiento de cabeza y salió a buscar sus cosas.

Tuvo que hacer dos viajes para poder traer sus cosas y en la última ya había comenzado a caer unas gordas gotas. Así que al llegar y sentarse en un puff que era casi idéntico al color de la pared, se puso a secar algunos papeles con las manos.

Intentaba no verla, era extraño saber que iba a pasar la noche en su departamento. Aunque le agradaba escuchar la lluvia y saber que no iba a pasar frío, al menos, no por esa noche.

Se dio cuenta que no sabía cómo se llamaba la chica. Y parecía que ella no tenía intención de conversar, estaba tirada en el mueble, con los labios entreabiertos, como si estuviese teniendo una crisis existencial.

Debía de estar pasando el malestar del golpe. Y debía dolerle mucho si no se había dignado a buscar algo para limpiar su rodilla ensangrentada.

Ver a un adulto caerse era algo que impresionaba, los golpes se veían más dramáticos.

La barrió de pies a cabeza. Era sumamente delgada, con una piel pálida, casi anémica, tenía unas enormes ojeras y llevaba el cabello amarrado en una coleta que alguna vez pudo haber estado peinada, pero quién sabía cuándo. Aunque en su defensa, usaba un vestido azul de tiras que era bonito. Al menos tenía buen gusto.

La vio intentar palparse el labio con la lengua y terminó dando un respingo.

-¿Por qué no te curas las heridas? -le preguntó, le ponía ansioso verla en ese estado, sentía que podía quebrarse en cualquier momento, es que estaba tan delgada.

Volteó a verlo. Y con la luz grisácea que entraba por el balcón le pareció que se veía aún más pálida.

-Ahorita se me pasa -le soltó la chica.

Oliver no pudo evitar el negar con la cabeza, lleno de decepción.

Tenía hambre. Y no le importaría comer una sopa instantánea. Es más, estaba fantaseando con las salchichas que sabía que ella había comprado.

-Creo que me disloqué la rodilla -comentó la joven.

-¿Dónde tienes el botiquín?

-¿Cuál botiquín?

-Donde guardas las gasas y esas cosas -le aclaró, pero notó que lo seguía mirando como si no supiera nada-. ¿Al menos tienes agua oxigenada y algodón?

-No.

❦❦❦

A lo mejor y era una chica confianzuda, de esas que no sabes cómo han sobrevivido al vivir con la mente en otra parte.

Oliver tuvo que ir a la farmacia a comprar medicamentos para curarle las heridas. Cuando le dijo, ella le señaló la cartera que estaba en la mesita de centro. Y no le importó que él la abriera y le sacara dinero.

No sabía cómo se llamaba la chica, pero ya sabía cuánto dinero guardaba en la cartera y también qué tarjetas de crédito manejaba.

Y ahí estaba, curándole las heridas. Ella se quejaba como niña. Y lloraba.

¿Qué edad tenía? No debía superar los veinte, si a lo mucho. Se veía sumamente joven. Y su forma infantil de comportarse no le ayudaba en lo absoluto.

Tuvo que regañarla para que se quedara quieta y le permitiera desinfectarle la rodilla. Ella le hizo un puchero y se aguantó el dolor.

Terminó nuevamente tirada en el mueble, esta vez quejándose del dolor.

Oliver después de dos horas, sintiéndose incómodo sin hacer nada, se dirigió a la cocina y empezó a organizar las cosas que ella había comprado.

Su conversación entonces fue de:

-¿Dónde colocas los panes?

-En la estantería de arriba.

-¿En cuál de todos los cajones?

-En el que sea.

Y cuando revisó la nevera, no le sorprendió el encontrarla vacía, con apenas un yogurt caducado que se tomó el atrevimiento de echarlo a la basura.

Dios mío, ¿esa chica cómo sobrevivía?

Volteó a verla.

¿Y en qué trabajaba para manejar tanto dinero en efectivo?

Le echó una mirada a una habitación que tenía la puerta entreabierta. Parecía ser una oficina.

Había un olor que le estaba fastidiando. Sabía que él no olía bien, le hacía falta un baño. Pero encontraba en el apartamento otro olor, uno que era más de comida podrida.

Cuando se acercó a la sala, la encontró dormida, tal vez la noqueó el analgésico que le dio para que se le calmara el dolor de espalda del que tanto se quejaba.

Y como empezaba a darse cuenta de que su siesta iba para largo, se tomó el atrevimiento de hacer sopa instantánea.

Cuando estuvo la sopa y se sentó en el pequeño comedor que estaba en una esquina de la sala, se sintió incómodo y le sirvió un poco a la chica. Era su apartamento y su comida, a fin de cuentas.

Le sorprendió cuando la vio despertarse con el olor de la comida. Le dio la impresión de que había resucitado gracias al olor.

Se acercó cojeando a la mesa y se sentó frente a la taza que él le había servido.

-Ay, qué rico -soltó ella y empezó no a comer, sino a devorar la sopa. Se quejaba de su labio, de que le dolía, pero ni el dolor le hizo detenerse.

Oliver se preguntaba quién era realmente el vagabundo, ¿él o ella?

-¿Cómo te llamas? -le preguntó, por fin.

-¿No te lo había dicho? -inquirió ella aún con pasta en la boca. Pero no esperó a que le contestara-. Me llamo Lía. ¿Y tú? No puedo llamarte siempre el chico de la maleta.

Su maleta. Su ropa... ¿Dónde habría acabado? Seguro en un contenedor de basura...

-Oliver -contestó sin más.

-Mucho gusto, Oliver Chico de la Maleta -soltó Lía y le mostró una enorme sonrisa.

Respingó con sorpresa las cejas cuando notó que se veía hermosa al sonreír, aunque tuviera esas enormes ojeras y el labio inferior magullado. Lía era hermosa.

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