
Mi Viñedo Precioso
Capítulo 2
En mi vida pasada, morí en el lecho de mi matrimonio. Un infarto. Tenía ochenta años, y mi esposa, Catalina, acababa de revelarme que el hijo que crié como mío, el heredero de la fortuna vinícola que yo construí para su familia, era en realidad de otro hombre.
De Mateo, su amor de la infancia. El hombre que murió en un accidente de coche el día que ella debía elegir entre nosotros.
«Voy a exhumar los restos de Mateo», me dijo con una frialdad que helaba los huesos, «para enterrarlos en la cripta familiar. En tu lugar».
Esa traición fue la última estocada.
Ahora, abro los ojos. No estoy en una cama de hospital, sino en mi antigua habitación en la finca de los Rojas, en La Rioja. El sol de la mañana entra por la ventana, el aire huele a viñedos y a tierra húmeda.
Hoy es el día. El día de la petición de mano. El día en que Catalina, frente a toda su familia, debe elegir a su futuro esposo.
Me miro en el espejo. Soy joven de nuevo. Vuelvo a tener veinticinco años, la misma edad que el día fatídico.
Me visto con el traje caro que el Señor Rojas me compró para la ocasión. Bajo al gran salón. La familia está reunida. El Señor Rojas, el patriarca, me sonríe con aprobación. Él sabe que mi talento con las vides es el futuro de la bodega. La Señora Rojas me asiente con calidez, siempre ha valorado mi lealtad.
Y entonces la veo.
Catalina.
Está de pie junto a la chimenea, hermosa y radiante. Nuestros ojos se encuentran. Y en los suyos no veo duda, ni afecto. Veo un odio profundo, un resentimiento que conozco demasiado bien. El mismo que vi en sus ojos durante cincuenta años de un matrimonio sin amor.
Lo entiendo en ese instante. Ella también ha renacido.
El Señor Rojas carraspea, listo para iniciar la ceremonia.
«Catalina, hija mía, ha llegado el momento».
Todos me miran, esperando que ella pronuncie mi nombre. Pero yo sé lo que va a pasar. Me va a humillar públicamente, va a elegir a Mateo y me culpará de la tragedia que está por venir.
No le daré esa satisfacción.
Antes de que nadie pueda hablar, doy un paso al frente.
«Señor Rojas, Señora Rojas», mi voz es firme, calmada. «Les agradezco todo lo que han hecho por mí».
Hago una pausa. Todas las miradas están fijas en mí.
«Pero no soy digno de Catalina, ni del legado de las Bodegas Rojas. Retiro mi candidatura».
El silencio en el salón es absoluto. El Señor Rojas me mira, atónito. La Señora Rojas se lleva una mano a la boca.
Catalina me observa con una mezcla de shock y confusión. Su plan se ha desmoronado.
Pero su reacción inmediata confirma mis sospechas. Sin decir una palabra, se gira y sale corriendo del salón. Coge las llaves de un coche del cuenco de la entrada y desaparece por la puerta.
Va a salvar a Mateo. Va a evitar el accidente.
Una sonrisa amarga se dibuja en mi rostro. La nueva partida ha comenzado, y esta vez, yo he movido la primera ficha.
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