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Portada de la novela Mi vientre... Tu herencia

Mi vientre... Tu herencia

Camila, una camarera desesperada por pagar el tratamiento médico de su madre, acepta una oferta inusual de Astrid: gestar al sucesor de un magnate a cambio de una suma millonaria. Sin embargo, el caos se desata cuando se enamora de Richard McIntyre, ignorando su conexión con el progenitor del niño. En un entorno de rencor y misterios corporativos, ella deberá luchar contra una red de mentiras para validar la herencia de una dinastía influyente.
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Capítulo 1

Camila esa mañana no quería levantarse, le dolían los huesos, la cabeza, porque estaba con gripa, pero se volteó y vio a su madre durmiendo en una cama dónde solo cabía ella, e hizo el esfuerzo, se sentó en su cama y se obligó a levantar su cuerpo para ir a trabajar.

Con lo que ganaba apenas podía pagar los gastos de medicina y comida de su madre, por eso trabajaba en dos sitios diferentes para tener un poco más de dinero, no alcanzaba para mejorar la vivienda, se tenían que conformar con lo poco que poseían, una casucha destartalada, heredada de su padre fallecido, donde el techo tenía múltiples goteras cuando llegaba la lluvia.

Al llegar a la cafetería,le había advertido al encargado que no se sentía bien de salud, pero éste la miró y solo refunfuño diciendo:

— Vaya a atender la clientela, así entras en calor.

Ella resignada, no le quedó más remedio que obedecer, se dirigió a hacer sus obligaciones, pronto se olvidó de ella y se concentró en su madre, porque cuando pensaba en esa mujer que le había dado la vida, entonces le salían alas en los pies, y así lograr la mayor cantidad de propinas por servir las mesas de aquella  lujosa cafetería.

Tenían una asidua cliente del restaurante, siempre se sentaba en el mismo lugar y llegaba a la misma hora y ése día no era la excepción, allí estaba haciéndole señas para que ella se acercara.

— Buenos días, ¿lo mismo de siempre bella dama?— preguntó ella amable.

La mujer la miró y dijo:

— ¡Necesito hablar contigo, siéntate! 

Camila alzó una ceja, señal característica de que algo le extrañaba.

— Hablar conmigo, ¿de qué?— se atrevió a preguntar.

— Te va a interesar, ¿Puedes sentarte?— preguntó la mujer.

— En horas de trabajo no me lo permiten señora— dijo Camila mirando hacia la oficina.

— Entonces,  estoy de regreso a la hora de tu salida dice y treinta pm? — dijo— Tráeme el servicio de siempre.

Camila anotó en su libreta y salió a buscar lo que la mujer siempre pedía, un café que  disfrutaba en pequeños sorbos y luego se iba hasta el otro día que volvía por lo mismo, pero ésta vez, le había invitado a conversar y le dijo que volvería a la hora de su salida para que tuvieran una conversación. 

Era una extraña para ella porque jamás  había cruzado más de dos palabras, estaba un poco inquieta, deseaba que llegara la hora para ver qué era lo que ésta mujer necesitaba de ella.

Las horas de trabajo se hicieron largas para Camila, a cada rato estaba mirando las manecillas del reloj, que al parecer de ella, ese día se movían en cámara lenta.

Al fin le tocó sacarse el mandil o delantal que la identificaba como empleada de aquella cafetería tan exclusiva.

No tenía mucho tiempo, pues a las dos pm entraba en el otro trabajo que quedaba muy cerca de allí. 

Pronto empezó a caminar, veía en todas las direcciones posibles hasta que vió a aquella mujer que le hacía señas para que ella se acercara, estaba bastante nerviosa, pero sin embargo se decidió a interesarse de lo que ésta señora quería hablar con ella.

— Buenas tardes— saludó. 

— Entra al auto — dijo la mujer.

— Lo siento señora, lo que vaya a decirme que sea acá donde mire la gente — dijo Camila.

— Tienes razón de sentir tanta desconfianza, no tienes porqué temer, no es nada malo, al contrario es algo que va a cambiar tu vida, te lo aseguro,— dijo la mujer— pero está bien, vamos hasta aquel restaurante y allí nos sentamos para hablar ¿Te parece?

— Empiezo a trabajar a las dos pm, espero sea rápido necesito almorzar— dijo Camila. 

— Entonces vamos, te invito a almorzar, y mientras, te hablo de lo que deseo que escuches— dijo la mujer. 

 Se dirigieron hasta un restaurante que estaba a pocos metros de allí para caminar detrás, se sentaron y espero a que la otra pidiera un servicio, luego empezó a decir:

— Me llamo Astrid Wood, mucho gusto Camila — dijo la mujer extendiendo su mano perfectamente cuidada.

— Hola señora Wood, tiene una gran ventaja sobre mí, imagino que investigó sobre mí— dijo Camila con inteligencia.

— Imaginas bien, sé quién eres, dónde vives y con quién, me tomé esa libertad porque necesito de tus servicios.

— ¿Es usted policía, o de alguna agencia de inteligencia?— preguntó Camila con extrañeza.

La mujer hizo un mohín de desagrado y dijo:

— ¿Cómo se te ocurre? Solo soy una persona influyente que le gusta averiguar sobre las personas que trabajarán para ella— dijo la mujer.

— Entonces se supone que voy a trabajar para usted y por eso se tomó la molestia de investigar mi vida— dijo Camila con la mirada fija en la mujer.

— Así es Camila— dijo Astrid— necesito que escuches la propuesta que tengo para tí, como te dije soy una mujer influyente, con mucho dinero, casada, pero soy estéril, no salgo embarazada.

A éste punto Camila seguía sin entender, pero la mujer le había picado el interés y quiso seguir escuchando, el mesero se acercó y la voz de la mujer se apagó por unos momentos, después continuó diciendo:

— Es allí donde entras tú, necesito tener un hijo, que aunque estoy casada felizmente por tres años, no he logrado concebir por las causas que te expuse— dijo ella escogiendo muy bien sus palabras.

Camila parpadeó varias veces tratando de asimilar lo que escuchaba de aquella mujer, pero su mente seguía sin tener claro lo que aquella señora influyente quería proponerle.

— La verdad señora Astrid Wood, aún no entiendo lo que desea de mí— dijo Camila ingenuamente.

— Ésto es lo que te propongo, que te embaraces de mi marido para yo poder tener el hijo que tanto necesitamos — dijo Astrid Wood — voy a pagarte un millón de dólares por ayudarme a tener ese niño Camila.

— ¿Embarazarme de su esposo? ¿Acaso se volvió usted loca?— exclamó Camila indignada — un hijo es sagrado señora y el día que yo tenga uno, le aseguro que no lo venderé.

— Camila, tu madre está enferma, tu casa se está cayendo, con ese dinero puedes mejorar tu vida,— dijo Astrid persuasiva — mira tu realidad y lo que yo te estoy ofreciendo; un millón de dólares, mejor estilo de vida,solo necesitas  aceptar tener a mi hijo en tu vientre. 

— No señora, no sería su hijo, sería mío, ni pensar en esa idea tan absurda que se le ha ocurrido — dijo Camila indignada — busque a otra que se preste a esa barbaridad, yo no estoy disponible — dijo Camila levantándose para seguir su camino.

Astrid se levantó también y la tomó suavemente del brazo y le depositó en la mano un pedazo de cartón dónde estaba el número telefónico de la mujer. 

— Esto es por si cambias de parecer, se que te parece descabellado, pero si conocieras las verdaderas razones, estarías dispuesta a ayudarme Camila Cruz, — dijo Astrid manipulando la situación— piensa en tu madre, podrías mejorar su salud, vivir en un lugar cómodo, estudiar una carrera universitaria, yo solo necesito tu vientre, me harías muy felíz si me das un bebé que será el heredero de una gran fortuna, millones de dólares.

Camila ya no quiso seguir escuchando, salió de aquel lugar sin mirar atrás, no quería ni siquiera considerar aquello tan absurdo que le pedía aquella mujer tan elegantemente vestida y de hablar tan suave, apuró el paso, ni siquiera probó la comida que ella había pedido para ella. 

Las palabras de la mujer resonaban en su cabeza una y otra vez, no quería escuchar más, se tapaba los oídos como si con aquel gesto se fuera a apagar la voz de Astrid en su cabeza.

Al llegar al lugar del otro trabajo, se detuvo al frente, observó que era aún muy temprano,  así que se dirigió a un pequeño parque y allí se dispuso a comer, no tenía hambre, aquella conversación literalmente le había quitado el apetito.

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