
Mi Vientre, Su Infierno: La Caída del Tirano
Capítulo 2
El aire de la bodega familiar en Mendoza olía a tierra húmeda y a roble, el aroma de mi vida. Pero ese día, un nuevo olor se mezclaba en el aire, el de la esperanza. Sostenía el resultado del análisis de sangre en mi mano temblorosa. Positivo. Después de cinco años, después del accidente, por fin estaba embarazada.
Mi matrimonio con Máximo Castillo comenzó como una alianza entre dos de las familias más poderosas de la región, una promesa de futuro y poder. Pero todo se enfrió hace tres años. Un paseo a caballo, su imprudencia, una caída. Perdí a nuestro primer bebé y con él, una parte de mí. Desde entonces, la concepción se había convertido en una obsesión, en una serie interminable de tratamientos y decepciones.
Máximo, por su parte, estaba desesperado por un heredero. Era una promesa que le hizo a su padre en su lecho de muerte, una promesa que pesaba sobre nuestro matrimonio como una lápida.
En las últimas semanas, había notado compras extrañas en los resúmenes de su tarjeta de crédito. Ropa de bebé de marcas de lujo, una cuna carísima, un cochecito de diseño. Mi corazón, ingenuo, se llenó de una alegría tonta. Creí que eran para mí, para nosotros. Que él también sentía que esta vez sería diferente.
Planeé la noche perfecta para darle la noticia. Una cena en la terraza de nuestra finca, con los viñedos extendiéndose bajo un cielo estrellado. La mesa estaba puesta, el vino, un Malbec de nuestra mejor cosecha, respiraba en el decantador.
Llegó tarde, como de costumbre, con el olor de otra ciudad en su ropa. A pesar de todo, sonreí.
"Máximo, tengo algo que decirte."
Él asintió, distraído, mirando su teléfono.
"He visto las compras," continué, mi voz llena de una emoción que ahora me parece ridícula. "La cuna, la ropita... ¿ya lo sabías?"
Levantó la vista, y por un segundo vi confusión en sus ojos, seguida de un frío entendimiento. Dejó el teléfono sobre la mesa. Su expresión cambió. No había alegría, ni sorpresa. Solo un cálculo frío.
"Así que lo descubriste."
Su voz era plana, sin emoción.
"¿Descubrir qué?" pregunté, la confusión empezando a ahogar mi felicidad.
"Que voy a ser padre."
Una sonrisa helada se dibujó en sus labios. Mi mundo se detuvo. El aire se volvió pesado, difícil de respirar. No entendía.
"Sí, Máximo, vamos a ser padres," dije, mostrándole el sobre con los resultados.
Él ni lo miró. Se rio, una risa corta y sin alegría.
"No, Luciana. Yo voy a ser padre. Tú no."
"¿De qué estás hablando?"
"La que está embarazada es otra mujer. Se llama Sasha. Y sí, todas esas cosas son para mi hijo."
Cada palabra era un golpe. El aire, los viñedos, la cena perfecta, todo se convirtió en una escena grotesca.
"¿Por qué?" fue lo único que pude susurrar.
Se encogió de hombros, con una crueldad que nunca antes había visto tan desnuda.
"Porque necesito un heredero, Luciana. Y tú, después del accidente, demostraste ser incapaz de dármelo. No podía esperar para siempre."
La noticia que yo guardaba, mi pequeño milagro, murió en mis labios. El amor que una vez sentí se convirtió en cenizas en mi boca. En ese momento, bajo el cielo estrellado de Mendoza, mi matrimonio no solo se enfrió. Se hizo añicos.
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