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Portada de la novela Mi Vientre, Su Infierno: La Caída del Tirano

Mi Vientre, Su Infierno: La Caída del Tirano

Después de años de sufrimiento y el luto por un primer hijo, un nuevo embarazo representaba mi esperanza. Pero Máximo, mi marido, destrozó mi mundo al revelar que su amante, Sasha, también esperaba un heredero. Mi intento de escape terminó en un secuestro doméstico y una agresión brutal por órdenes suyas que me hizo perder al bebé. Ante su cruel indiferencia, el amor se ha extinguido. Ahora, mi único propósito es ejecutar una venganza implacable contra el tirano.
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Capítulo 3

El shock inicial dio paso a una rabia fría y cortante.

"Quiero el divorcio."

Máximo ni siquiera parpadeó. Tomó un sorbo de vino, el mismo que yo había elegido con tanto cuidado.

"No seas dramática, Luciana. No habrá divorcio."

"¿Qué? ¿Pretendes que acepte esto? ¿Que me quede aquí mientras tienes un hijo con otra mujer?"

"Exactamente," dijo, como si fuera la cosa más lógica del mundo. "Solo quiero al niño. Sasha no significa nada. Mi esposa eres tú. La señora Castillo. La cara pública de nuestra familia. Criarás a mi hijo como si fuera tuyo."

Sentí náuseas. La idea era tan retorcida, tan monstruosa, que me costaba procesarla.

"Estás enfermo," escupí, levantándome de la silla. "Nunca. ¿Me oyes? Nunca."

Intenté entrar a la casa para hacer mis maletas, para huir de esa pesadilla. Pero él fue más rápido. Me agarró del brazo, su fuerza era brutal.

"No vas a ninguna parte. No arruinarás mis planes por un ataque de histeria."

Me solté de un tirón y corrí a mi auto. Pero sus guardaespaldas, siempre presentes, me bloquearon el paso. Estaba atrapada en mi propia casa, una prisionera en una jaula de oro.

Los días siguientes fueron un infierno. Él actuaba como si nada hubiera pasado, yendo a sus negocios, regresando por la noche con su máscara de esposo perfecto. Yo me encerré en la bodega, el único lugar donde podía respirar. Mi amiga Emily, abogada y la única persona en el mundo en quien confiaba plenamente, me aconsejó por teléfono.

"Sal de ahí, Luci. Vente a mi casa. Presentaremos la demanda de divorcio desde aquí."

Pero yo necesitaba una prueba, algo que no dejara lugar a dudas. Atormentada y desesperada, una noche lo seguí. Condujo durante horas, hasta Buenos Aires. Lo vi entrar en un lujoso y moderno edificio en Puerto Madero.

Esperé, con el corazón martillándome en el pecho. Horas después, salió. No estaba solo. Una mujer joven, rubia y con aire de modelo, caminaba a su lado, con una mano posesivamente apoyada en su incipiente vientre. Sasha.

No pude contenerme. Salí de mi auto y me paré frente a ellos en el estacionamiento subterráneo.

"Máximo."

Se giró, su cara una máscara de furia al verme. Sasha se escondió detrás de él, fingiendo miedo.

"¿Qué diablos haces aquí? ¿Me estás espiando?"

"Necesitaba verlo con mis propios ojos," dije, mi voz temblando. "Necesitaba ver la verdad."

"Pues ya la has visto. Ahora lárgate. Estás alterando a Sasha."

"¿Alterándola a ella? ¡Has destruido mi vida!"

Me acerqué un paso más, ciega de dolor y rabia. Fue un error. En un movimiento rápido y violento, me empujó. Con toda su fuerza.

Caí hacia atrás, golpeándome con fuerza contra el capó de su camioneta. El metal frío se clavó en mi espalda y el impacto me recorrió entera, concentrándose en un punto agudo y terrible en mi vientre.

Me quedé sin aire, un dolor punzante me atravesó.

"¡Estás loca! ¡Mira lo que provocas!" gritó Máximo.

Sasha, viendo su oportunidad, se llevó una mano al vientre y gimió.

"Máximo, me siento mal... creo que el bebé..."

Él se giró hacia ella al instante, su furia hacia mí reemplazada por una falsa preocupación. La abrazó.

"Tranquila, mi amor. Todo está bien." Luego se volvió hacia mí, su mirada llena de desprecio. "Ahora, pídele disculpas. Por haberla asustado."

Miré su cara, la de la mujer que se reía de mi dolor, y la suya, la del hombre que acababa de agredirme. El dolor en mi vientre era una brasa ardiente.

"Vete al infierno," susurré.

La sonrisa de Sasha fue puro veneno. Miró a los dos guardaespaldas que se habían acercado.

"Quizás deberían enseñarle modales," sugirió con dulzura.

Máximo no dijo nada. Solo asintió levemente. Fue una orden silenciosa.

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