
Mi Único Propósito: Venganzar
Capítulo 2
Conocí a Luciana en la feria de San Telmo, un domingo caluroso que olía a cuero viejo y a choripán.
Yo estaba allí para escapar, para respirar un aire que no estuviera viciado por el olor a vino caro y a negocios cerrados de mi familia.
Mi padre acababa de darme un ultimátum: o me casaba con Rachel Hewitt, la hija de un socio inglés, para fusionar nuestros imperios vitivinícolas, o me olvidaba de mi apellido, de mi herencia, de todo.
Y entonces la vi.
Estaba sentada en un pequeño puesto, con el pelo negro enredado y una mancha de pintura azul en la mejilla. Vendía pequeñas tablas de madera decoradas con fileteado porteño. Eran piezas simples, casi toscas, pero tenían algo, una energía que me atrapó.
Llevaba una remera gastada y unos jeans rotos. Parecía que no tenía nada, y al mismo tiempo, que lo tenía todo.
Me acerqué, fingiendo interés en su arte.
"¿Cuánto por esta?", pregunté, señalando una tabla con un pájaro de colores vibrantes.
Ella levantó la vista, sus ojos oscuros me analizaron sin prisa. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
"Para vos, que tenés cara de niño rico aburrido, es más caro", dijo, con un acento porteño marcado.
Me reí. Nadie me hablaba así. Nunca.
"Me llamo Lina", se presentó, extendiendo una mano manchada de pintura.
"Máximo", respondí, estrechando su mano.
Ese fue el principio del fin. No lo sabía entonces, pero esa mujer, "Lina", era en realidad Luciana Salazar, la única hija de un magnate minero, más rica que toda mi familia junta. Y yo no era más que el objetivo de una apuesta.
Una apuesta que ella hizo con su círculo de amigos, incluido mi propio primo, Iván Brooks.
La apuesta era simple y cruel: ¿podría la falsa artesana pobre hacer que el intocable heredero de los Castillo, yo, renunciara a todo por amor?
El premio era un caballo de polo de pura sangre. Una fortuna sobre cuatro patas.
Y yo, ciego, enamorado como un idiota, caí directo en su trampa.
También te puede gustar





