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Portada de la novela Mi Único Propósito: Venganzar

Mi Único Propósito: Venganzar

Lo dejé todo por Luciana, una supuesta artesana que resultó ser una magnate sin escrúpulos. Mi mundo colapsó al saber que nuestro romance fue solo una apuesta con mi primo. Humillado y tras rechazar ser su amante, fingí mi muerte para planear mi revancha. Cinco años después, regreso con otra identidad decidido a aniquilar su imperio. He vuelto para arrebatarle cada lujo y cobrarme su traición, demostrando que su cruel juego por fin ha llegado a su desenlace.
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Capítulo 3

Mi padre me citó en la bodega principal. El aire era frío y olía a roble y a uva fermentada.

"He oído que te estás viendo con una artesana de San Telmo", dijo, sin mirarme, mientras hacía girar el vino en su copa.

"Se llama Lina y la amo", respondí, con más convicción de la que había sentido en mi vida.

"El amor no paga las cuentas, Máximo. Rachel Hewitt sí. La boda es en tres meses. Es mi última palabra".

Lo miré. A mi padre, al imperio que había construido, a la vida que me habían diseñado. Y por primera vez, no sentí nada. Solo el deseo de volver al pequeño taller de Lina, con su olor a aguarrás y a mate cocido.

"Entonces quédate con todo", le dije. "Renuncio. A la herencia, al apellido, a todo".

Su cara se puso roja. La copa de cristal se estrelló contra el suelo de piedra.

"¡Largo de aquí! ¡No vuelvas a poner un pie en esta propiedad! ¡Ya no eres un Castillo!".

Su grito resonó en la bodega. Salí de allí sin mirar atrás. La mejilla me ardía por la cachetada que me había dado, pero no me importaba. Era libre.

Conduje como un loco hasta Buenos Aires, hasta el taller de Lina en un viejo conventillo de La Boca. Necesitaba verla, decirle que lo había dejado todo por ella, que ahora solo la tenía a ella.

Pero cuando llegué, la puerta estaba abierta y el lugar estaba lleno de gente.

Jóvenes vestidos con ropa de marca, bebiendo champán directamente de la botella. La música electrónica retumbaba en las paredes desconchadas.

Y en el centro de todo, estaba ella. "Lina".

Pero no era mi Lina.

Llevaba un vestido de seda negro que valía más que mi auto. Su pelo estaba perfectamente peinado y su maquillaje era impecable. Estaba apoyada con elegancia en el capó de un Ferrari rojo brillante, estacionado justo donde antes había caballetes y lienzos.

Me vio entrar. Una sonrisa burlona, helada, se extendió por su cara.

"¡Máximo, querido! Justo a tiempo para la celebración", dijo, levantando su copa.

La multitud se giró para mirarme. Las risas empezaron, primero bajas, luego abiertas y crueles.

"¿Celebración?", pregunté, con la voz rota.

"Claro", dijo ella, acercándose a mí. Su perfume caro me golpeó, borrando el recuerdo del olor a pintura. "Gané la apuesta. Gracias a ti".

Mi primo, Iván, apareció a su lado, sonriendo.

"Te lo dije, Luciana. Es un idiota sentimental. Caería rendido".

Luciana se encogió de hombros, sin apartar sus ojos de los míos.

"Y vaya si cayó. Renunció a todo. ¿Pueden creerlo? Todo por mí".

La risa se hizo más fuerte, un muro de sonido que me aplastaba.

"El caballo es mío", continuó Luciana, su voz un susurro venenoso solo para mí. "Un pura sangre increíble. Valió la pena el esfuerzo de fingir ser pobre, ¿no crees?".

Me quedé paralizado, el corazón hecho pedazos. El mundo se desmoronó a mis pies. No era amor. Era un juego. Y yo había sido el peón más estúpido de todos.

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