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Portada de la novela Mi Talento Robado

Mi Talento Robado

Mientras Ricardo lucha contra la pobreza como músico, su primo Alejandro disfruta de una riqueza sospechosa. Tras morir en un accidente, Ricardo descubre una traición devastadora: Alejandro y Sofía, su prometida, le robaron su éxito y energía mediante un amuleto oscuro. Al despertar milagrosamente justo antes del desastre, decide aprovechar este reinicio para ejecutar una venganza implacable contra el magnate que lo sacrificó sin piedad.
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Capítulo 2

El sudor me corría por la frente y se mezclaba con la pintura barata de calavera que llevaba en la cara, era la tercera serenata de la noche y mis dedos ya no sentían las cuerdas de la guitarra, el traje de charro, que alguna vez fue mi orgullo, ahora se sentía como una armadura pesada y sofocante, cada nota que tocaba era un esfuerzo, un recordatorio de que mi sueño de ser un gran mariachi se estaba ahogando en noches de trabajo sin fin por unos cuantos pesos.

Por una noche entera, de cantar hasta que la garganta me ardiera, me llevaba a casa apenas lo suficiente para pagar la renta y la comida, trabajaba siete días a la semana, a veces durmiendo apenas cuatro horas, mientras mi primo, Alejandro, se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses.

Alejandro "El Magnate" Gómez, mi primo, vivía en otro universo, no trabajaba, o al menos, nadie lo había visto nunca trabajar de verdad, pero su cuenta bancaria se inflaba como por arte de magia, decía que todo era gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana que nunca se quitaba, mientras yo contaba monedas, él contaba fajos de billetes, ganaba diez veces más que yo, quizás cien veces más, y se aseguraba de que yo lo supiera.

Llegué a mi pequeño departamento arrastrando los pies, el cuerpo me dolía, lo único que quería era derrumbarme en la cama y dormir, pero sabía que eso no iba a pasar, Sofía, mi prometida, me esperaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados y una expresión de profundo desprecio en su rostro.

"¿Eso es todo lo que trajiste?" preguntó, señalando con la barbilla los pocos billetes arrugados que dejé sobre la mesa.

"Fue una noche lenta, mi amor", le dije, la voz ronca por el cansancio.

"Una noche lenta", repitió ella con sarcasmo. "Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza".

Cada palabra suya era un golpe, sentía un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y agotamiento.

"Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", intenté defenderme.

"No es suerte, Ricardo, es ambición, es saber lo que uno quiere y tomarlo, algo que tú nunca entenderás", se levantó y se acercó a mí, su hermosa cara torcida en una mueca de asco. "Mírate, hueles a alcohol y a fracaso".

No dije nada más, no tenía la fuerza para discutir, me di la vuelta y me dirigí al baño, necesitaba una ducha, necesitaba lavar el cansancio y la humillación, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, escuché su voz, más fría que nunca.

"Esta noche Alejandro me invitó a cenar, me llevó a un lugar donde la cuenta costó más de lo que tú ganas en un mes, me trató como una reina, no como la prometida de un mariachi fracasado".

Cerré los ojos, el dolor era agudo, me sentía vacío, completamente solo, me metí en mi viejo coche, un trasto que apenas funcionaba, y conduje sin rumbo, las luces de la ciudad se veían borrosas a través de mis lágrimas, la voz de Sofía resonaba en mi cabeza, comparándome, humillándome, la imagen de Alejandro sonriendo, con su vida de lujos, me torturaba.

Estaba tan cansado, tan increíblemente cansado, los párpados me pesaban una tonelada, en un parpadeo, todo cambió, unas luces cegadoras llenaron mi visión, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante, el mundo se rompió en pedazos de metal y vidrio.

Lo último que sentí fue un dolor agudo en el pecho, y luego, oscuridad, silencio.

Morí.

Pero mi conciencia no se desvaneció, flotaba en la nada, una espectadora silenciosa, y entonces los vi, Alejandro y Sofía, estaban de pie junto a los restos de mi coche, no había dolor en sus caras, no había sorpresa.

"¿Funcionó?", preguntó Sofía, la voz temblorosa pero no por el miedo, sino por la excitación.

Alejandro sonrió, una sonrisa torcida y malvada, se tocó el collar de obsidiana en su cuello. "Por supuesto que funcionó, mi amor, el amuleto nunca falla, cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío, su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte... su muerte es el pago final, la consolidación de mi poder".

Sofía se lanzó a sus brazos, besándolo con una pasión que nunca me había mostrado a mí. "Entonces, ¿ahora todo es nuestro?", susurró contra sus labios.

"Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada".

La traición me quemó más que cualquier herida física, mi vida entera, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte... todo había sido un combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme, la rabia me consumió, una furia tan intensa que sacudió la nada en la que me encontraba.

Y de repente, todo fue luz.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando, el olor a gasolina y a ambientador de pino, mis manos temblaban sobre el volante, pero estaban intactas, mi pecho no dolía, no había vidrios rotos, no había sangre.

Miré el reloj del tablero, eran las 2:37 AM, el momento exacto, segundos antes del accidente, un sudor frío me recorrió la espalda, no estaba muerto, había vuelto.

Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes.

Esta vez, El Magnate iba a caer.

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