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Portada de la novela Mi Suegra: El Veneno en Casa

Mi Suegra: El Veneno en Casa

Tras volver a la vida, Luciana interviene justo cuando Soledad, su suegra, pone en peligro al pequeño Leo mediante un ritual negligente. Aunque sufre una quemadura al salvarlo, evita la tragedia que marcó su pasado. Pese al maltrato de Soledad y la sumisión de su esposo Máximo ante su madre, Luciana renuncia a su antiguo papel de huérfana indefensa. Ahora, impulsada por el deseo de proteger a su hijo, emprende una implacable venganza contra su familia política.
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Capítulo 2

El olor a cera quemada y el llanto débil de mi hijo Leo me sacaron de una pesadilla que se sentía demasiado real.

Abrí los ojos y el pánico me inundó.

Soledad, mi suegra, estaba de pie junto a la cuna de Leo, sosteniendo una veladora encendida peligrosamente cerca de su carita.

"La luz sagrada es como la luz del sol, Luciana, es la luz de Dios. Sanará la ictericia de mi nieto."

Su voz era un susurro santurrón, el mismo que había escuchado en mi vida pasada justo antes de que todo se convirtiera en cenizas.

No, esto no era una pesadilla. Era mi segunda oportunidad.

"¡Quítate de ahí!"

Mi grito fue ronco, lleno de un odio que no sabía que podía sentir. Me levanté de la cama, ignorando el dolor de mi cuerpo recién parido, y corrí hacia ellos.

Apagué la vela con la mano, sin importarme el dolor de la quemadura. Lo único que importaba era el rostro asustado de Leo, sus pequeños pulmones luchando por aire en la habitación llena de humo.

"¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vas a matar a mi hijo!"

Soledad me miró con los ojos muy abiertos, ofendida. "¡Insolente! ¡Estoy tratando de ayudar! ¡Este niño está enfermo por tu culpa, por tu sangre débil de huérfana!"

En ese momento, mi esposo, Máximo, entró en la habitación. Vio la escena, la vela apagada, a su madre con cara de víctima y a mí temblando de rabia.

"Luciana, ¿qué pasa? ¿Por qué le gritas a mi mamá? Ella solo quiere lo mejor para el bebé."

La estupidez en su voz, la misma obediencia ciega que nos había matado a todos, encendió la última chispa de la vieja Luciana.

"¿Lo mejor para él? ¡Casi lo asfixia!"

Máximo se interpuso entre nosotras, protegiendo a su madre. "No exageres. Es solo una vela. Deberías mostrar un poco de respeto."

Esa fue la gota que colmó el vaso.

"Respeta esto."

Lo empujé con toda la fuerza que pude reunir. Él, sorprendido, tropezó hacia atrás.

Luego me giré hacia Soledad.

"Nunca más te acerques a mi hijo."

En el forcejeo, la empujé. No con la intención de hacerle daño, sino de alejarla de mi bebé. Pero ella tropezó y se golpeó la frente contra el marco de la puerta.

Un pequeño corte apareció en su piel, y la sangre comenzó a brotar.

Mi suegro entró corriendo, atraído por el ruido. "¿Qué está pasando aquí? ¡Luciana, le has pegado a tu madre!"

Soledad comenzó a llorar a gritos, un teatro que conocía muy bien. "¡Me atacó! ¡Esta mujer está loca! ¡Solo quería bendecir a mi nieto y ella me atacó!"

Máximo corrió a ayudar a su madre, mirándome con puro odio. "¡Estás loca, Luciana! ¡Vamos a llevar a mamá al hospital!"

Pero Soledad negó con la cabeza, sus sollozos se calmaron un poco mientras su mentalidad tacaña se apoderaba de ella.

"No, no, un hospital es demasiado caro. Tengo un ungüento de hierbas que me dio la curandera. Es mejor que cualquier cosa de esos doctores."

La vi entrar en la cocina y regresar con una pasta verdosa y maloliente, mezclada con lo que parecía ser ceniza y tierra. Se la aplicó en la herida abierta.

Yo no dije nada.

Simplemente observé.

Sabía que esa herida se infectaría. Sabía que el verdadero infierno para ellos apenas estaba comenzando.

Tomé a Leo en mis brazos, lo abracé con fuerza y salí de la habitación.

"Voy a llevar a mi hijo a un hospital de verdad."

Nadie intentó detenerme. La visión de la sangre y mi fría determinación los había dejado paralizados.

Esta vez, las cosas serían diferentes.

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