Portada de la novela No soy de nadie

No soy de nadie

8.6 / 10.0
En No soy de nadie, una joven marcada por una profecía es capturada tras un asalto. Esta novela de romance y mafia narra su lucha por sobrevivir junto a un enemigo sediento de venganza. Descubre esta historia de traición y acción en nuestra plataforma de web novels free y lee libros online.
Resumen de No soy de nadie
Amira, marcada por una profecía árabe, pierde su libertad tras un ataque violento antes de su matrimonio arreglado. Vendida como esclava, termina en manos de un joven que busca destruir a su familia por venganza. A pesar del odio histórico entre sus linajes, una pasión prohibida surge entre ambos. Rodeada de traiciones y misterios, ella enfrentará un dilema: seguir el camino dictado por su destino o amar al hombre que juró ser su peor enemigo.
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No soy de nadie Capítulo 1

Amar, elegir, soñar… Esas palabras me han sido vedadas desde que mis ojos vieron la luz del sol. Nunca me he considerado una persona quejicosa, de las que suelen ver molinos de viento en cualquier sitio. No exagero cuando afirmo que en la ruleta del destino he salido perdedora. Mientras los problemas de algunas chicas de mi edad se centran en lucir a la moda, yo tengo que lidiar con la clásica pregunta de una joven árabe: ¿Quién será el sujeto que me escogerán por esposo?

Haber nacido mujer dieciséis años atrás tronchó todos los planes de mi distinguida familia. Mi padre esperaba un digno sucesor para su estirpe, alguien con cromosomas «XY»; no una «pequeñaja chillona». Así se refiere a mí porque es eso lo que significo en su vida. Por más que he intentado ser amable, cariñosa y aplicada no he conseguido de él una mirada cálida. Estoy harta de complacerle, pero he aprendido a callar y fingir. ¿Qué sentido tendría hablar cuando ya todo ha sido dicho? Mi opinión nunca ha valido, como no vale la de mi madre ni la de las mujeres que nos precedieron.

Un pequeño castigo ha recibido de lo alto el excelentísimo señor Abdul Salem -así me hace llamarle-; Dios le regaló la maldición de procrear solo una vez. Aunque odie lo que yo represento, depende de mí para perpetuar su nombre.

Pero no todo le ha salido mal. No soy una chica común, sino la Lumbrera de Ruhit, la luz blanca que ha emergido en una ciudad mora, el cumplimiento de una profecía de doce siglos de antigüedad. De tanto escuchar a los ancianos, ya la he aprendido de memoria: «Surgirá una estrella en forma de mujer. Tendrá la marca de la luna en el rostro y el cielo en su mirada. Su descendencia será tan numerosa como la arena del mar. De ella saldrá el libertador que recuperará la gloria de nuestra nación con fuego y espada».

He nacido con un lunar de cinco puntas en el centro de la frente, piel de marfil resplandeciente y ojos añil. Como colofón, mi cabello es de un color negro azulado y luzco en mis gruesos labios una grácil sonrisa. La probabilidad de que mis rasgos se asemejen a la descripción de la profecía es alta estadísticamente, pero no definitiva. El vínculo entre lo místico y la realidad ha corrido a cargo de las malas lenguas del poblado.

Por eso, mi padre no se ha tomado las propuestas de matrimonio a la ligera. Lleva varios meses valorando los posibles pretendientes. Busca a alguien que le asegure una alianza comercial lucrativa y que, además, provenga de un noble linaje. Actúa de igual modo que quien empareja a dos perros de raza. Primero, se cerciora del pedigrí; y luego, los encierra en un mismo sitio como si fuese el dueño de su destino. Es eso lo que significo para él, una cachorra que se subasta al mejor postor. Quien me ofrezca un apellido de prestigio y me asegure un plato de comida sobre su mesa, ganará como trofeo ser el amo y señor de mi cuerpo y domesticar mi voluntad. Duele igual que si una mano invisible se adentrase en mi pecho y me arrancase el corazón a trozos. Duele, pero cada día un poco menos.

En esta época, los cerberos que custodian mi jaula de cristal han apretado los cerrojos. Por órdenes del amo, no se me permite deambular por la casa sin que dos o tres guardaespaldas me sigan los pasos. Solo me es lícito bajar sin compañía al patio privado de mi habitación. Allí disfruto del contacto estrecho con la naturaleza. Ese es uno de mis pocos placeres. Sin embargo, prefiero mantenerme informada de lo que sucede más allá de las cuatro paredes que conforman mi mundo.

En el pasillo, unos golpes secos repiquetean con prepotencia y, de vez en vez, se camuflan tras risas sardónicas. Con el oído pegado a la puerta se me pasan las horas. La gruesa madera adultera los sonidos. Adivino a medias las palabras mientras la infinita espera acumula temores en mi alma. Me intrigan los silencios tanto como los murmullos incomprensibles.

Escucho el tintineo de los cristales y el sonar de unos pasos apresurados que se acercan. Tal vez, los hombres celebran con una costosa bebida el haber llegado a un acuerdo.

Mientras me devano los sesos sacando conclusiones incoherentes, los cerrojos de mi jaula se abren. Debe ser el momento que tanto he temido. La ansiedad se mezcla en mis movimientos y descompasa el ritmo de mi respiración. En lo más profundo de mí, intento hallar consuelo en cosas superfluas que de poco importan. No me interesa conocer otros sitios del mundo ni ser llamada señora por esclavas que son más felices que yo. Tampoco deseo encontrar un marido desconocido aunque sea de hermoso semblante. Solo anhelo ser invisible e incorpórea hasta que halle un átomo de paz.

—¡No tengo miedo! —vocifero para ahuyentar el escalofrío que me hace temblar a pesar de que la temperatura ambiente sobrepasa los cuarenta grados. En este infierno de vida, la tortura psicológica viene acompañada de un baño de vapor. Es un paquete completo por el mismo precio. —No tengo miedo —me repito cuando el pomo de la puerta gira, pero esta vez lo murmuro con la voz resquebrajada.

Cierro los ojos para no colocar un rostro a mi pesadilla. Sé que, mientras viva, rememoraré este instante.

Una sombra misteriosa inunda la habitación con sus sonidos. Su andar despreocupado contrasta con la torpeza de mis movimientos. Mis párpados me traicionan y se entreabren sin permiso. Sé que necesito ser valiente para afrontar el destino que me sobreviene. Batalle o no, los resultados serán los mismos, pero aún existo y no pretendo amilanarme; así que coloco en mi rostro una sonrisa fingida que merece un premio Oscar.

Levanto el mentón hasta quedar en frente de mi visitante. Con gran pesar, descubro que es Fátima, mi madre, la portavoz de las malas noticias. Ignoro si ella se ha prestado como voluntaria o si al excelentísimo señor Abdul Salem le faltan las agallas para enviarme personalmente al cadalso.

A pesar de que es una mujer joven en la etapa temprana de las cuatro décadas, sabe que su belleza se aproxima a la fecha de expiración. Como náufrago en el agua, chapotea en varias direcciones con el solo objetivo de complacer a su esposo a cualquier costa.

Tomo una gran bocanada de aire. Cuando el vapor resbala por mi nariz y me quema el esófago, mis pulmones se defienden con un golpe de tos.

—Hace bastante calor. ¿No es cierto? —El parloteo incoherente de mi madre rompe el pavoroso silencio.

Mala manera la suya de comenzar una conversación importante. No somos las meteorólogas que anuncian el estado del tiempo. Estamos hablando de mi futuro.

Mientras ella trata de disimular sus verdaderas intenciones, se deja caer sobre un diván. Sus manos recorren los arabescos de uno de los cojines. Hace muy poco tiempo, los bordamos juntas. En ese entonces, me enseñaba a ser una doncella virtuosa. Hoy viene a impartirme clases acerca de cómo convertirme en una esposa sumisa. En ellas me explicará con lujo de detalles la manera en que he de bajar la cabeza y aceptar mi destino

—No es el calor lo que me ha producido la tos —concluyo con la voz carente de afectividad.

Hasta ahí llega mi protesta. Apenas dibujo entre líneas lo que deseo gritar a los cuatro vientos. Busco en sus facciones inexpresivas algún resquicio de humanidad. Me aplano las neuronas mientras intento recordar cuándo fue la última vez que ambas intercambiamos un saludo cariñoso o, al menos, una frase cálida. Por más que me esfuerzo, no lo consigo. Hay un divorcio afectivo entre el ser que me cargó en el vientre durante nueve meses y yo. Hasta cierto punto, entiendo que un padre se desvincule de su descendencia; ¡pero que lo haga una madre es inadmisible!

Sin embargo, ella permanece inmóvil, sin pestañear siquiera. Me pregunto si se gesta alguna clase de lucha moral en su interior o si, simplemente, carece de corazón. Tras un breve instante, carraspeo. Prefiero que me suelte la verdad a secas, sin adornos superfluos. La espera es la peor etapa de la tortura.

Ella capta mi señal indirecta y se mueve con delicadeza hasta quedar a mi lado.

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Tabla de contenidos de No soy de nadie

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
Ch. 6
Ch. 7
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Ch. 9
Ch. 10
Ch. 11
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