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Portada de la novela Mi otro yo

Mi otro yo

Una abogada de perfil bajo debe preparar un juicio decisivo en tiempo récord tras ser desafiada por su superior. En medio de esta presión, un evento trágico altera su vida por completo. Pronto se enfrenta al «Tiburón de California», un magnate de las leyes invicto que esconde un secreto sobre quién es realmente. Ella le atribuye acciones que él jura no recordar, iniciando una guerra donde el millonario usará su influencia para callarla y salvar su estatus.
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Capítulo 3

Mientras busco la manera de encender el auto, el hombre se levanta, se para al frente del auto y comienza a caminar hacia mi ventanilla, pero para mi alivio, el auto encendió, pisé a fondo el acelerador y él salió volando hacia un lado para evitar ser atropellado, en ese instante la verdad llegó a mi mente y comencé a llorar mientras manejaba hasta mi casa, "¡Oh por Dios! Estuve a punto de ser violada".

Cuando llegué al aparcamiento de mi edificio, tomé mi portafolio y mi cartera, cerré el auto con fuerza y ni siquiera me atreví a esperar el ascensor, si no que subí corriendo por las escaleras descalza, como si mil demonios me persiguieran mientras no dejaba de llorar, me pasaba la mano por el rostro limpiando mis lágrimas y tratando de quitar el rastro de la saliva que ese hombre había dejado en mí, me dieron arcadas y traté de contenerlas hasta llegar a la tranquilidad de mi hogar.

Llegué a mi departamento que se ubicaba en el quinto pi-so, abrí con premura, cerrando inmediatamente la puerta y poniéndole el pasador. Tiré todo al suelo, me deslicé por la puerta y caí al piso, mientras mis lágrimas bajaban incesantemente, sentía mi corazón encogido, tenía el tacto desagradable de ese hombre en mi piel, su aliento a alcohol producía un profundo asco en mí, me sentía sucia, asustada, los sollozos iban en aumento llenando el silencio del lugar, mi acogedor apartamento me producía miedo y angustia, me levanté del piso temblando, mis piernas se movían como flan, tenía la sensación de que en cualquier momento me desplomaría, tanto así que me debí sostener de la pared.

Caminé vacilante hasta el baño, sentí como si todo el peso del mundo hubiese sido puesto en mis hombros, me incliné en el inodoro y comencé a vomitar todo lo que tenía en mi estómago, el asco y la sensación de desagrado permanecían en mi boca dándome un sabor amargo.

Me dirigí a ducharme con todo y ropa, me sentía asquea-da por todo lo que me acababa de suceder, me estrujé el rostro con fuerza, las piernas, los brazos y toda parte de mi cuerpo que tuvo contacto con ese mal nacido, me enjaboné y me aplicaba champú tratando de borrar todas las huellas de sus ma-nos y de su boca en mí, mientras mi llanto se mezclaba con el agua que salía de la ducha.

Temblaba de los nervios pensando en que pudo haberme violado, no había sido hasta ese instante que internalicé todo lo que pudo haberme ocurrido. Tomé mi bata de baño para cubrirme después de haber estado más de una hora bajo la ducha y me coloqué una toalla en el cabello.

Al salir del baño, me preparé un té de manzanilla para tranquilizarme y me senté en uno de los bancos del mesón, cuando había consumido media taza, escuché el timbrado del teléfono fijo y aunque por un momento pensé en no atenderlo, al final decidí hacerlo para evitar caer en la tentación de continuar pensando en lo que acababa de pasarme, me urgía hacer de tripas corazones y serenarme, tenía que seguir estudiando el expediente porque pasado el día de mañana, tendría lugar el juicio y estaba obligada a ganarlo.

-¡Aló! -respondí tratando de tranquilizar mi voz, sin embargo, no pude evitar que me saliera un poco agripada.

-Kadece hija, ¿Estás bien? -me sorprendió escuchar la voz de mi madre.

Esa señora tenía un radal para detectar cuando estaba en peligro, me sentía mal o cuando las cosas no estaban saliendo convenientemente para mí.

-¡Estoy bien mamá! -respondí tratando de simular mi inquietud. Pero en ese momento entendí por qué decían que a una madre nunca puede engañársele.

-Kadece Keshia -pronunció mis dos nombres, con un tono de severidad, que me indicaban de acuerdo a mi experiencia que estaba enojada, porque tal vez se había dado cuenta de que no le estaba diciendo la verdad.

Titubeé por un instante, tratando de encontrar las palabras adecuadas que me permitieran tranquilizarla, pero al parecer otra vez se dio cuenta de mi intención y de inmediato continuó con su arenga.

-¡Ni lo intentes! -exclamó molesta -. Lo único que puede lograr mi tranquilidad, es que me cuentes lo ocurrido.

Medité por un momento y decidí contarle una media ver-dad, para que ella no detectara mi mentira.

-No es nada de qué preocuparse, mamá. Hoy tuve un día duro en el trabajo. Me asignaron un expediente en una materia que no estoy acostumbrada a ejercer y eso me tiene un tanto nerviosa.

-Creo que no tienes por qué estarlo, eres una chica muy inteligente, solo que a veces te subestimas y dudas mucho de tus capacidades, tienes que aprender a confiar en ti misma. Y ahora toma ese caso, analízalo y gánalo, para que así todos sepan que eres la más lista de todos en ese bufete -me animó mi madre en un tono amoroso.

Hablamos por media hora más, me contó de mis herma-nos, de lo bien que les iba en el colegio y sobre las fisioterapias que hacía mi padre, las cuales estaban haciendo que se recuperara satisfactoriamente. Él había tenido un accidente de trabajo hacía seis meses, mientras estaba reparando un vehículo de uno de sus clientes, la cámara se desprendió y le cayó en su pie izquierdo aplastándoselo, pero quedando adherido a su músculo, por ello debieron someterlo a una operación por muchas horas, en la cual volvieron a conectarle las extremidades parcialmente cercenadas. Actualmente, estaba sometido a terapias de reentrenamiento para su rehabilitación, ese era el motivo por el cual ahora soy el sostén de la familia, porque mi padre por los momentos estaba incapacitado para trabajar.

Cuando corté la conversación con mi madre, los desagradables recuerdos del día que tuve, intentaron nuevamente colarse en mi mente para seguir incordiándome, pero los deseché con inmediatez porque necesitaba de toda mi concentración.

Me senté en mi cama con mis portafolios para revisar el caso nuevamente, porque por primera vez desde que vivía sola me dio temor trabajar en la mesa del comedor, no sin antes cerrar la puerta de la habitación con seguro, rodar la peinadora y colocarla en la entrada.

Continué mi revisión exhaustiva, hasta que hubo algo que captó mi atención, no me cuadraban ciertas fechas de la firma del contrato, los datos en la identificación de mi clienta y del certificado de matrimonio, busqué las actas de nacimiento, pero solo estaba legible la del señor Andrew Jones, mientras en la de mi clienta había ciertos datos que estaban difusos, fruncí el entrecejo, porque eso me pareció bastante curioso. Sin embargo, tomé nota para ubicarla al día siguiente, seguí examinando mi caso hasta quedarme dormida, sin darme cuenta.

En la bruma de mi sueño escuchaba a lo lejos una fuerte campana, me giré tratando de opacar ese insistente sonido que buscaba alterar mi tranquilidad, mientras en los brazos de Morfeo seguía soñando con el guapo y apetecible de mi jefe. Era su cumpleaños y le habían llevado un presente en una caja grande, pero lo curioso de todo es que yo me encontraba dentro de la misma, solo cubierta por mi ropa interior y una gran cinta roja en forma de lazo en mi cabeza, decorada como el más grande regalo de Navidad.

Mi jefe abrió la caja y al mirar que yo estaba dentro con su ceño fruncido me dijo: «Kadece ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás perdiendo tiempo en estas cosas, en vez de estar estudiando el caso que te reté a ganar?», al instante me desperté abriendo los ojos con sorpresa, me giré en la cama y sentí un montón de hojas, allí caí en cuenta que me había quedado dormida leyendo sobre el caso y que todos mis documentos yacían desparramados en mi lecho, arrugados y cubiertos con mi cuerpo.

Me levanté de inmediato y comencé a recoger mi desastre, no podía creer que hubiese sido capaz de quedarme dormida sin importarme deteriorar esos papeles, definitivamente:

-¡Eres una loca de atar Kadece! -me dije e inmediatamente comencé a plancharlos con mis manos y la preocupación se acrecentó en mí al ver que había roto unas cuantas hojas.

-¡Ay Dios! ¿Qué voy a hacer si por cosas de la vida me piden el expediente? -enseguida comencé a aplanar cada hoja arrugada con la plancha, pero en una de esas lo caliente de la misma produjo que el papel se pusiera con una mancha os-cura de lo quemado. ¡Me quería morir! De allí la desconecté y fui planchándolos lentamente y con mucho cuidado para evitar un accidente similar.

Inmediatamente después me puse a buscar una cinta adhesiva plástica para colocarla detrás de las hojas, con la finalidad de simular el rasgado de las mismas. Pero aunque busqué en cada gaveta y cajones que encontré en mi departamento, mis esfuerzos fueron infructuosos, no pude encontrar algo que me sirviera.

-Juro que esto solo le pasa al coyote y a mí -expresé mortificada y en voz alta. Entretanto decidí ducharme con celeridad para llegar temprano a la oficina y tratar de reparar el desastre que había hecho con el expediente y rogar que nadie lo notara, porque yo no tenía intenciones de mencionarlo ¿Eso no era mentir o sí?

"La omisión es el aroma de la mentira." Sande.

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