
Mi Luna se convirtió en alfa después de que la rechacé
Capítulo 2
Octavia regresó y le dijo a su ama que el alfa Aiden no aparecía por ninguna parte, que se había ido de la casa. Amelia dejó escapar un suspiro tembloroso mientras miraba a su hija, con el pecho apretado por la preocupación.
Entonces tomó su celular y llamó a su esposo. Esta vez, él contestó. "¿Qué quieres?".
Su voz era fría y distante. La atravesó como un cuchillo. De fondo, oyó la voz de una mujer.
"¿Es Amelia?". El tono le resultaba dolorosamente familiar. Era Sofia; él estaba con ella.
Con dedos temblorosos, Amelia apretó el celular con fuerza. "Aiden... es Eva. Está enferma. Tenemos que llevarla al hospital", dijo con la mayor calma posible, pero su voz se quebró un poco.
"Ya voy", respondió él y colgó.
Aiden había estado viendo a Sofia. ¿Desde cuándo? La idea le oprimió el pecho, amenazándola con hacerla perder la razón.
Pero ahora no era el momento de pensar en eso, porque Eva era lo único que importaba. Así que se volvió hacia su hija, quien ahora respiraba débil y superficialmente; la fiebre parecía estar bajando.
"Octavia, puedes irte a dormir. Yo pasaré la noche con mi hija y esperaré a Aiden".
La niñera asintió en silencio y se fue, cerrando la puerta tras de sí. Sola, Amelia se sentó junto a la cama de la pequeña y le acarició el pelo húmedo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
"Mami, ¿por qué lloras? Estoy bien. Me voy a mejorar", dijo Eva en voz baja.
Forzando una sonrisa, su madre le respondió: "Lo sé, cariño. Eres una niña fuerte. Papá ya viene. Te llevará al hospital".
La niña asintió.
"Eva... vamos a tener un bebé", soltó Amelia en voz baja.
Al escuchar esa noticia, una amplia sonrisa se dibujó en los pálidos labios de la niña. "¿Voy a tener un hermanito?", susurró, con la voz quebrada, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
Siempre había querido un hermano, alguien con quien jugar, a quien proteger.
"Sí, un hermanito", susurró la mujer, secándole las lágrimas a su hija.
"Lo llamaré Arthur... y compartiré todos mis juguetes con él; será el próximo alfa. Los dos lo seremos".
Amelia sonrió entre lágrimas, apartando el pelo de su hija; sin embargo, en ese momento... la niña empezó a temblar, violentamente.
Antes de que Amelia pudiera reaccionar, Eva vomitó sangre. Al notarlo, la madre se asustó.
"¡Criadas!", gritó. "¡Limpien esto! ¡Octavia! ¡Toallas! ¡Ahora!".
Limpió a su hija rápidamente, sintiendo el corazón desbocado.
"No pasa nada, cariño, te pondrás bien. Papá ya casi llega", susurró, abrazándola con fuerza, tratando de evitar que sus propias manos temblaran.
"Te quiero, mami...", susurró Eva con debilidad.
"Yo a ti, cariño".
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y el alfa Aiden entró, recorriendo la habitación con la mirada.
"¿Qué pasa?", preguntó él con brusquedad y se acercó para tomar a su hija de los brazos de Amelia.
Pero la niña se aferró con fuerza a su madre, agarrándola de la ropa con sus pequeñas manos; no quería irse, aún no.
"No sé qué está pasando...", dijo Amelia, con la voz quebrada.
Corrieron hacia el auto y, minutos más tarde, llegaron al hospital. Ahora estaban fuera de la habitación, observando cómo los médicos atendían a su hija frenéticamente.
Aiden caminaba de un lado a otro, con las manos apretadas y la mandíbula tensa. Parecía un lobo enjaulado y enfadado. De repente, se giró para mirar a Amelia y soltó entre dientes: "Si le pasa algo a mi hija, te juro por Dios que te haré pagar".
Ella parpadeó, atónita. "¿Qué... demonios estás diciendo?", preguntó con incredulidad.
Pero no iba a discutir con él, no ahora, ya que lo único que importaba era Eva. En ese momento, el médico salió de la habitación.
"Doctor, ¿cómo está ella?", preguntaron ambos, con las voces superpuestas.
El médico dudó. "Su hija fue envenenada... pero estamos haciendo todo lo posible para...".
De repente, una enfermera se acercó y le susurró algo con urgencia. Él asintió y la siguió.
"Disculpen", murmuró el doctor y se alejó.
Entonces Aiden se volvió hacia Amelia con los ojos desorbitados y ladró: "Tú... envenenaste a Eva, ¿verdad? ¡Dios mío! Todo el mundo me lo advirtió, me dijeron que harías algo así. ¡Debí haberme dado cuenta de que eres una malvada!".
Amelia lo miró, demasiado atónita para hablar. ¿Envenenar a Eva? ¿A su propia hija? ¿A la niña que llevó en su vientre durante nueve meses? ¿A la pequeña por la que casi murió al dar a luz?
Abrió la boca, pero no salió nada, solo un jadeo silencioso. No sabía qué decir en ese momento.
En silencio, se dio la vuelta y entró a la habitación corriendo. Eva estaba ahí, pequeña y temblorosa, con los ojos entreabiertos. "Mami", susurró.
"Estoy aquí, cariño. Te pondrás bien", le dijo Amelia, conteniendo el grito que amenazaba con salir de su garganta.
No podía llorar, no ahora, y menos delante de su hija.
"¿Alguien te dio algo en la escuela, cariño?", preguntó ella con suavidad.
"No, mami. Solo comí lo que había en casa después de volver del colegio", respondió la niña en voz baja.
Amelia tragó saliva con dificultad; ella misma había preparado esa comida, y la niñera la sirvió.
¿Pero Octavia? ¡No! ¡Imposible! Esa mujer había estado con Eva desde que esta nació; nunca la envenenaría.
"Te quiero, mami. Lo sabes, ¿verdad?", susurró la pequeña, presionando su pequeña mano contra el vientre de su madre. "Y quiero al bebé Arthur".
La mujer le tomó la mano y sus lágrimas finalmente cayeron al decir: "Yo también te quiero, cariño".
Entonces... Eva cerró los ojos, despacio, y el monitor emitió un pitido largo y penetrante. Segundos después, las líneas del monitor se volvieron planas.
"¿Hija? ¿Qué pasa? ¿Eva? ¡Doctor!", gritó la mujer.
Aiden, sentado fuera de la habitación, se levantó de inmediato.
"¡Doctor! No sé qué le pasa a mi hija. De repente cerró los ojos", gritó Amelia mientras él entraba corriendo.
El equipo médico se arremolinó alrededor de la niña, y entonces...
"Hora de la muerte...", susurró el doctor.
Al instante, Amelia sintió que todo le daba vueltas y se desplomó en el suelo, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Eva... Eva... Estaba muerta...
No sentía el corazón; se había detenido. Le ardían los pulmones; su alma se hizo pedazos en ese momento. Lo último que vio fue el techo girando antes de que todo se volviera negro.
Continuará...
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