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Portada de la novela Mi Luna se convirtió en alfa después de que la rechacé

Mi Luna se convirtió en alfa después de que la rechacé

Tras el rechazo del alfa Aiden y una calumnia que la vinculaba con la muerte de su hija, Amelia es exiliada de la Manada Luna Roja. Pese a que la daban por fallecida, resurge como la imponente líder alfa de Velaris. Años más tarde, regresa convertida en una experta doctora para combatir una letal epidemia. Aiden hallará a una mujer más poderosa que él, quien además protegió el secreto de su hijo. El futuro de su antiguo hogar queda ahora bajo su mando.
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Capítulo 3

Amelia abrió los ojos. Una cegadora luz blanca se encontró con su mirada. Parpadeó una, dos veces, y luego se quedó mirando el techo. Estaba en una habitación de hospital. El olor a alcohol, el silencio, las paredes blancas, todo se le vino encima.

"Amelia", dijo una voz que se le hacía muy familiar.

Giró la cabeza despacio y vio a Tracy, su mejor amiga, sentada a su cabecera.

"Tracy...", dijo con voz ronca. "¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Eva?".

Los ojos de Tracy se oscurecieron de tristeza. Observó a su amiga como se mira a alguien roto, indefenso y con el corazón destrozado.

Al instante, Amelia lo comprendió todo. Eva. Los recuerdos volvieron como un maremoto: la fiebre de su hija, la sangre, el hospital, el monitor cardíaco que se apagaba.

Su hija estaba muerta. Al recordarlo, jadeó, conteniendo la respiración mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

"Alguien envenenó a mi niña, Tracy", susurró con voz entrecortada. "Alguien la mató...".

Agarró las sábanas del hospital con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

"A ella... le encantaba esa comida. Yo misma se la preparé. ¿Cómo pudo estar envenenada?".

"Tienes que calmarte, Amelia. Estás embarazada. Por favor, no deberías estresarte", dijo la otra con suavidad, poniendo sus manos sobre las de ella.

Amelia la miró a los ojos y le preguntó con voz aún temblorosa: "¿Cómo sabes que estoy embarazada?". Ella era la única que lo sabía.

"Me lo dijo el médico".

Un pensamiento repentino se apoderó de Amelia. "¿Aiden lo sabe?".

La otra negó despacio con la cabeza. "No. Se fue antes de que llegaran los resultados de la prueba. Él fue quien me llamó y me pidió que me quedara contigo".

¿Se fue? Acababa de perder a su hija, ¿y su esposo no podía quedarse a tomarle la mano? Más lágrimas brotaron de sus ojos, y se le hizo un nudo en la garganta.

Lo había perdido todo en un solo día: a su hija, a su esposo, su matrimonio. Todo se desmoronó en un instante.

"Necesito hablar con él", murmuró Amelia, apartando las sábanas. Le temblaban las piernas al levantarse.

"No puede divorciarse de mí. Tiene que saber que estoy embarazada de su hijo. Además, yo no envenené a Eva. Nunca le haría algo así a mi propia hija", dijo con la voz entrecortada. "Tenemos que encontrar a quien hizo esto. Quienquiera que haya matado a mi bebé... tiene que pagar".

"Espera", la llamó su amiga, pero Amelia ya estaba fuera de la habitación.

Dejó escapar un largo suspiro, negando con la cabeza; Amelia siempre había sido testaruda, desde la universidad.

Cuando Tracy llegó a la entrada del hospital, la otra ya no estaba. Momentos después, Amelia se bajó del taxi y se paró frente a la Casa de la Manada, con el corazón a mil.

Aiden tenía que escucharla y creerle. Quizás... si le hablaba del bebé, por fin la oiría.

Pensando en eso, respiró hondo y entró. Al pasar, los miembros de la manada se inclinaron en señal de respeto; seguía siendo la Luna, sin importar lo que dijeran.

Entró al ascensor y subió al quinto piso. Fuera de la oficina de Aiden, se detuvo. Al ver que la puerta estaba ligeramente abierta, estuvo a punto de tocar... pero de repente oyó unas voces. Aiden y una mujer: Sofia.

A través de la pequeña rendija, vio a esta última sentada en el escritorio de su esposo con un vestido corto, riéndose en voz baja de algo que él decía. Se le revolvió el estómago al instante.

"No puedo creer que ella envenenara a mi hija", dijo Aiden con voz fría y dolida. "Podría haberme envenenado a mí también. La odio. Solo quiero que firme los papeles del divorcio".

Amelia sintió que el corazón se le hundió de golpe. '¿Cómo puede pensar que envenenaría a nuestra hija?'. Las lágrimas nublaron su vista.

"¿Estás seguro de que lo firmará?", preguntó Sofia, con los ojos muy abiertos por una falsa preocupación.

"No tendrá elección. Después de eso, tendremos la ceremonia de rechazo. La rechazaré", declaró él con rotundidad.

Más lágrimas rodaron por las mejillas de Amelia.

"¿Pero no la amas?", preguntó la mujer.

"No te equivoques. No siento nada por ella".

Sofia sonrió, tocándole el hombro, y dijo: "Sabía que era malvada. Una vez que se haya ido, por fin podremos estar juntos".

El hombre no respondió.

"¿Aiden?", lo llamó ella. "¿Me escuchaste?".

"¿Qué?", espetó él, como saliendo de un trance.

"Dije que por fin estaremos juntos cuando ella desaparezca", repitió la otra con dulzura.

Entonces él asintió. Sin poder soportarlo más, Amelia empujó la puerta y entró. Los otros dos se volvieron, atónitos.

"¿No se supone que deberías estar en el hospital?", preguntó Sofia en voz baja.

"¿Qué quieres, Amelia?", preguntó el hombre con frialdad, levantándose de su silla. Su rostro no mostraba emoción alguna, solo apatía.

"Necesito hablar contigo, Aiden. Por favor", respondió ella, tragando saliva con fuerza, obligándose a no llorar delante de Sofia.

"No tienes nada que decir. Envenenaste a Eva. ¡Mi hija está muerta por tu culpa!", gruñó él.

"¡Yo no la maté!", gritó ella con voz temblorosa. "Nunca envenenaría a mi propia hija...".

Aiden se burló. "¿Quién preparó la comida que comió?".

"Yo, pero...".

"Eso es todo lo que necesito saber. Tú cocinaste, por lo tanto: tú la envenenaste. Así que sal de mi oficina".

"Aiden, yo no... estoy...".

"Ya lo escuchaste. Vete", dijo Sofia con suficiencia, interrumpiéndola.

Amelia apretó los puños. Luego se volvió hacia la otra, con la furia ardiendo en sus ojos, y escupió: "¿Y quién eres tú para hablarme así? Esto es entre mi esposo y yo, así que no te metas".

Sofia sonrió con burla. "Lo dice la mujer que mató a su propia hija. No mereces ser Luna, ni siquiera la esposa de Aiden".

Antes de que alguno pudiera pestañear, Amelia la abofeteó. Dos veces.

"No vuelvas a hablarme así", siseó ella. "Sigo siendo la Luna, y tú no tienes derecho a nada".

A Sofia se le llenaron los ojos de lágrimas falsas, y buscó la compasión de Aiden.

"Vete, Amelia", dijo él con frialdad.

"Aiden...".

"¡Dije que te largaras!", gritó el hombre, golpeando el escritorio con el puño.

Ante eso, Amelia se estremeció. Con un nudo en la garganta, asintió despacio y se dio la vuelta. Antes de que la puerta se cerrara detrás de ella, vio a Aiden abrazar a Sofia, acariciándole el pelo mientras ella lloraba en su pecho.

El dolor fue insoportable. Él no solo le creía a esa mujer, sino que la había elegido.

De vuelta en casa, Amelia se mantuvo derecha a pesar de su dolor. Llamó a todas las criadas de la casa y se paró frente a ellas, con los ojos inyectados en sangre pero decidida.

"¿Quién envenenó a mi hija?", preguntó. Su voz era baja, fría, y peligrosa.

Las mujeres se inclinaron, todas temblando, pero nadie respondió.

"¿Quién sirvió la comida que preparé?".

Octavia dio un paso adelante. "Yo, Luna. Juro por mi vida que no la envenené. He estado con usted y con el alfa Aiden desde antes de que Eva naciera. Nunca le haría daño".

Amelia la miró a los ojos, larga y fijamente, y no vio ninguna mentira; Octavia decía la verdad.

Pero alguien envenenó a su bebé, una persona le arrebató a su ángel.

Sin importar lo que costara, encontraría al responsable y lo haría pagar.

Continuará...

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