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Portada de la novela Mi hermanastro, mi amor

Mi hermanastro, mi amor

Tras la muerte de su madre, Clara Rivera se traslada a vivir con su frío padre, Alejandro, y su esposa Beatriz. En este nuevo hogar surge una pasión prohibida con Rafael, ignorando que él es el hijo secreto que su padre entregó a Beatriz hace años para ocultar su rastro. Mientras Clara desentierra las sombras del pasado familiar, se enfrenta a una realidad devastadora: el hombre que ama es su propio hermano de sangre. ¿Podrá su vínculo superar tal verdad?
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Capítulo 2

El viaje en avión fue largo y silencioso. Clara se sentó junto a la ventana, observando el mundo a través del cristal, pero sin realmente verlo. Su mente estaba atrapada en un torbellino de pensamientos y emociones que no podía procesar. La casa de su padre, Alejandro, no era solo un lugar físico al que se dirigía, sino un destino lleno de incertidumbre y miedo. El avión tocó tierra, pero para Clara, el verdadero aterrizaje sería cuando finalmente pusiera un pie en esa casa extraña, con personas que, aunque compartían su sangre, se sentían completamente ajenas.

Al llegar al aeropuerto, Clara notó que todo parecía estar en cámara lenta. Las luces fluorescentes, las voces de la multitud, el bullicio de la terminal, todo era como un eco lejano. Caminó con paso lento hacia la zona de recogida, mirando sin ver, sus ojos fijos en el suelo, hasta que una voz la sacó de su trance.

-Clara, ¿verdad?

Clara levantó la vista y vio a una mujer de cabello rubio, ligeramente despeinado, que la observaba con una sonrisa nerviosa. Era Beatriz, su madrastra, la mujer que su padre había elegido para reemplazar a Isabel, aunque nunca le pidió su opinión sobre ello.

-Sí, soy yo -dijo Clara con voz baja, casi inaudible. No sabía cómo reaccionar ante la situación. Beatriz, a pesar de su sonrisa, parecía incómoda, y Clara sentía que no había espacio para ella en ese encuentro.

-Me alegra finalmente conocerte. Alejandro está ocupado, pero me ha pedido que te lleve a casa. Espero que no te moleste.

Clara no dijo nada. No le molestaba, en realidad, lo que más le molestaba era el hecho de que ahora debía acomodarse en un lugar que no conocía, con personas que, aunque en teoría formaban parte de su familia, le eran completamente extrañas. Pero el tiempo ya había pasado, y ella no tenía muchas opciones.

El viaje en coche fue corto, pero Clara no pudo evitar sentirse aún más distante de todo. La ciudad pasó a través de la ventana como un borrón, con edificios que se alzaban y luego desaparecían. El trayecto fue en completo silencio, solo roto por los intentos de Beatriz por hacerla sentir cómoda, intentos que Clara no sabía cómo responder.

Finalmente, llegaron a la casa de Alejandro. Era una mansión moderna, ubicada en una zona exclusiva de la ciudad, rodeada de altos árboles y un jardín perfectamente cuidado. Clara la observó desde el coche, sin poder dejar de notar lo vacía que le parecía la casa desde fuera. No era su casa. No lo era. Isabel había creado un hogar cálido y lleno de vida, pero esta casa solo mostraba frialdad y perfección.

Beatriz abrió la puerta del coche y Clara salió lentamente, mirando la casa con una sensación extraña, como si estuviera en una película que no era la suya. Beatriz la condujo por un camino de piedra hasta la puerta principal. Clara, por un momento, se detuvo, mirando hacia atrás, esperando encontrar algo familiar, pero no lo había. El pasado ya no la alcanzaba, y el futuro era incierto.

-Aquí estamos -dijo Beatriz, abriendo la puerta. Clara la siguió, y al entrar, la primera impresión que tuvo fue de más frialdad. Los muebles, las paredes blancas, todo estaba impoluto. La decoración era moderna, pero carecía de vida. Era un hogar, pero no un hogar en el sentido en el que ella lo entendía. Aquí no había recuerdos, no había el cálido olor a comida casera que solía llenar la casa de Isabel. Era una casa construida para impresionar, no para vivir.

Beatriz la condujo por un pasillo largo y elegante, lleno de cuadros abstractos y luces brillantes. El sonido de sus pasos resonaba en el piso de mármol, y Clara se sintió como una intrusa en ese lugar. ¿Cómo podría adaptarse a este espacio vacío, a este hogar que no le pertenecía?

De repente, Beatriz se detuvo frente a una puerta.

-Este es tu cuarto -dijo, abriendo la puerta con una sonrisa forzada. Clara entró, y lo primero que vio fue la cama grande y bien hecha, las cortinas blancas que caían perfectamente, y los muebles modernos. Todo estaba perfectamente organizado, como si alguien hubiera puesto esfuerzo en que todo fuera perfecto, pero Clara solo vio un lugar vacío, donde nada pertenecía a ella. No se sentía bienvenida, y no podía imaginarse en ese espacio.

-Espero que te sientas cómoda aquí -dijo Beatriz, cerrando la puerta tras ella. Clara no pudo responder, solo miró a su alrededor, sin poder encontrar un punto de apoyo en ese cuarto impersonal.

A lo lejos, escuchó voces provenientes del salón. Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su padre. No estaba lista, pero ¿cuándo lo estaría? La última vez que lo vio, tenía diez años. ¿Cómo había cambiado? ¿Cómo la vería ahora? Alejandro, el hombre que la había abandonado cuando ella más lo necesitaba, el hombre que había dejado atrás todo lo que alguna vez habían construido. Y ahora, él era el único al que podía recurrir.

Clara se sentó en la cama, abrazando sus rodillas contra el pecho. ¿Cómo se enfrentaría a él? ¿Sería igual que antes? ¿O habría cambiado? Lo único que sabía era que nada sería igual, y que ese reencuentro, más que esperado, la aterraba.

Un golpe suave en la puerta la hizo levantar la cabeza.

-Clara, tu padre quiere verte. -Era Beatriz nuevamente, asomándose a la puerta.

Clara asintió con la cabeza, levantándose lentamente. Sus piernas parecían de plomo, pero no tenía elección. Tenía que ir. Tenía que enfrentarse a él. No importaba cuánto lo odiara o lo necesitara. Tenía que hacerlo.

Cuando entró al salón, lo vio sentado en un sillón grande, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Alejandro estaba igual que antes, o al menos así lo veía Clara. Alto, con el cabello oscuro y canoso en las sienes. Su rostro seguía siendo el mismo: serio, imponente, pero ahora parecía estar marcado por el paso de los años. No era el padre amoroso que Clara había deseado, sino un hombre distante, casi ajeno.

-Clara -dijo Alejandro, levantándose de inmediato. Su voz era profunda, pero carente de emoción-. Lamento mucho lo de tu madre. Sé que esto es difícil, pero me alegra que estés aquí.

Clara se quedó en el umbral, sin saber cómo reaccionar. Las palabras de su padre le llegaron, pero no significaron nada. ¿Cómo podría ser tan frío, tan distante, cuando su madre acababa de morir? ¿Cómo podía él ser tan indiferente?

-No sé qué hacer, papá -dijo finalmente, con la voz quebrada. Las palabras salieron solas, como si hubiera estado guardándolas durante años. -Nunca estuviste allí cuando más te necesité.

Alejandro la miró en silencio, como si sus palabras no le afectaran. Clara sintió el peso de su mirada, pero no hubo consuelo en ella. Solo una fría indiferencia.

-Sé que no fue fácil, Clara. No hay palabras que puedan arreglar lo que sucedió entre tu madre y yo. Pero ahora estamos aquí. Yo quiero que te sientas bienvenida, que seas parte de esta familia. Beatriz está aquí para ayudarte también.

Clara miró a Beatriz, que permanecía en un rincón, observando la escena con una sonrisa tensa. Clara no sentía que Beatriz fuera parte de su familia. La mujer era una extraña, y la idea de vivir con ella, en esa casa que no era suya, la aterraba aún más.

-No sé si puedo hacerlo -murmuró Clara, su mirada fija en el suelo. No quería mirar a su padre, no quería ver esa expresión fría en su rostro.

Alejandro se acercó a ella, poniendo una mano en su hombro de manera torpe, como si no supiera cómo consolarla. Clara no se apartó, pero tampoco se sintió reconfortada. Era como si todo en esa casa fuera una fachada que no podía desmoronarse.

-Lo sé, hija. Lo sé. Este es solo el principio. Tendrás tiempo para adaptarte.

Pero Clara sabía que el tiempo no lo curaría todo. Este no era un lugar donde pudiera encontrar paz. Era una casa llena de recuerdos ajenos, donde no encajaba, ni quería hacerlo.

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