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Portada de la novela Mi hermanastro, mi amor

Mi hermanastro, mi amor

Tras la muerte de su madre, Clara Rivera se traslada a vivir con su frío padre, Alejandro, y su esposa Beatriz. En este nuevo hogar surge una pasión prohibida con Rafael, ignorando que él es el hijo secreto que su padre entregó a Beatriz hace años para ocultar su rastro. Mientras Clara desentierra las sombras del pasado familiar, se enfrenta a una realidad devastadora: el hombre que ama es su propio hermano de sangre. ¿Podrá su vínculo superar tal verdad?
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Capítulo 3

Los primeros días en la casa de Alejandro fueron como caminar sobre vidrios rotos. Clara intentaba adaptarse, pero el peso de la incomodidad la asfixiaba. Todo parecía estar en su lugar, pero nada encajaba, como una pieza de un rompecabezas que nunca encajaría del todo. La casa, aunque elegante y perfectamente ordenada, carecía de vida. Era hermosa, sí, pero fría, impersonal. No se sentía como hogar, y Clara no podía evitar compararla constantemente con la casa que había compartido con Isabel.

El primer desayuno que compartió con Alejandro y Beatriz fue extraño. Clara intentó ser amable, aunque las palabras parecían salir de su boca como si estuviera hablando con alguien que no conocía. La conversación, forzada y superficial, se centraba en temas triviales: el clima, las noticias, las novedades de la ciudad. Nadie hablaba de lo que realmente importaba: la ausencia de Isabel, la muerte de su madre, la razón por la que Clara estaba allí. Todo se mantenía en silencio, como si fuera un tema tabú.

-¿Te gustaría que te ayudara a organizar tus cosas? -preguntó Beatriz, rompiendo el silencio incómodo. Estaba sentada al otro lado de la mesa, con una sonrisa forzada. Su tono era suave, pero Clara notó que no había genuina preocupación en sus palabras. Beatriz no estaba preocupada por ella, solo estaba cumpliendo con su rol de madrastra.

-No, gracias -respondió Clara, cortante. No quería que Beatriz tocara sus cosas, no quería que alguien más metiera las manos en sus recuerdos. El dolor de perder a su madre aún era tan fresco que cualquier intento de acomodar su vida en ese espacio ajeno le resultaba insoportable.

Alejandro, sentado al final de la mesa, apenas dijo palabra. Estaba sumido en su propio mundo, ajeno a las tensiones que se acumulaban en la habitación. Clara no podía evitar notar la falta de empatía en su actitud. A pesar de que le hablaba de vez en cuando, su padre seguía siendo un extraño. No había un solo gesto que demostrara afecto, ni una palabra reconfortante. Solo frialdad.

Esa noche, Clara se acomodó en su cama, mirando al techo, sin poder dormir. El silencio de la casa la envolvía, y pensaba en todo lo que había dejado atrás. Isabel, su madre, su hogar... Ya nada de eso estaba a su alcance. Y aquí, en este lugar, no había consuelo. Solo una rutina vacía, como la casa misma.

Las primeras semanas pasaron lentamente. Clara no sabía cómo adaptarse a esa nueva vida. Se sentaba en el salón, observando la televisión en silencio, sin compartir palabras con nadie. Alejandro pasaba sus días en el despacho, absorto en su trabajo, mientras Beatriz intentaba mantener la fachada de una familia feliz, organizando cenas y reuniones, pero sin ningún interés real por conocer a Clara.

Una tarde, después de pasar todo el día en su habitación, Clara decidió salir al jardín. El aire fresco la hizo sentir algo más viva, aunque aún le resultaba difícil conectarse con todo lo que la rodeaba. En el jardín, rodeada de flores perfectamente cuidadas y un césped que parecía sacado de una revista, Clara se sentó en una banca de piedra, mirando hacia el horizonte. Todo estaba demasiado ordenado, demasiado perfecto.

-¿Todo bien? -una voz masculina la interrumpió. Era Rafael, su "hermanastro", que se acercaba a ella con paso tranquilo. Clara no lo había visto mucho en los primeros días. Rafael tenía su propio espacio en la casa, y por lo que había notado, era el típico hijo de mamá que hacía lo que quería sin muchas restricciones.

Clara lo miró con cierta sorpresa. No esperaba verlo en ese momento, y mucho menos esperaba que se acercara a ella. Después de todo, ¿qué sabía él de lo que sentía? ¿Qué sabía él de la pérdida de su madre y lo que significaba estar allí, en esa casa ajena?

-Sí -dijo Clara, sin mucho entusiasmo. Su tono fue casi automático. No estaba interesada en hablar con él, ni con nadie. Estaba demasiado abrumada por lo que había pasado y lo que aún tenía que enfrentar.

Rafael se sentó junto a ella sin pedir permiso. Clara no se movió, ni se apartó, pero no pudo evitar sentirse incómoda. La cercanía de él era extraña, y no podía evitar pensar en cómo todo en esta casa parecía forzado, como una situación en la que todos estaban actuando un papel que no querían desempeñar.

-¿Te molesta que me quede? -preguntó, como si ya supiera la respuesta. Clara lo miró de reojo, pero no le respondió. Sabía que su presencia era inevitable, pero no le apetecía conversar.

Rafael, por un momento, parecía dudar, pero pronto su actitud cambió. Estaba acostumbrado a este tipo de situaciones, a saber cómo leer a las personas, a cómo acercarse y alejarse cuando lo deseaba. Clara, sin embargo, no era como las demás personas que él conocía. Ella no se dejaba llevar por la apariencia, no respondía a las actitudes superficiales.

-Sé que esto no es fácil para ti -dijo finalmente, su tono más suave de lo que Clara esperaba-. Yo también pasé por algo parecido, y aunque no lo parezca, entiendo lo que sientes.

Clara lo miró, confundida. ¿Rafael, el hijo de Beatriz, entendía lo que sentía ella? ¿Cómo podría saber lo que era perder a su madre, tener que mudarse a la casa de su padre después de tantos años de ausencia? No, no podía ser. No lo entendía.

-Tú no lo entiendes -dijo Clara, sin poder evitarlo. La rabia comenzó a burbujear dentro de ella, una rabia que no podía contener-. Tú no sabes lo que es perder a tu madre, ni lo que es tener que quedarte aquí, en esta casa que no es mía, con gente que no me conoce.

Rafael la observó en silencio, sin hacer un movimiento. No parecía sorprendido por la furia de Clara, pero tampoco sabía qué decir para calmarla. Clara había dejado salir todo lo que había estado guardando, todo lo que había reprimido desde su llegada.

-Lo siento -respondió finalmente, su voz calmada pero sincera. No sabía si lo decía por su rabia, o por la forma en que Clara había hablado. Tal vez en ese momento entendió que no todo se resolvía con palabras bonitas y sonrisas forzadas.

Clara suspiró, aliviada por la oportunidad de liberar un poco de lo que sentía. Sin embargo, cuando miró a Rafael, no pudo evitar pensar en lo poco que sabía de él, en lo ajeno que le resultaba. Aunque estaban bajo el mismo techo, había algo en él que no terminaba de encajar. Quizás era su actitud despreocupada, o tal vez la forma en que veía todo como si no tuviera importancia.

-Voy a ir a mi habitación -dijo Clara, levantándose de la banca. Rafael no dijo nada, pero Clara pudo ver que le dedicó una mirada pensativa antes de apartarse.

La tarde siguió su curso, y Clara regresó a su habitación, sintiendo que había dado un paso más en ese proceso doloroso de adaptación. Aún había mucho por hacer, mucho por comprender, pero al menos había comenzado a expresar lo que llevaba dentro. Aunque la convivencia con su padre y su madrastra seguía siendo incómoda, al menos ahora sabía que no estaba sola en ese sentimiento de incertidumbre.

La relación con su padre seguía siendo distante, y Beatriz, aunque intentaba ser amable, solo era una sombra más en ese hogar que, aunque lleno de personas, parecía vacío. Pero Clara no tenía otra opción. Necesitaba adaptarse, o al menos intentarlo.

Poco a poco, las tensiones aumentaron, pero Clara no sabía si su dolor provenía de la pérdida de Isabel, de la falta de conexión con su padre, o de la sensación de estar atrapada en una situación que no podía controlar. Pero una cosa era segura: la convivencia en esa casa nunca sería fácil.

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