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Portada de la novela Mi hermanastro, mi amor

Mi hermanastro, mi amor

Tras la muerte de su madre, Clara Rivera se traslada a vivir con su frío padre, Alejandro, y su esposa Beatriz. En este nuevo hogar surge una pasión prohibida con Rafael, ignorando que él es el hijo secreto que su padre entregó a Beatriz hace años para ocultar su rastro. Mientras Clara desentierra las sombras del pasado familiar, se enfrenta a una realidad devastadora: el hombre que ama es su propio hermano de sangre. ¿Podrá su vínculo superar tal verdad?
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Capítulo 1

El teléfono sonó a las 6 de la mañana. Clara, aún sumida en un sueño entrecortado, alcanzó a oírlo antes de despertarse completamente. A esa hora, el mundo seguía en silencio, y el timbre del teléfono le pareció demasiado fuerte, como si anunciara algo terrible. El aparato seguía sonando, y cuando por fin logró alcanzarlo, su voz sonó quebrada al otro lado de la línea.

—¿Clara? Soy el doctor Ruiz… —La voz temblorosa del médico era lo único que podía escuchar, como si el mundo a su alrededor se hubiera vuelto borroso y lejano. Su mente se puso en alerta, pero no comprendía lo que estaba pasando.

—¿Sí? —respondió Clara, su voz aún groggy, sin comprender bien.

—Lo siento mucho, pero tu madre... ha fallecido esta mañana. —La noticia cayó como una losa pesada sobre su pecho, oprimiéndola, dejándola sin aire.

—¿Qué? —El sonido de su propia voz, tan desconcertada, le pareció ajeno, como si no fuera ella quien hablaba. Su madre, Isabel, había estado luchando contra una enfermedad, pero Clara no pensó que llegaría a ser tan rápido. No pensó que perdería a la mujer que había sido su todo.

El silencio de la casa fue lo único que acompañó a la noticia. Clara no supo cuánto tiempo pasó antes de que pudiera articular palabras. El médico, de alguna manera, le dio las instrucciones para el funeral, y le ofreció su apoyo, pero ella solo podía pensar en un vacío profundo. Su madre había partido, y ella se encontraba allí, sola.

Cuando colgó, los recuerdos de los últimos años inundaron su mente. Isabel había sido su única familia cercana. La razón por la que Clara aún se mantenía a flote en el mundo. A pesar de la soledad, a pesar de la falta de otras figuras paternas o maternas en su vida, Isabel había sido su roca. Ahora, esa roca se había desmoronado.

Clara sintió una punzada de dolor al pensar en su madre, con su cabello castaño y sus ojos brillantes, siempre sonriente, aún cuando las cosas no iban bien. Isabel había sido la mujer que la levantaba, la que le daba fuerzas para enfrentar el día, y ahora, ya no quedaba nada de eso. Solo quedaba el vacío.

Durante el funeral, Clara no lloró. Estaba demasiado en shock. Se sentó en el banco de la iglesia, la mirada fija en el ataúd, y no se movió de allí hasta que la ceremonia terminó. La gente que se acercaba a darle el pésame parecía distante, como si ella estuviera atrapada en una burbuja de tristeza que nadie más podía comprender.

El vacío en su pecho no desapareció. Ni los amigos de su madre, ni los conocidos que asistieron al funeral pudieron llenar ese espacio. Clara estaba completamente sola, enfrentando el mundo sin su madre. Y lo peor de todo era que no sabía qué hacer ahora. Isabel había sido su guía, su todo. Ahora, ¿qué quedaba para ella?

Cuando regresó a la casa, el silencio la envolvió. Las habitaciones, los pasillos, todo estaba igual que siempre, pero Clara ya no podía sentir el mismo consuelo. Todo le parecía ajeno, como si la casa estuviera vacía, a pesar de que estaba llena de recuerdos. La cocina, el salón donde Isabel solía sentarse a leer sus libros, la vieja butaca junto a la ventana donde su madre pasaba las tardes mirando las flores del jardín. Todo le parecía ahora extraño, vacío.

Fue en ese momento cuando su teléfono vibró nuevamente, interrumpiendo el doloroso silencio que la rodeaba. Clara miró la pantalla y vio el nombre de su padre, Alejandro. El hombre que había desaparecido de su vida cuando ella tenía apenas diez años, el hombre con el que nunca había vuelto a tener contacto. El hombre que nunca había estado allí cuando más lo necesitaba.

Inmediatamente, Clara pensó en dejarlo sonar, en no responder, en seguir sumida en su dolor, en su soledad. Pero algo en su interior la hizo responder. Quizá era la última oportunidad de hablar con él, quizá necesitaba, aunque fuera un poco, encontrar alguna respuesta que pudiera llenar ese vacío.

—¿Clara? —la voz de Alejandro al otro lado de la línea era fría, como siempre. No era el tono cálido que una hija espera de su padre, sino uno distante, casi como si no le importara. —Sé que este es un momento difícil para ti, pero quiero que sepas que te necesito aquí. En mi casa. Yo… sé que esto no es lo que hubieras querido, pero Beatriz está dispuesta a acogerte.

Clara no supo qué responder. El nombre de Beatriz la hizo estremecerse. La mujer con la que Alejandro se había casado después de que Isabel y él se separaran. No la conocía, no sabía nada de ella. Clara había pasado toda su vida sin la figura de su padre, y ahora, tras la muerte de su madre, tenía que mudarse con él y con esa mujer extraña que era parte de su vida ahora.

—No sé qué hacer —dijo Clara finalmente, su voz quebrada. No sabía si debía sentir rabia, resentimiento o miedo. —Mi madre... acaba de morir. No puedo hacer esto.

La pausa al otro lado de la línea fue larga. Alejandro, por un momento, parecía no saber qué decir. Finalmente, respondió, su tono todavía distante.

—Sé que es difícil. Lo sé. Pero tu madre quería que vinieras a vivir conmigo. Es lo mejor. No tienes a dónde ir, Clara.

Las palabras de Alejandro fueron como un puñal, un recordatorio de todo lo que no había hecho por ella. Claro que no tenía a dónde ir. ¿Dónde más podría ir después de perder a la única persona que la amaba?

El teléfono se volvió pesado en su mano. El dolor en su pecho era insoportable, pero la verdad la golpeó: No había elección. Si quería seguir adelante, si quería vivir, tenía que aceptar la invitación de su padre. Tenía que mudarse a su casa, con Beatriz, una mujer que desconocía por completo.

No sabía qué esperar al llegar allí. No sabía si se sentiría bienvenida, si encontraría un lugar para ella en esa casa ajena. Pero lo único que Clara sabía con certeza era que tenía que hacerlo. Era lo que su madre quería, y aunque en ese momento no sentía fuerzas para cumplirlo, sabía que no tenía otra opción.

Un par de días después, Clara tomó sus cosas, las pocas que podía cargar, y dejó la casa de Isabel. No podía quedarse allí. Las paredes, aunque llenas de recuerdos, ya no la sostenían. No había nada más que hacer.

Subió al avión, con el corazón hecho pedazos, con el alma rota, pero con la determinación de seguir adelante. Tenía que enfrentarse a un futuro incierto, con un padre que no había sido padre, con una madrastra que no conocía, en un lugar que no sentía suyo. Pero lo haría, porque no tenía más opciones.

Y así, Clara dejó atrás todo lo que había conocido, y se dirigió hacia la casa de su padre, hacia un futuro que no sabía si quería enfrentar.

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