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Portada de la novela Mi Hermana, Mi Tormento

Mi Hermana, Mi Tormento

Tras una década de amor, descubro que mi boda con Adrián es un engaño para acercarse a mi hermana Catalina, quien está en coma. Ante la ruina familiar, me veo obligada a casarme con el imponente Mateo Vargas. Cuando Catalina despierta, su único fin es humillarme y destruir mi carrera de restauradora. Pese al desprecio de Adrián, Mateo confiesa haberme buscado desde nuestra infancia. ¿Podrá este magnate protegerme de la maldad de mi propia familia?
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Capítulo 2

El aire en la capilla privada de la finca de los De la Cruz era helado.

Olía a cera vieja y a lirios a punto de marchitarse.

Llevaba diez años amando a Adrián de la Cruz. Una década entera soñando con el día en que por fin sería mi esposo.

Y ese día estaba a solo una semana de distancia.

Pero algo se sentía mal.

Adrián había estado distante, más reservado que de costumbre. Lo atribuí a los nervios de la boda, a su naturaleza ascética.

Pero la inquietud no me dejaba en paz.

Lo busqué por toda la enorme casa, y el mayordomo me dijo que Adrián estaba en la capilla, rezando.

Me acerqué en silencio, sin querer interrumpir su devoción. La pesada puerta de madera estaba entreabierta.

Lo vi arrodillado frente al altar.

Pero no estaba mirando el crucifijo.

Tenía una foto en sus manos, y su voz, un susurro roto y febril, flotaba en el silencio.

"Catalina, mi amor, mi santa... solo un poco más. Acepté esta farsa con tu hermana solo para poder estar cerca de ti, para poder venir a verte todos los días al hospital. Cuando despiertes, todo volverá a ser como antes. Te lo juro".

La foto en sus manos era de mi hermana, Catalina. La misma que llevaba tres meses en coma.

Mi prometido, el hombre al que le había entregado mi corazón, me estaba usando.

Nuestra boda era solo una excusa para acercarse a mi hermana en coma. Una obsesión enfermiza disfrazada de devoción.

El mundo se me vino abajo.

El amor que sentí durante diez años se convirtió en cenizas en un instante.

Di un paso atrás, tropezando con mis propios pies. Hice un ruido.

Adrián se giró, con los ojos desorbitados por el pánico. Al verme, su rostro se transformó en una máscara de fría indiferencia.

"Isabela. No deberías estar aquí".

"He oído suficiente", dije, con la voz temblorosa. "Se acabó, Adrián. Cancelo la boda".

No esperé su respuesta. Me di la vuelta y corrí, huyendo de la capilla, de él, de una década de mentiras.

Cuando llegué a casa, el caos ya estaba instalado. Mi padre gritaba por teléfono, mi madre lloraba en un rincón. La empresa familiar, que ya estaba en la cuerda floja, se enfrentaba a la ruina total. La alianza con los De la Cruz era nuestra única salvación.

Mi decisión de romper el compromiso era una sentencia de muerte para nosotros.

"¡Cómo te atreves!", me gritó mi padre en cuanto me vio. "¿Sabes lo que has hecho? ¡Nos has arruinado!".

Mi madre se acercó, con los ojos rojos. "Hija, por favor, recapacita. Adrián es un buen hombre...".

"No, no lo es", la interrumpí.

Justo en ese momento, sonó el timbre.

Un hombre con un traje impecable, que no conocía, entró en el salón como si fuera el dueño del lugar.

"Buenas tardes. Mi nombre es el representante de la familia Vargas. Vengo en nombre del señor Mateo Vargas".

Todos nos quedamos en silencio. El nombre de Mateo Vargas era sinónimo de poder y miedo en el mundo de los negocios. Un magnate de la construcción cuya crueldad era legendaria.

"El señor Vargas está al tanto de su... delicada situación", continuó el hombre, mirándome directamente. "Y tiene una propuesta".

Hizo una pausa, saboreando el momento.

"El señor Vargas se casará con la señorita Isabela".

Mi padre soltó una carcajada amarga. "¿Y por qué demonios haríamos eso?".

El hombre sonrió, una sonrisa sin pizca de calidez. "A cambio, el señor Vargas proporcionará 'Lágrimas de la Sierra'".

El aire se escapó de los pulmones de mi madre. "Lágrimas de la Sierra"... era una hierba medicinal mítica, casi imposible de conseguir. La única esperanza, según los médicos, para que Catalina despertara del coma.

"Además", añadió el hombre, "el señor Vargas se encargará de todos los problemas financieros de su familia".

Miré a mi padre. Vi la codicia en sus ojos. Miré a mi madre. Vi una desesperada esperanza por su hija favorita.

Nadie me miró a mí.

Los rumores sobre Mateo Vargas eran aterradores. Decían que un accidente de coche provocado por sus rivales lo había dejado impotente, con una personalidad violenta y errática.

Pero, ¿qué importaba? Mi futuro ya estaba destrozado. Mi corazón, hecho pedazos.

"Acepto", dije, con la voz vacía.

Si mi vida iba a ser un infierno, al menos que sirviera para algo. Al menos que salvara a mi hermana. La hermana que mi prometido amaba.

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