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Portada de la novela Mi Gran Amor... La hija de mi enemigo

Mi Gran Amor... La hija de mi enemigo

Robert Landon sobrevive a una tragedia en Nueva York y se oculta en California bajo el nombre de Steve Lonergan. Su vida como anticuario cambia al salvar a la joven Bridgette Reynolds, naciendo entre ellos un romance que promete redención. No obstante, la paz se quiebra cuando Robert descubre la verdad: Bridgette es la hija del líder mafioso que destruyó su pasado. Ahora, el amor y la venganza colisionan en un enfrentamiento inevitable y letal.
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Capítulo 2

Antes del inicio…

Robert Landon luchó por abrir los ojos, acababa de despertarse pero le costaba trabajo abrir los párpados, que recordara, no había bebido ni una gota de licor la noche anterior. El cuarto estaba frío, pensó que revisaría la calefacción esa misma mañana después de levantarse antes de que su esposa se enojara con él, siempre le reclamaba que su trabajo de policía le dejaba muy poco tiempo para encargarse de las reparaciones de la casa.

Lucy, su esposa, era una mujer tan hermosa. Le extrañó no sentir su calor al lado de él en la cama, quizás se había levantado antes porque el niño se hubiera despertado. Pero no escuchó nada, ¿Sería que estaba perdiendo facultades? Un policía que durmiera como una piedra era hombre muerto con toda seguridad.

Pero, ¿Por qué no podía abrir los párpados?

Trató de levantar los brazos pero sentía que pesaban como si los tuviera metidos en un envase lleno de cemento… ¿¡Qué demonios!? se sentía desconcertado, a pesar de que estaba despierto tenía la mente confundida, ¿se habría desmayado? recordó esa sensación de dejadez que quedaba después de perder el sentido, esto se parecía pero era definitivamente diferente.

Hasta el cuarto olía diferente, había un olor a desinfectante, a enfermería. Siempre le disgustó ese olor, porque representaba que quizás lo hubieran herido y lo habían llevado a la enfermería del precinto, o peor aún, a un hospital.

El hecho de no poder abrir los ojos lo estaba desesperando un poco…

¿Estaría soñando?

«¡Ya basta, Robert Landon!» —se reprendió a sí mismo, porque a veces era demasiado incisivo, aún consigo mismo.

El pulso se le comenzó a acelerar por el estrés, cuando de pronto sonaron una serie de bips repetitivos y escuchó que una puerta se abría y alguien entraba  en el cuarto con pasos rápidos que resonaban en un piso que debería ser de linóleo o de cerámica.

¿¡En dónde rayos estaba!? ¡Su cuarto tenía una gruesa alfombra! 

—Tranquilo Teniente, todo está bien, relájese —la voz profesional de una mujer le hizo saber de inmediato en donde estaba.

¡En un maldito hospital!

¡Qué demonios hacía él en un hospital si anoche se había acostado cansado al lado de su esposa, quien ya estaba dormida, pero que automáticamente se le pegó por la espalda para respirarle suavemente en el cuello.

¿Qué le había sucedido? ¿En dónde estaba su esposa? 

Trató de llamarla, pero su boca  no se abría para gritar su nombre, solo escuchaba unos gemidos cuando debería estar gritando. De pronto recordó que la anestesia le daba esos síntomas, como cuando le operaron para extraerle el apéndice, duró varios días con malestar por  eso.

¿Le habían operado? Su cerebro no recordaba nada mucho más allá de la noche anterior, parecía como si una oscura neblina le cubriera los recuerdos.

¿¡¡En dónde estoy!!? Trató de gritar de nuevo, pero solo nuevos gemidos llegaron a sus oídos.

—¡Tranquilícese, teniente! —se dejó escuchar de nuevo la voz de la profesional— ¡Aura! ve y llama al doctor Jones, el paciente está muy alterado y su pulso se acelera demasiado, puede darle un infarto.

¿Un infarto? ¿Pero qué demonios estaba pasando?

Se oyeron nuevos pasos que entraban en la habitación y sintió un pinchazo en el brazo derecho, alguien acababa de inyectarle algo en la vena.

—No se preocupe, teniente, está usted en buenas manos —esa voz, le sonaba conocida. De  pronto recordó: ¡El doctor Jones! podría decirse que era su amigo y de su jefe en la policía, él lo había operado del apéndice esa vez.

¿Pero qué demonios?

El sueño, o la inconsciencia, se fue apoderando de su mente otra vez, hasta que se fue quedando dormido de nuevo.

…Cinco meses antes…

Robert Landon, Teniente en la división contra el crimen organizado, acababa de anotarse uno de los éxitos más grandes en el departamento contra el crimen organizado de la ciudad de Nueva York, había logrado poner tras las rejas a Luc Rodson, uno de los jefes de la mafia que operaba en Nueva York y que tenían el control en la distribución de drogas y la trata de blancas.

Landon había estado siguiéndolos por más de dos años, sufriendo reveses, o capturando distribuidores y proxenetas de poca monta, sin embargo, en los últimos seis meses había logrado incautar varios alijos de más de cincuenta millones de dólares cada uno, así como de desmantelar varias ramas de la organización en el tráfico de mujeres y prostitución.

Pero no fue sino hasta ahora que había logrado vincular al mafioso Luc Rodson con todo el movimiento de dinero ilegal en la ciudad. Este tenía una fachada de hombre de negocios honesto en la ciudad al frente de una empresa de importaciones, y aunque la firma era legal no dejaba de ser una fachada para ocultar el verdadero negocio de Rodson.

La noticia no tardó en aparecer en la prensa, todo el departamento estaba muy contento, en especial el comisario Raymond Arnold, jefe directo de la división contra el crimen organizado y jefe directo del hábil teniente Landon.

Admirado y respetado por sus compañeros, temido por sus enemigos y amado por su esposa e hijo, Landon era un hombre que disfrutaba de la vida hasta donde podía, se esforzaba en su trabajo y la justicia era su emblema personal. Era lo que se llama un buen policía, un ejemplar ciudadano y un buen hombre.

Acababa de llegar al trabajo ese día en el octavo precinto sus dos amigos más cercanos lo estaban esperando, el detective O’Malley, un recalcitrante policía descendiente de irlandeses se le acercó con una enorme sonrisa en la boca.

—¡Venga acá mi héroe! —le dijo dándole un fuerte abrazo.

—No seas acaparador, O’Malley —dijo la sargento Hu, con sus rasgos orientales que daban testimonio de la tierra donde reposaban sus ancestros, terminó dándole un empujón de lado para que ella pudiera abrazar a Landon— ¡Felicidades Teniente!

—Gracias, muchachos —dijo Landon mientras los demás miembros del cuerpo se acercaban para felicitarlo— No hubiera podido hacerlo sin ustedes, en especial por estos dos cabezotas, dijo abrazando al detective O’Malley y a la sargento Catherine Hu, la “china” del departamento.

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