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Portada de la novela Mi Gran Amor... La hija de mi enemigo

Mi Gran Amor... La hija de mi enemigo

Robert Landon sobrevive a una tragedia en Nueva York y se oculta en California bajo el nombre de Steve Lonergan. Su vida como anticuario cambia al salvar a la joven Bridgette Reynolds, naciendo entre ellos un romance que promete redención. No obstante, la paz se quiebra cuando Robert descubre la verdad: Bridgette es la hija del líder mafioso que destruyó su pasado. Ahora, el amor y la venganza colisionan en un enfrentamiento inevitable y letal.
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Capítulo 3

Cuando finalmente pudo entrar en la central su jefe estaba asomado a la puerta de la oficina y le hizo una seña para que se acercara.

Landon caminó rápidamente hasta allí escoltado por O’Malley y Hu.

—Hola, jefe —saludó a su superior.

Raymond Arnold, era comisario de la policía por mérito propio, tenía una carrera sobresaliente en la policía y era muy eficiente en todo lo que hacía, muchos esperaban que llegara a comisionado en poco tiempo. Medía casi un metro noventa y era de constitución bastante robusta.

—Vengan acá, muchachos —les dijo sin mucha ceremonia, cosa que extrañó a los tres policías, pero entraron sin  hacer ningún comentario, sabían que cuando el jefe tenía ese rostro adusto y severo era por alguna razón valedera.

Cuando estuvieron todos adentro sentados, menos O’Malley que quedó parado al lado de la sargento Hu porque solo había dos sillas para visitantes en la oficina.

—Primero que todo quiero felicitarlos por el logro que han alcanzado, en especial tú, Landon —lo dijo medio sonriendo con su acostumbrada “media sonrisa” como le decían en el departamento porque nunca reía por completo.

—Gracias, jefe —dijo Landon— pero usted sabe que sin estos dos no hubiera podido lograrlo.

—Estoy muy consciente de eso, Landon —dijo con voz grave— Y eso es justamente lo que viene a cuento con lo que quiero comunicarles.

—Desembuche ya de una vez, jefe —dijo O’Malley cambiando de posición— Ya me está poniendo nervioso.

—Tú siempre andas nervioso, O’Malley —dijo el comisario torciendo un poco el gesto— Así que eso no me impresiona. Quiero que escuchen bien lo que voy a decirles, ¿De acuerdo?

Los tres agentes del orden asintieron sin decir nada más, sabían que al jefe no le gustaba que lo estuvieran interrumpiendo a cada momento.

—Bien —continuó diciendo— ¿Recuerdan a Mac y a Palmer?

—Sí, jefe —dijo la sargento Hu— ¿Qué sucede con ellos?

—El asunto es que Palmer tiene un par de días desaparecido, justo después de que capturaron a Rodson —esperó unos segundos hasta que la idea les calara en el cerebro, para después continuar— y Mac está asustado, recuerden que ellos nos dieron una de las pistas del cabaret de la calle 47. Tal parece que alguien lo invitó a unas copas esa noche y como Mac estaba mal del estómago por la comilona que ustedes le dieron, no pudo ir con él. Lo malo es que Palmer no regresó esa noche a su refugio.

—¿Está diciendo que pudo ser un secuestro, jefe? —Ahora la voz cantante era de Landon— Pero si ellos son sujetos de poca monta, si fuera por eso deberían estar atacándonos a nosotros.

—En parte tienes razón, pero no lo podemos descartar —dijo el jefe con el ceño fruncido de como cuando estaba bastante preocupado— Pero no sabemos lo que puede estar moviéndose por allí.

—¿Quiere que investiguemos, jefe? —dijo O’Malley.

—No sería mala idea, pero lo primero y más importante es que quiero que se cuiden —tres pares de ojos se le quedaron mirando atentamente como si esperaran una explicación adicional, hizo una breve pausa y luego espetó— ¡Que se cuiden, carajo! No me gusta cuando la gente desaparece, y menos si está relacionada con nosotros, ¿de acuerdo?

—Está bien, jefe. Sé lo que quiere decirnos y estaremos atentos —Landon expresó el pensamiento de los tres agentes porque los otros dos hicieron sendos gestos de asentimiento— O’Malley, deberías darte una vuelta por la 22 y ver  que encuentras por allí, y Hu, manda a un par de hombres que conozcan a Mac y a Palmer para averiguar qué ha sucedido, ¿de acuerdo?

Por esto era que Robert Landon estaba considerado como uno de los mejores policías de la Gran Manzana, porque mientras los demás estaban comenzando a pensar ya su cerebro había tomado decisiones e ideado un plan de acción. Por ello también era casi insuperable en el uso de arma de fuego, ya sea largas o cortas, pero muy especialmente en los enfrentamientos con delincuentes.

A lo largo de su carrera había tenido más de treinta enfrentamientos a tiros con delincuentes y nunca había recibido un balazo que pusiera en peligro su integridad física, por supuesto había tenido rasguños, pero más por eventualidades que porque lo superaran en habilidad. Esta era una de las razones por las cuales el FBI andaba detrás de él, pero Landon se había negado sistemáticamente a ser reclutado por ellos.

Decía que no le gustaba la burocracia del FBI, que prefería la acción de las calles a las fórmulas que usaban los federales. Sus reflejos eran increíblemente rápidos así como su cerebro, mientras los otros estaban comenzando a buscar sus armas, ya él la tenía en la mano, presta para disparar. 

Por eso le decían el “pistolero” o el “vaquero” por su endemoniada rapidez para desenfundar como los míticos pistoleros del antiguo oeste americano y por su prodigiosa puntería. A él le encantaba usar una pistola aparte de la que usaba en la funda sobaquera, siempre llevaba un colt 44 Magnum que era letal para sus enemigos.

—Buena idea, Landon —dijo su jefe orgullosos de su pupilo.

—Por cierto, jefe —dijo Landon— ¿Por quién se enteró usted de que Mac tenía miedo?

—Por Rogers, sabes que él está encargado de vigilar el lupanar de la calle 32 y una de las chicas le dijo que Mac había tropezado con ella en la calle y ella le preguntó que por qué andaba tan apurado, ella dijo que el sujeto solo se volteó para decirle “tengo miedo” para luego seguir caminando apresuradamente hacia los muelles. —dijo el comisario Arnold.

—Hmmm, la verdad es que la cosa no me gusta nada tampoco, jefe —dijo O'Malley— Se huele que hay algo raro por allí.

—¿Y qué dices tú, sargento? —preguntó el comisario al ver que ella se había quedado pensando un poco.

—Creo que tiene razón, jefe. Estaremos atentos —dijo con voz suave pero firme— No podemos perder de vista que hemos dado un duro golpe a la mafia de esta ciudad, podemos esperar represalias.

—Muy inteligente tu posición, Sargento —dijo el comisario— Hagan lo que tengan que hacer y me mantienen informado.

Los tres amigos salieron de la oficina del jefe resueltos a investigar el asunto.

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