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Portada de la novela Mi Esposa, Mi Peor Engaño

Mi Esposa, Mi Peor Engaño

Después de un lustro de casados, Ricky halla un secreto atroz en su nevera: un examen médico de Sofía, su mujer. El papel certifica un embarazo interrumpido de dos meses cuyo progenitor es Mateo, el amigo más cercano de ella. Al ser descubierta, Sofía responde con ira y frialdad extrema. Hundido en la deshonra por este engaño doble, Ricky da por muerta su relación y jura que su esposa pagará caro por esta infidelidad y el dolor causado.
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Capítulo 2

El aire en la casa se sentía pesado, diferente, llevaba así varios días, desde que Sofía había vuelto de su "viaje de chicas". Yo, Ricardo Morales, a quien todos llaman Ricky, lo sentía en los huesos. Llevábamos cinco años de casados, y yo creía conocer cada uno de sus suspiros, cada matiz en su voz, pero ahora era como vivir con una extraña.

Llegué del trabajo, la constructora me había dejado agotado. Sólo quería una cerveza fría y sentarme a ver el fútbol, olvidar el ruido de las máquinas por un rato. Abrí el refrigerador, la luz blanca iluminó las sobras de la cena de anoche, las verduras que Sofía compraba pero nunca cocinaba, y... algo más.

Al fondo, detrás del cartón de leche, había una pequeña caja blanca, de esas de laboratorio. No era de comida. La tomé, sentía un frío que no era del refrigerador. Tenía una etiqueta. La leí.

"Muestra biológica. Paciente: Sofía Pérez. Médico tratante: Dr. Cuevas".

Mi corazón empezó a latir más rápido. ¿Qué era esto? ¿Algún examen médico del que no me había hablado? Con los dedos temblando, abrí la caja. Dentro, en un pequeño contenedor de plástico transparente, flotaba algo minúsculo, casi imperceptible, en un líquido amarillento.

No entendía qué era, pero un terror helado me recorrió la espalda. Junto al contenedor, había un papel doblado. Era el informe de una clínica de fertilidad.

Lo desdoblé.

"Procedimiento: Interrupción voluntaria del embarazo. Semanas de gestación: 8".

El mundo se detuvo. Cada palabra era un golpe directo en el estómago. Aborto. Sofía había tenido un aborto. ¿Cuándo? ¿Por qué no me dijo nada? Nosotros... nosotros habíamos estado intentando tener un hijo durante un año.

Pero el golpe final estaba más abajo, en la sección de datos del padre. Mi nombre no estaba ahí.

"Nombre del padre (declarado): Mateo Rojas".

Mateo.

El nombre resonó en mi cabeza como una explosión. Mateo Rojas. Su "mejor amigo" de la universidad. El tipo que siempre estaba cerca, siempre con una sonrisa falsa, el que sus padres adoraban como a un hijo. El que yo siempre odié en silencio.

El aire se me fue de los pulmones. Me apoyé en el mueble de la cocina para no caer. Miré de nuevo la caja, el pequeño embrión, el hijo de otro hombre. El hijo que ella decidió no tener, y luego, en un acto de locura o crueldad que no podía comprender, guardó en nuestro refrigerador. Como un trofeo. O como basura.

En ese momento, la puerta principal se abrió.

"¡Mi amor, ya llegué!", canturreó Sofía, su voz falsamente alegre llenando el silencio.

Dejé la caja abierta sobre la barra de la cocina. No dije nada. Esperé.

Entró a la cocina, sonriendo, con bolsas de compras en las manos. Su sonrisa se congeló cuando vio la caja. Su rostro perdió todo el color. Las bolsas cayeron al suelo, esparciendo manzanas y latas de atún por el piso.

"¿Qué es esto, Sofía?", pregunté, mi voz era un susurro ronco que apenas reconocí como mío.

Ella no respondió. Se abalanzó sobre la caja, tratando de cerrarla, de esconder la evidencia que ya estaba quemada en mi cerebro.

"¡No toques mis cosas, Ricky! ¡Te he dicho que no andes de metiche!", gritó, su voz aguda por el pánico.

La detuve, sujetándola suavemente por el brazo.

"¿Tus cosas?", repetí, y una risa amarga, horrible, salió de mi garganta. "¿Esto es tuyo? ¿Es tuyo y de Mateo?".

Sus ojos se abrieron de par en par. El pánico se convirtió en furia.

"¡No sabes nada! ¡Suéltame!", me empujó con fuerza.

La solté. Se abrazó a la caja como si fuera un tesoro, mirándome con un odio que nunca antes había visto. En ese instante, supe que todo había terminado. El amor que sentía por ella se convirtió en cenizas.

"Vete de aquí", le dije, mi voz ahora firme y fría. "Duerme en el cuarto de huéspedes. No quiero verte".

"¡Esta es mi casa también!", chilló.

"No. Esta era nuestra casa. Ahora es solo un lugar donde guardas tus secretos asquerosos", respondí, señalando la caja.

Se quedó sin palabras, con la cara descompuesta por la rabia y la humillación. Tomó su caja y salió corriendo de la cocina, subiendo las escaleras a toda prisa. Escuché el portazo del cuarto de huéspedes.

Me quedé solo en la cocina, con el eco de sus gritos y el desorden de las compras en el suelo. Me senté en el piso, rodeado de manzanas y latas. Mi cabeza daba vueltas. Recordé nuestras noches juntos, susurrándonos al oído que queríamos formar una familia. Recordé sus lágrimas cada vez que la prueba de embarazo salía negativa.

¿Todo era mentira?

Recordé a Mateo en nuestra boda, sonriendo, dándome un abrazo y diciéndome "cuídala mucho, es un tesoro". Recordé las cenas familiares, donde mis suegros, Don Fernando y Doña Elena, lo trataban a él con más cariño que a mí, su yerno. "Mateo es como de la familia", decían siempre. Ahora entendía por qué.

Me levanté. El dolor se estaba transformando en algo más oscuro, más frío. Furia. Una furia pura y helada. Ella no solo me había engañado. Me había humillado. Había jugado con nuestro sueño más profundo mientras se revolcaba con otro. Y su familia era cómplice de esta farsa.

No. Esto no se iba a quedar así. No me iría en silencio. Si querían apariencias, les iba a dar un espectáculo. Uno que nunca olvidarían.

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