Portada de la novela El hermoso premio del señor de la guerra

El hermoso premio del señor de la guerra

9.0 / 10.0
Keylin dedicó tres años a la recuperación de su esposo, solo para ser desechada cuando su antiguo amor reapareció. Tras un divorcio marcado por el desprecio social, ella demuestra su valía transformándose en una eminencia de la medicina, la arquitectura y el automovilismo. Mientras el mundo duda de su destino, el tío de su ex, un poderoso mando militar, vuelve con su ejército decidido a reclamar su mano y ofrecerle un compromiso formal.

El hermoso premio del señor de la guerra Capítulo 1

"Hmm... Landen...".

La voz sensual que provenía de detrás de la puerta, bien cerrada, dejó la mano de Keylin Barnett suspendida en el aire.

Un escalofrío le recorrió la espalda. El frío se le metió por las yemas de los dedos y le caló hasta los huesos, como si la hubieran bañado en agua helada.

Durante sus años de matrimonio, ella y su esposo, Landen Barnett, nunca habían tenido intimidad.

Pero ahora, al oír la voz que salía de la habitación, comprendió perfectamente lo que estaba pasando.

Se le cortó la respiración y la incredulidad le oprimió el pecho. Landen... él no... no, no podía ser.

Cuando se casaron, Landen le había confesado que sufría una dolencia que le impedía tener relaciones íntimas. Por eso, se negaba a creer que fuera él quien estaba dentro.

Keylin se llevó una mano temblorosa a la sien, desesperada por convencerse de lo contrario. Pero cuando se oyeron profundos gemidos masculinos, la frágil esperanza a la que se aferraba se hizo añicos al instante.

Esa voz era la suya. La conocía demasiado bien.

Le temblaron las piernas y tuvo que apoyarse en la fría pared para no caer. Las lágrimas le anegaron los ojos y empezaron a caer sin control mientras se tapaba la boca con una mano para ahogar un sollozo que amenazaba con escapársele.

Hacía tres años, Landen había sufrido un accidente de auto que lo dejó en coma. Durante los dos largos años que siguieron, Keylin se dedicó a cuidarlo con una devoción inquebrantable, haciendo oídos sordos a las burlas y miradas despectivas de los demás. Lo hizo solo porque él la había salvado una vez, cuando fue ella quien tuvo un accidente.

Aparentemente, se había limitado a cuidarlo, pero en secreto lo había tratado con sus excepcionales conocimientos médicos, logrando arrancarlo de las garras de la muerte. Aún recordaba el día en que despertó, el calor de su mano al tomar la de ella, el peso de su promesa de casarse y amarla para siempre.

Ese día estaba grabado a fuego en su corazón, igual que el amor que creía que compartían.

Lo había sacrificado todo por él, entregándose en cuerpo y alma para ser una esposa devota. Y, sin embargo, ¿qué había recibido a cambio?

Keylin se apretó el pecho, con la respiración agitada y superficial, como si un cuchillo le estuviera desgarrando el corazón. Todo su sacrificio, todo lo que había hecho por él, parecía ahora una broma de mal gusto.

Se dio la vuelta, dispuesta a huir de aquella pesadilla, pero se quedó clavada en el sitio al oír las palabras que llegaban desde el otro lado de la puerta.

"Landen, hoy es tu aniversario de bodas con Keylin", murmuró la mujer, con la voz teñida de falsa preocupación. "Seguro que está en casa sentada, esperándote como la esposa abnegada que es. ¿No está... mal que estés aquí conmigo en vez de con ella? ¿Qué pasará si se entera...?".

"No te preocupes, Claire. Ya te lo dije, en mi corazón solo hay sitio para ti. En cuanto a Keylin, es solo un sustituto. ¡Jamás la he tocado!".

La voz de Landen era suave, casi tierna, pero sus palabras fueron un puñal, frías y despiadadas.

Keylin no pudo soportarlo más. La traición le quemaba en el pecho y, con manos temblorosas, abrió la puerta de un golpe.

"Landen, ¿qué he hecho mal? ¿Por qué me has engañado?".

El repentino exabrupto dejó a Landen paralizado.

Se apresuró a tomar un abrigo para cubrirse y tapar a la mujer que tenía al lado. Frunció el ceño al mirar a Keylin, con un gesto de visible irritación. "¿Qué haces aquí? ¿No te dije que esperaras en la Mansión Barnett?".

Keylin sintió que las rodillas le flaqueaban. Su indiferencia fue como una bofetada.

¿Así que era eso? ¿Ya ni siquiera iba a disimular?

Esbozó una sonrisa amarga mientras las lágrimas, incontrolables, volvían a nublarle la vista. "Si no hubiera venido, ¿cuánto tiempo más pensabas seguir mintiéndome?".

Landen no respondió. El silencio entre ellos era asfixiante, y su evidente molestia le arrebató la poca compostura que le quedaba.

La mujer a su lado rompió el silencio, con voz temblorosa. "No culpes a Landen. La culpa es mía. Si tienes que culpar a alguien, cúlpame a mí".

La mirada de Keylin se posó en ella. Había algo en su rostro que le resultaba familiar.

Ah, claro. Era Claire Helena, la amiga de la infancia de Landen.

Keylin había visto una foto suya en el escritorio de Landen poco después de casarse. Después, la foto desapareció, y ella, ingenua, supuso que él la había olvidado.

Pero ahora, al mirar a la mujer que la había reemplazado, se dio cuenta de lo tonta que había sido.

Keylin ignoró a Claire y clavó la mirada en Landen. Su voz sonó ronca, apenas un susurro. "Si no querías estar conmigo, podrías haberlo dicho. ¿Por qué hacer esto... por qué en nuestro aniversario?".

La burla de Landen fue cortante. "¡Bah, como quieras!". Su tono estaba cargado de desprecio. "Dejemos las cosas claras de una vez. Quiero el divorcio. El lugar de la señora Barnett siempre debió ser de Claire".

Al encontrarse con su fría mirada, Keylin sintió que el corazón se le retorcía de dolor, pero su voz sonó inquietantemente serena. "De acuerdo, divorciémonos. Pero quiero la mitad de los bienes conyugales. Ni un centavo menos".

La expresión de Landen se crispó y Claire se quedó casi boquiabierta. Intercambiaron una mirada de asombro, con la incredulidad pintada en sus rostros.

¿Keylin, la huérfana sin un centavo, se atrevía a exigir la mitad de la fortuna de los Barnett?

¡Qué disparate!

Claire se recompuso rápidamente, bajó la mirada y adoptó un tono de falsa compasión. "Keylin, ¿no es un poco injusto? Landen es quien ha estado al frente del negocio familiar mientras tú te quedabas en casa disfrutando de la vida. Los Barnett te lo han dado todo, ¿cómo puedes ser tan codiciosa e ingrata? Por favor, no te enfrentes a toda la familia Barnett".

Keylin esbozó una sonrisa burlona, con una mirada afilada e implacable. "Una robamaridos no tiene derecho a darme lecciones de justicia. Y que quede claro: no estoy pidiendo permiso, es una exigencia. Y créeme, si esto sale a la luz, no será mi reputación la que acabe por los suelos".

Sus palabras cayeron como un latigazo, silenciando a la pareja al instante. Sin dedicarles una segunda mirada, se dio la vuelta y salió de la villa a grandes zancadas.

El aire fresco de la noche la golpeó en la cara al salir. Sacó el teléfono y sus dedos se detuvieron sobre la pantalla. Tras una breve vacilación, marcó un número que llevaba años sin pulsar.

Le respondieron casi de inmediato, y la voz al otro lado sonó cargada de una emoción apenas contenida. "¿Keylin? ¿De verdad eres tú? ¡Por fin te acuerdas de mí!".

"Sí", respondió ella con voz serena. "Estoy a las afueras de la villa privada de Landen. ¿Puedes venir a buscarme? Te envío la ubicación".

"¡Por supuesto! Llego enseguida".

En diez minutos, el rugido de varios motores rompió la quietud de la calle, y una comitiva de autos de lujo se detuvo frente a ella.

El auto que iba en cabeza paró con suavidad y el conductor se bajó. Al reconocer aquel rostro familiar, Keylin sintió una profunda ironía.

Durante años, había enterrado su verdadero yo, viviendo en la sombra para apoyar a un hombre que no la merecía.

¡Qué ridículo!

Pero ahora, el velo había caído, y no era demasiado tarde para recuperar las riendas de su vida.

"Keylin", dijo Sebastián Gisela, su subordinado, acercándose con voz preocupada. "¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?".

Se acercó deprisa y, al ver las marcas de las lágrimas en su rostro, abrió los ojos como platos, sorprendido.

¿Alguien tan inquebrantable como Keylin... llorando?

El rostro de Keylin permaneció impasible. Se secó los últimos rastros de lágrimas con el dorso de la mano y dijo con calma: "No es nada. Solo he decidido divorciarme de esa escoria".

"¿Divorciarte?". Sebastián se quedó de piedra; la palabra lo golpeó como un rayo. Tardó un instante en asimilarlo antes de que una amplia sonrisa se dibujara en su rostro, seguida de una sonora carcajada. "¡Es fantástico, Keylin! ¡Por fin has abierto los ojos! ¡Me alegro de que vuelvas a ser tú!".

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