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Portada de la novela MI DULCE AMANTE

MI DULCE AMANTE

Vanesa queda cautivada al instante por Stevens, un magnate tan seductor como poderoso. Aunque el flechazo inicial promete una pasión inigualable, su relación se convierte pronto en un vínculo complejo donde el amor convive con el dolor. Rodeados de lujos y oscuros desafíos, la pareja debe enfrentar constantes tormentos emocionales y obstáculos externos. En este entorno hostil, ambos pondrán a prueba la fuerza y la sinceridad de su entrega mutua.
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Capítulo 1

(Esta novela está escrita en primera persona, desde la vista del protagonista masculino y la protagonista femenina. Pondré los nombres al inicio de cada uno para que puedan identificar quien habla)

Stevens

El amor ¿Qué es el amor? Disfraz absoluto de las más bajas pasiones. Excusa que encubre los más oscuros deseos de fatalidad, muerte y destrucción. Un acuerdo deshonesto entre dos personas que fingen empatía, y una víctima que soporta la crueldad de su verdugo. Eso es lo que la vida me enseñó sobre el amor.

El penetrante vaho de aquel repugnante lugar, saturaba mis sentidos. Bajé al sótano llevando en mis manos, una charola con comida recién preparada, una taza con chocolate caliente, mazamorra de calabaza y una manta de lana aborregada, porque aquel era un lugar sumamente frío y húmedo como sus labios.

“Uno, dos, tres…” Contaba cada escalón antes de llegar al suelo.

Mi corazón palpitaba acelerado, no podía controlar la emoción que estremecía mi pecho. Parecía como si alocado, fuera a reventarse en mi interior y a derramarse por mis ojos.

Ella estaba ahí, amarrada a una pesada viga de madera sin poderse mover. Su cuerpo era cubierto por una sola prenda, la cual era mi camisa blanca de oficina. Misma que utilizaba aquel día en que la vi por primera vez.

Sus ojos vibraban aterrados al verme, su pálida piel estaba marcada por la fuerza de mis labios; sus delgados bucles cobrizos se deslizaban por su cuello, cobijando sus delicados senos.

Lo único que hice fue quererla y ella devolvió tanto amor con traición.

- Es hora de comer –dije colocando la charola a centímetros de su satisfactoria cadera–. Deja de mirarme así ¡Detesto cuando lo haces! –Golpeé enojado el piso, ella mantenía aquellos tristes ojos posados en mí–. ¡No conseguirás que te libere! –Apreté con fuerza su angelical rostro. Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas–. Tú… ¡Tú eres mía! ¡Mía! –Grité enfadado.

Al verla, recordaba aquel repugnante momento. La amaba. Iba a casarme con ella. Deseaba que fuera mi esposa, quería tener muchos hijos y mudarme a una ciudad tranquila, para disfrutar de mis últimos días sobre la tierra a su lado. En pocas palabras, creí que había encontrado a la mujer ideal, pero me equivoqué, solo era una sucia perra traidora que ansiaba mi dinero, y no desaprovecharía una sola oportunidad de acostarse con otro si eso la posicionaba por encima de los demás.

- Abre la boca –quité con furia la mordaza que cubría sus labios–. Come… ¡Vamos come! –Grité atorándola con pan–. Como quisiera poder matarte –rechiné los dientes de impotencia–. ¡¿Por qué no puedo terminar contigo?! Sería tan fácil ungir tus alimentos con veneno, verte retorcer de dolor y ahogarte en tu propia saliva hasta que mueras lenta y dolorosamente –una sádica risa escapó de mí, ella masticaba el pan sin dejar de llorar–. Así finalizaría mi angustia, así podría ser feliz –me acerqué y deslicé mis manos por su cálido y joven cuerpo–. Pero no puedo. Si tú mueres… Yo… Yo no podría continuar viviendo…–Mi llanto se fundió con el de aquella dulce criatura que en algún tiempo amé con desenfreno.

No logro entender...

¿Qué me hiciste?

¡¿Cómo pudiste enamorarme?!

¡¿Cómo?!

Si yo me cuidaba muy bien… Si yo me había asegurado de cerrar todas las puertas al amor…

¿Cómo?...

Y

¿Por qué cuando lo conseguiste, no te bastó con tenerme? Fuiste tras otro, lo sedujiste y te enredaste con él.

¿Querías que sufriera?…

¡¿Por qué de todos tuviste que elegir a mi hermano?!

Entrelacé mis dedos con sus largos cabellos y los jalé hacia atrás dejando expuesta su blanca piel ante mis lascivos ojos. Su estilizado cuello me descontrolaba.

Con frugalidad, acerqué mis labios a ella y empecé a recorrerla sin detenerme. No quería, no podía hacerlo. Sin dudar, me dejé llevar por su embriagador aroma y me derretí en la tibieza de aquel sublime lugar que tanto deseaba.

Todos los días al llegar la noche, bajaba al sótano y la hacía mía. Ella lloraba en silencio. Jamás se resistió a lo que yo hiciera, y no podría decir que era benévolo con esta adorable zorra, todo lo contrario. Desde que la encerré, después de verla gimiendo de placer entre los brazos de mi hermano, la forzaba a cumplir con mis más aberrantes y oscuros deseos.

Ansiaba oírla gritar de dolor mientras rogaba que no lacerara su excitante, fresco y delicioso cuerpo; me encantaba tenerla de rodillas ante mí, obligándola a realizar cosas que, en otros tiempos, jamás imaginé que haría.

Sin embargo, había días en los que no soportaba verla sufrir las humillaciones a las que yo mismo la sometía. Sentía lástima, tristeza. Quería verla sonreír como antes, que me abrazara y besara con ese cariño que solo ella podía brindarme.

Pero no, no podía ser débil, no debía dejarme dominar por la compasión.

Ella debía sufrir y pagar por todo el daño que me hizo.

#

Vanesa

El amor es el Néctar más sublime que existe en el mundo. Por amor podemos vencer tormentas, escalar montañas, cruzar océanos y descubrir nuevos mundos. Por amor podemos perdonar y vivir eternamente. Eso es lo que me enseñaron mis padres y los libros sobre el amor, y yo les creo.

Ciudad de la Victoria, Lima 7:20 am

Era demasiado tarde para que mi hermana asista a la escuela, y yo me había quedado dormida después de una noche de arduo trabajo. Cargar cajas de abarrotes no es fácil, aunque no me quejo, mis padres tienen una deuda infinita con el banco –mencionar la cantidad me asusta–, los intereses crecen a diario y consumen el vano esfuerzo que hacen por cerrarla. Así que yo, como la primogénita, tengo la obligación de ayudarlos y, sobre todo, me gusta hacerlo.

Hace más de un año que dejé de estudiar por trabajar, pero eso no significa que me haya alejado de los libros, todo lo contrario. Del total de mi paga, siempre guardo algunas monedas para adquirirlos, claro, no en una biblioteca o librería –el precio es sumamente alto–, yo acudo a los mercados y ahí los encuentro a un costo accesible. Algunos tienen dobladas, marcadas y manchadas las páginas, pero no importa, los atesoro igual que Segismundo a su libertad.

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