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Portada de la novela MI DULCE AMANTE

MI DULCE AMANTE

Vanesa queda cautivada al instante por Stevens, un magnate tan seductor como poderoso. Aunque el flechazo inicial promete una pasión inigualable, su relación se convierte pronto en un vínculo complejo donde el amor convive con el dolor. Rodeados de lujos y oscuros desafíos, la pareja debe enfrentar constantes tormentos emocionales y obstáculos externos. En este entorno hostil, ambos pondrán a prueba la fuerza y la sinceridad de su entrega mutua.
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Capítulo 2

Vanesa

Después de comprarlos, suelo recostarme en mi camastro y leerlos durante horas hasta que los haya terminado o de lo contrario, la ansiedad no me deja tranquila y esa angustia es similar a la que siento en cuanto al amor.

Nunca me he enamorado; sin embargo, me gusta soñar con los poemas de Adolfo Becker y transportarme a las fantásticas regiones de las pasiones más profundas de Dante Alighieri, él es mi escritor favorito. Todas las mañanas, después de subir al autobús, recuesto mi cabeza en el espaldar del asiento, para sumergirme en mis jacobinos pensamientos, donde me gusta imaginar que el chofer es Caronte y que juntos navegamos por las míticas aguas del río Estigia.

- Vanesa ¡Vanesa! –Llamó mi hermanita–. Hoy tengo taller de química y vamos a construir esferas de fuego que no queman –frunció los labios en señal de reclamo–. Si no llego, me voy a perder esa clase y no quiero.

- ¿Por qué no te tomas el día libre? –Dije sin dejar de sonreír–. Si sigues así, terminarás estresándote y no crecerás nunca, ¡Serás como Peter Pan!

Afinó la mirada y en un arrebató infantil, se abalanzó hacia mí tumbándome en las desordenadas sábanas. No me resistí a sus “golpes”, en lugar de dolor me hacían cosquillas; era imposible dejar de reír y eso la enfadaba cada vez más.

- ¡Está bien! ¡Tú ganas! –Me deslice de la cama al suelo–. Déjame cambiar esta ropa y nos vamos.

- Tienes 2 minutos –saltó acomodándose los mechones.

Contaba con apenas 7 años y se comportaba como una adolescente. ¡Era extrovertida en todo sentido! Aunque a veces me enojaba, la quería muchísimo, después de todo, era mi hermana menor. Yo había cumplido 18 años hacia dos meses atrás, así que, como hermana mayor, me tocaba cuidarla y acompañarla a la escuela todas las mañanas.

La prisa nos embargaba. No pude tomar mi desayuno completo, apenas sorbí un poco de la tibia infusión de manzanilla que había preparado mi madre antes de irse a trabajar, y mordisqueé una rebanada de pan con mermelada. Salimos con premura de casa rumbo a la parada del autobús.

El inclemente minutero recorría el blanco y redondo espacio del reloj ubicado en la cúspide de un enorme edificio, el cual no tenía buena fama entre los pobladores por ser una institución dedicada a la usura; pero, quien daba verdadero miedo era su Presidente, un hombre de mirada fría y rostro despiadado. No le importaba si su “víctima” tenía o no dinero para devolver el préstamo, le quitaba hasta el último centavo y si era posible, su vida.

Un fuerte pitido me devolvió de mis pensamientos. El autobús se acercaba y estacionándose con parsimonia a nuestra vera, abrió sus robóticas puertas para permitirnos ingresar. Sin perder más tiempo, nos escabullimos por las personas que esperaban conglomeradas en el paradero. Cuando este llegó, subimos sin hacer caso a los gritos de protesta que emitían los que aguardaban tras nosotras.

- Ya son las 8:20 –suspiró desganada mi hermanita–. Es demasiado tarde.

- Descuida –empecé a hacerle cosquillas–. Llegaremos pronto.

El claro cielo se dejaba contemplar a través de la diáfana ventana. Las graciosas avecillas volaban de un poste a otro, me pareció que estaban galanteando. El más grande perseguía a una pequeña, la acorralaba en el interminable espacio, la seducía con el brillo de su plumaje para luego arrimarla a una delgada rama de un deshojado árbol, y frotar su ovalada cabecita contra el cuello de su amada.

Los faroles del semáforo cambiaron de verde a rojo. El micro se detuvo con frugalidad, esperando que los transeúntes atravesaran la negra pista de extremo a extremo.

Ver a las parejas caminar tomadas de las manos, compartiendo sus bebidas o regalándose tiernas sonrisas, hacía que me preguntara.

“¿Qué se siente amar?”

Los únicos seres de los que me enamoré desde que tengo memoria, son mis padres, mi hermanita y mis amigos, a quienes no veo desde que dejé los estudios; pero, nunca he amado a un hombre por su naturaleza, nunca entregué mi corazón –mucho menos mi cuerpo–, y es que no existe alguien que pueda atrapar mi alma soñadora.

Es extraño, muchos chicos pretendieron enamorarme, más no lo lograron y no entiendo ¿Por qué?

- ¡Despierta! –Exclamó Dalia cogiéndome de los hombros–. ¡Dile al chofer que bajaremos en la esquina!

- Tranquila –susurré–. No estaba durmiendo –sujetándome de las barandas, caminé hacia el conductor y le indiqué que bajaríamos en la cuadra contigua.

El autobús paró y Dalia corrió sin detenerse, tuve que hacer lo mismo, no podía dejarla ir sola.

Al frente, vi el humilde colegio del cual egresé hace algunos años atrás. Sus ventanas estaban tapadas con planchas de cartón y sostenedores oxidados. Adornaba la entrada, un descuidado parque, en el que correteaban los niños y paseaban los adolescentes.

Cerca se podía observar, el pequeño quiosco donde solíamos comprar nuestros refrigerios durante el recreo. Seguía tan pequeño como siempre, pero ahora sus paredes estaban pintadas de azul marino. La misma señora que me atendió aquellos años, seguía trabajando ahí, solo que ahora sus cabellos tenían sutiles mechones blancos que adornaban su larga cabellera, otrora negro azabache.

Un melancólico suspiro escapó de mí. Aquel lugar no había cambiado en nada desde que me alejé, seguía siendo ese cálido y sencillo hogar en el que me gustaba pasar las mañanas. Añoraba aquellos momentos en los cuales jugaba con mis compañeros, íbamos a la biblioteca, hacíamos deporte y molestábamos a los profesores. Sé que, a estas alturas de mi vida, es imposible regresar, pero me gustaría mucho poder hacerlo.

#

Stevens

Ciudad de La Molina, Lima 10:00 am

- No me interesa –dije esperando que ofreciera algo más, su oferta era muy pobre.

- Le pagaré en cuanto salga mi cosecha, se lo prometo –agregó desesperado. Tenía marcadas ojeras en el rostro, la piel arrugada y marchitada por el tiempo. Cualquier burdo se hubiera dado cuenta, aquel miserable ser estaba en la ruina; no tenía, siquiera, para comprar un carrete de hilo y coser su deteriorada ropa.

- Acuda al banco si tanta es su necesidad –no podía evitar la repulsión que me causaba su hediondo aroma–. Esta es una entidad privada, además –cogí un paquete de papeles que se encontraban a mi lado–. Usted ya nos debe una suma considerable y no ha efectuado ningún depósito.

- La cosecha anterior no me dejó mucho –estrujó su polvorienta gorra–. Tuve que pagar a mis acreedores.

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