
Mi Cuñada Imitadora
Capítulo 2
Mi cuñada Rocío siempre me ha imitado.
Desde que se casó con Manuel, el hermano pequeño de mi marido, y se mudó a nuestra casa, ha sido una sombra constante.
Si yo compraba un bolso de marca, ella se endeudaba para conseguir uno igual, aunque fuera una imitación.
Si yo me apuntaba a clases de cerámica, ella aparecía en el mismo taller dos días después, torpe e irritada.
Yo soy diseñadora de moda flamenca, un trabajo que me apasiona y me da una independencia económica que mi familia política desconoce.
Para ellos, solo soy Isabel, la mujer de Javier, una forastera de Jaén que tuvo la suerte de casarse con su hijo.
Una mujer tradicional, callada y obediente.
La Feria de Abril era mi momento cumbre del año, y ese traje era mi obra maestra.
Rojo pasión, con volantes que caían como una cascada de claveles y un bordado a mano que me había llevado semanas.
El día que lo estrené, toda la familia se reunió en el patio, listos para ir al Real.
Entonces apareció Rocío.
Llevaba una copia barata de mi diseño, la tela sintética brillaba bajo el sol y las costuras estaban torcidas.
"Isabel", dijo con voz temblorosa, "no puedo creer que me hayas hecho esto".
Me quedé helada.
"¿Qué quieres decir, Rocío?"
"¡Me has copiado el traje!", gritó, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "¡Te enseñé el boceto hace meses! ¡Sabías que era el traje de mis sueños!"
Era una mentira tan descarada que me dejó sin palabras.
Ella había visto mis bocetos, espiando en mi taller casero.
Mi suegra, Carmen, corrió a abrazarla. "¡Hija mía, no llores! Qué vergüenza, Isabel. ¿Cómo puedes ser tan cruel?"
Mi cuñado Manuel, un hombre que ni estudia ni trabaja, se puso delante de mí. "O te quitas ese traje o Rocío y yo nos divorciamos ahora mismo. ¡No voy a permitir que humilles a mi mujer!"
Miré a mi marido, Javier.
Él evitó mi mirada. "Isabel, por favor. No montes una escena. Es solo un vestido. Quítatelo y ponte otra cosa. Hagámoslo por la paz familiar".
La "paz familiar".
Esa frase que siempre usaba para justificar cada humillación, cada sacrificio de mi parte.
Todos me miraban, esperando que cediera, como siempre.
Sentí cómo la sangre me hervía.
Subí a mi habitación, me quité mi obra maestra y me puse un vestido viejo.
Cuando bajé, la fiesta ya había empezado sin mí.
Rocío, radiante en su imitación, era el centro de atención.
Esa noche, mientras escuchaba sus risas desde mi cuarto, tomé una decisión.
La paz familiar se había acabado.
Era hora de la guerra.
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