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Portada de la novela Mi Cuñada Imitadora

Mi Cuñada Imitadora

Tras años de humillaciones y desprecio por parte de Javier y su familia, la paciencia de Isabel llega a su límite. Aunque ella sostiene económicamente al clan, es tratada como una extraña sumisa. La traición definitiva ocurre cuando su cuñada, Rocío, le roba un diseño para la Feria de Abril. Ante las calumnias y la pasividad de su esposo, Isabel abandona su rol de víctima para ejecutar una fría venganza que desmantelará la falsa paz de quienes la pisotearon.
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Capítulo 3

Mi venganza no empezó con gritos, sino con una publicación en Instagram.

Una foto de dos copas de champán en un restaurante con estrella Michelin, con la Giralda de fondo.

El pie de foto: "Celebrando la vida".

Rocío vio la publicación a la mañana siguiente.

"¡Ay, qué maravilla!", le dijo a mi suegra en el desayuno, lo suficientemente alto para que yo lo oyera. "Manuel, cariño, ¿cuándo me vas a llevar a un sitio así? Isabel tiene tanta suerte con Javier".

Manuel, que vivía del sueldo de su hermano y de mis ingresos encubiertos, se atragantó con el café.

Ese fin de semana, publiqué fotos desde un resort de lujo en Marbella.

Jacuzzi privado, masajes, vistas al mar.

El lunes, Rocío apareció con un folleto de una agencia de viajes.

"¡Nos vamos a la costa!", anunció. "Manuel ha conseguido una oferta increíble".

La "oferta increíble" la pagó Javier, sacando dinero de la cuenta conjunta.

Una cuenta que yo llenaba cada mes.

La escalada continuó.

Un bolso de Loewe que me compré en un viaje de trabajo a Madrid.

Rocío presionó a Manuel hasta que le compró una falsificación tan mala que el logo estaba mal escrito.

Un reloj Cartier para mi cumpleaños.

Ella exigió uno igual, y Javier tuvo que pedir un préstamo rápido para calmarla.

Él no sabía que yo era la propietaria de los apartamentos turísticos del centro de Sevilla que generaban más ingresos que su sueldo de gestor bancario.

No sabía que mi familia en Jaén no eran simples agricultores, sino dueños de fincas de olivos que exportaban aceite a todo el mundo.

Él solo veía a su mujer "derrochadora" y a su cuñada "envidiosa".

Una tarde, Javier entró en mi taller.

Yo estaba terminando un pedido importante para un tablao de Tokio.

"Isabel, tenemos que hablar", dijo, con el rostro sombrío.

Dejó sobre mi mesa de trabajo un montón de facturas de tarjetas de crédito.

"¿Qué es todo esto? Restaurantes, hoteles, tiendas de lujo... ¿Te has vuelto loca?"

Levanté la vista de mi trabajo. "¿Te refieres a mi dinero?"

"¡Es nuestro dinero!", gritó. "¡Estás provocando a Rocío a propósito! ¡Desde que empezaste con tus caprichos, ella no para de exigirle a Manuel, y yo tengo que cubrir sus gastos!"

"Quizás Manuel debería buscar un trabajo", sugerí con calma.

"¡No te atrevas a hablar así de mi hermano!", su voz subió de tono. "El problema eres tú. Siempre has sido tú. Eres mayor que yo, ¿sabes? A veces pienso que estás desesperada por demostrar algo, que tienes miedo de que te deje por alguien más joven".

Sus palabras me dolieron, pero también me dieron una claridad absoluta.

El amor que sentía por él se había secado, dejando solo cenizas.

"Tienes razón, Javier", dije, mirándole fijamente. "Esto no funciona".

"Propongo el divorcio".

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