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Portada de la novela Mi Corazón Ya No Es Tuyo

Mi Corazón Ya No Es Tuyo

Al cumplir treinta años, Sofía enfrenta una realidad devastadora: Ricardo olvidó su día tras usar sus ahorros para impulsar a otra mujer, Isabella. Después de una década de sacrificios en su puesto de comida, una humillación pública y una calumnia de robo destruyen su vínculo. Al reconocer en él las sombras de su pasado traumático, el amor se desvanece. Sin conflictos innecesarios, ella abandona diez años de entrega y huye a Oaxaca para recuperar su libertad.
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Capítulo 2

Hoy cumplo treinta años, y por primera vez en mucho tiempo, pedí un deseo solo para mí, el último deseo que le dedicaría a Ricardo.

Hace veinte años, en mi décimo cumpleaños, con las mejillas manchadas de betún de chocolate, cerré los ojos con fuerza y pedí mi primer deseo: "Deseo que Ricardo Sánchez se fije en mí". Él era el chico más guapo de la colonia, con una sonrisa que desarmaba y una pasión por la música que contagiaba, siempre cargando su guitarra a todas partes.

Diez años después, en mi vigésimo cumpleaños, ya éramos novios, y mi deseo cambió, se volvió un deseo para los dos, o eso creía yo. Soplé las velas y pedí: "Deseo que Ricardo cumpla su sueño de ser un gran músico de mariachi, y que yo pueda estar a su lado para apoyarlo siempre".

Hoy, en mi trigésimo cumpleaños, parada en mi puesto de comida callejera, con el olor a garnachas y el bullicio del mercado de la Merced como únicos testigos, cerré los ojos mientras el vapor de los sopes me empañaba la cara. No había pastel, no había velas, solo el fuego del comal y el dolor en mi pecho. Mi último deseo para él fue simple y brutal: "Deseo no haberte conocido nunca, Ricardo. Deseo que desaparezcas de mi vida para siempre".

Levanté la vista justo cuando él llegaba, pavoneándose con su traje de charro impecable, ese que yo misma pagué con meses de ahorros, trabajando turnos dobles en el puesto.

"¿Qué tanto piensas, Sofía? ¿Ya estás vieja y sentimental?", dijo con una risa burlona, sin notar la frialdad en mis ojos.

"Pensaba en un deseo", respondí en voz baja, mi voz apenas un susurro por encima del ruido del mercado.

Él soltó una carcajada.

"¡Ay, mi Sofi! Siempre tan soñadora. ¿Qué pediste ahora? ¿Que por fin nos casemos y me des un montón de chilpayates?"

Su tono era condescendiente, como si mis deseos fueran un chiste infantil. No le respondí, simplemente me giré para seguir preparando los sopes para la "fiesta sorpresa" que me había prometido, la fiesta que, según él, celebraría mis treinta años en grande.

Pero la fiesta no era para mí. El puesto de al lado, normalmente vacío, estaba ahora decorado con serpentinas y globos. Una pequeña multitud, todos amigos de Ricardo, rodeaban a una joven esbelta y hermosa, vestida también de mariachi. Y en el centro de todo, colgado con cinta adhesiva en la pared de un local, había un cartel. Era una simple hoja de papel tamaño A4, escrita a mano con un plumón negro. En letras grandes decía: "¡Felicidades, Isabella, por tu primer contrato discográfico!". Y abajo, en una esquina, casi como una ocurrencia tardía, alguien había añadido con una letra diferente y más pequeña: "y feliz cumple a Sofía".

Mis manos, cubiertas de masa, se detuvieron sobre el comal. El calor ya no me quemaba por fuera, sino por dentro. Miré el pastel a medio comer sobre una mesa improvisada, un pastel que yo no había cortado, que ni siquiera había probado. Sentí la humillación recorrer cada parte de mi cuerpo. Todos mis ahorros, cada peso que junté vendiendo tlacoyos y gorditas desde el amanecer hasta el anochecer, se habían ido en esto. En su traje, en sus clases de trompeta, en la grabación de sus demos, y ahora, en el lanzamiento de su "prima", Isabella.

Ricardo se acercó, ajeno a mi tormenta interior.

"¿Qué te parece, mi amor? ¿A poco no es una gran sorpresa? ¡La prima lo logró! ¡Gracias a nosotros!"

Lo miré fijamente, y por primera vez en años, la devoción en mis ojos se había apagado.

"La fiesta era para Isabella, Ricardo. No para mí".

Mi voz sonó extrañamente calmada, una calma que me asustó hasta a mí misma. Era la calma de algo que se ha roto sin remedio.

Él frunció el ceño, su sonrisa se desvaneció y fue reemplazada por una expresión de fastidio.

"¡Ay, Sofía, no empieces con tus dramas! Claro que también es para ti. Mira, ahí está tu nombre en el cartel. ¿Qué más quieres? Deberías estar feliz por Isabella, es mi familia. Es nuestro éxito".

Su intento de manipulación era tan torpe, tan evidente, que me provocó una risa amarga.

"¿Nuestro éxito? ¿Mi nombre en una esquina de una hoja de papel es mi recompensa? Ricardo, he trabajado dieciocho horas al día durante el último año. Cancelé el plan de expandir mi puesto, el que me heredó mi abuela, para darte todo el dinero. Te lo di para tu carrera, no para la de ella".

Mi voz empezó a temblar, la rabia finalmente rompiendo la superficie. La gente a nuestro alrededor comenzó a voltear, el murmullo de la fiesta de Isabella disminuyó.

"¡No le hables así a Isabella!", saltó él, su voz subiendo de tono, su instinto protector dirigido hacia ella, nunca hacia mí. "¡Ella tiene talento de verdad, un talento que merece ser apoyado! ¡No es mi culpa que tú no tengas más ambición que vender garnachas en un mercado!".

Cada palabra era un golpe. Isabella, al darse cuenta del espectáculo, se acercó con una sonrisa ensayada, una expresión de falsa preocupación.

"Ricardo, no seas así con Sofi. Ella solo está un poco abrumada", dijo con una voz melosa, y luego se dirigió a mí. "Mira, Sofía, no te preocupes. Si te molesta el cartel, lo quito ahora mismo. Lo importante es que celebremos todos juntos".

Y con un gesto teatral, se acercó y arrancó la hoja de papel de la pared, rompiéndola en dos. Fue un acto de generosidad tan calculado, tan cruel, que me dejó sin aliento. Me hizo ver como la envidiosa, la amargada, la que no podía soportar el éxito de otra mujer. La multitud murmuró, sus miradas ahora llenas de juicio hacia mí.

Ricardo la miró con adoración.

"¿Ves, Sofía? Ella es la que tiene clase. Tú solo sabes hacer problemas", me espetó, su desprecio era total. Se acercó a Isabella, le pasó un brazo por los hombros y la alejó de mí, de regreso a su verdadera fiesta.

"Estoy muy decepcionado de ti, Sofía. Arruinaste la noche", fue lo último que me dijo, dándome la espalda.

Me quedé allí, parada frente a mi comal caliente, con el corazón hecho pedazos y el olor a traición llenando el aire. Lo vi reír con ella, brindar con ella, celebrar el éxito que yo había financiado. Y supe, con una certeza que me heló los huesos, que mi último deseo ya se estaba haciendo realidad. Tenía que desaparecer de su vida, y él de la mía. Para siempre.

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