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Portada de la novela Mi CEO Dominador

Mi CEO Dominador

Vasti inicia un trabajo temporal con Adonis MacGyver, un CEO de oscuros secretos. En paralelo, Apollo busca madre para su hijo y elige a Erin, desafiando el pasado de su exmarido. Milo Lancaster pacta un matrimonio por conveniencia con Heidi para evadir presiones familiares, pero la pasión los sorprende. Mientras Gustav intenta recuperar a Artemisa tras años lejos, la saga cierra con las historias de Ícaro, Ariel y la transformación de Freya.
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Capítulo 1

Vasti estaba un poco mareada, ya que no acostumbraba beber mucho. Fue al baño, pero estaba ocupado.

—¡Qué porquería! —murmuró bajito y esperó. Después de unos minutos, decidió que tendría que tocar. —¿Hola? ¿Vas a tardar mucho?

No hubo respuesta, no con palabras, pero Vasti podría jurar que había escuchado un gemido. Acercó el oído a la puerta y de nuevo, aunque esta vez era masculino.

—¡Pero qué mierda…! ¡Por favor! ¡Gente, me estoy haciendo!

Vasti no era idiota y sabía muy bien que algunas parejas decidían aliviar otras necesidades en los baños de las discotecas; por lo tanto, ese debía ser el caso.

“¡Qué falta de consideración tan cabrona!”, pensó Vasti.

Se escuchó ruido de ropa, un cierre y, finalmente, la puerta se abrió. Una rubia alta, bonita y con el labial corrido salió de ahí, pasándose los dedos por la comisura de los labios. Vasti sabía lo que la mujer había estado haciendo.

—Aguafiestas —dijo la mujer y pasó junto a Vasti, golpeándole el hombro.

“¡Ay, por favor!”, pensó Vasti, haciendo una mueca.

—Ah, pues sí —alcanzó a decir mientras se giraba hacia el baño, cuando se topó de frente con aquellos ojos verdes que reconocería al instante.

“Pero… ¡No es posible!”

Él la miraba penetrante, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada.

—No te rindes, ¿verdad? —preguntó el hombre, observándola de arriba abajo con una sonrisa descarada, aunque sus ojos mostraban desprecio.

Eso trajo a Vasti, que lo miraba con la boca levemente abierta, de vuelta a la realidad. Frunció el ceño, mirándolo de manera incrédula.

—No entendí lo que estás insinuando —ella le devolvió la mirada de desdén.

Él bufó, mirando alrededor rápidamente antes de volver a fijar los ojos en los de ella.

—Detesto a las mujeres que se hacen las tontas. Si quieres tanto coger, basta con decirlo. No tienes que estar con jueguitos y mucho menos persiguiéndome.

Vasti abrió la boca, esta vez sin poder creer lo que escuchaba.

—¿¡Cómo dices!? —estalló. —¿Estás loco? Debes estarlo. Porque por tu culpa me despidieron, ¡y ni siquiera sé por qué! ¿Fue porque choqué contigo?

Sacudió la cabeza y el hombre alzó las cejas. Vasti continuó:

—Y ahora, ¿no contento con eso, me estás acusando de perseguirte a TI? —soltó una risa burlona y lo miró de arriba abajo. —Para tu información, vine con mi amiga, que conoce a gente que trabaja aquí. ¡Esta es la discoteca que solemos visitar! Y solo vine porque necesitaba despejarme después de que cierto idiota prepotente y creído me despidiera sin razón. ¡Así que es más fácil que TÚ seas el que me está siguiendo!

Ella sabía que no debía hablar así de su jefe, aún que él no estuviera allí. 

“No, no, EXJEFE”, se recordó. Sí, ex. Eso significaba que no tenía por qué morderse la lengua. Él había sido un completo idiota y todavía armó lío para que Vasti perdiera el empleo. Podía apostar que había sido él. “¡Como si no fuera suficiente con mi familia, todavía aparece este enviado del demonio!”

El hombre inhaló profundamente antes de moverse rápido. Sujetó el brazo de Vasti y la jaló hacia dentro del baño, cerrando la puerta. Ella sintió su espalda chocar contra la madera y, antes de que pudiera reaccionar, unos labios cálidos y suaves tomaron los suyos.

—¡Oh! —soltó por reflejo. El hombre le sujetó las manos por encima de la cabeza con una sola, que era enorme, mientras con la otra la sostenía firme por la cintura.

Ella abrió los labios por sorpresa y él aprovechó para besarla más profundamente, arrancándole suspiros a la mujer que le había atormentado el juicio todo el día. La rodilla del hombre quedó entre las piernas de Vasti, abriéndolas y dándole más acceso a su cuerpo. Vasti no era de besar desconocidos, pero se estaba sintiendo tan bien…

—¡Ey! ¿Vasti? —un golpe en la puerta hizo que ella diera un respingo. El hombre no la soltó de inmediato, sino poco a poco, permitiendo que las manos de ella descendieran. Tomó una de ellas y la colocó en su pecho. Con la mano libre, tocó el rostro de Vasti.

—¡Y-ya voy! —balbuceó Vasti. Sus labios estaban levemente hinchados y su respiración entrecortada. —¡Dame un minuto! ¡Ya salgo!

—Ok… —y se escuchó el sonido de los tacones de Fernanda alejándose. Vasti miró al hombre. Él tenía el cabello impecable, el rostro cerca del de ella y los labios entreabiertos. Sonrió.

—Es mejor que te vayas a casa, o vas a terminar llegando tarde mañana —dijo con voz ronca.

—¿Tarde? —preguntó Vasti, temiendo que su cerebro no hubiera vuelto a funcionar todavía.

—Claro. Eres mi secretaria suplente —dijo y le dio un beso rápido en el cuello, haciendo que Vasti suspirara. —No me gustan los retrasos.

Fue entonces cuando cayó en cuenta: el hombre que había arruinado su día no era un chismoso. ¡Era su propio jefe! Vasti lo empujó con ambas manos y lo encaró, molesta.

—¿De qué estás hablando? ¡Yo fui despedida! ¡Por ti!

Él dio un paso atrás y, tomándola de la cintura, la movió a un lado para poder abrir la puerta.

—Pues estás readmitida. Recuerda: nada de retrasos —el hombre, tan atractivo, le guiñó un ojo y salió, dejando a Vasti aún aturdida.

Sus piernas parecían de gelatina, pero logró salir del baño y dirigirse a la mesa donde Fernanda y Will estaban.

—¡Caray! ¿Qué pasó? —preguntó Fernanda, hasta que notó el estado de la amiga. Las luces del lugar disimulaban, pero cuando Vasti se acercó, lo vio. Los labios hinchados y rojos, sin labial, el cabello despeinado y la ropa desalineada.

Will también lo notó y contuvo la risa.

—¡Eres una traviesa! —dijo Fernanda, dándole un golpecito en el brazo, pero Vasti no respondió. Parecía asustada. La sonrisa de Fernanda se apagó. —Espera… ¿Alguien te forzó a algo?

Fernanda se levantó de inmediato, como una leona lista para proteger a su cría, y miró alrededor.

—Ah, no. Yo… Tengo que irme.

—¿Qué? ¿Por qué? —Fernanda no estaba acostumbrada a ver a Vasti comportarse así. —Amiga, dime la verdad, ¿alguien te acorraló, te intentó hacer algo?

La latina de cabello sedoso hasta la cintura la miraba preocupada.

—No puedo llegar tarde mañana.

Fernanda miró a Will.

—¿De qué hablas?

—Al parecer, recuperé mi empleo —esa respuesta hizo que Fernanda alzara las cejas.

—Ok… Me alegro por ti. Creo… —Fernanda observó cómo Vasti sacaba un billete de su bolso, lo dejaba sobre la mesa y se inclinaba para darle un beso en la mejilla. Saludó con la mano a Will y se fue.

—Tu amiga está loquita —dijo el novio de Fernanda entre risas.

—Voy a averiguar qué pasó —dijo Fernanda. —Mañana. Ahora, tú y yo vamos a divertirnos un ratito.

Vasti salió de la discoteca y solo entonces se dio cuenta de que ni siquiera había usado el sanitario.

“Excelente. Espero que el taxi no tarde…”, se dijo a sí misma.

—Una mujer como tú, a estas horas y sola… Es un tanto peligroso, ¿no crees? —la voz profunda del hombre la tomó por sorpresa, pero ella se giró despacio para encararlo.

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